dilluns, 13 de juny de 2011

La resistencia pacífica: ¿principio ético o táctica?

Ataque policial a la acampada de Plaça Catalunya, 27-05-15

Artículo aparecido en el periódico, En lucha, junio de 2011

La mañana del viernes 27 de mayo, la policía atacó brutalmente a las personas que defendíamos Plaça Catalunya contra el desalojo de la acampada.

La resistencia fue modélica. Las y los manifestantes no respondieron a las provocaciones. Se logró que todo el mundo que miraba —se retransmitía en directo por Antena 3 y TV3— viera claramente que los agresores eran los policías.

Esa noche, la gente que desbordó la plaza, y otras muchas plazas de todo el Estado, tuvo más claro que nunca que el sistema actual debe cambiar. En pocos días, unas 100.000 personas firmaron para exigir la dimisión de Felip Puig, responsable de la agresión.

El 27 de mayo —y la noche del 28, cuando la policía aprovechó las celebraciones del Barça para volver a amenazar la plaza— el lema fue “resistencia pacífica”. La cuestión es si esta actitud pacifista es un principio fijo e inamovible, o una táctica, apropiada en un momento, y quizá no en otro.

Este debate no es nada nuevo. Si lo analizamos a fondo, veremos que los defensores de la acción violenta minoritaria y los que insisten por principio en el pacifismo tienen mucho en común.

El modelo guerrillero del Che


Tras la revolución cubana de 1959, Che Guevara extendió su modelo a toda América Latina. Miles de jóvenes fueron al monte para “hacer la revolución”, con trágicos resultados. No se puede negar el heroísmo del Che, pero su política llevó a una catástrofe.

El guevarismo substituye la acción de la mayoría de la gente por la de una minoría armada. Específicamente, margina a las y los trabajadores. Éstos no suelen luchar en el monte, sino en el lugar de trabajo, donde pueden afectar directamente a los beneficios del capital y al funcionamiento del sistema.

En este sentido, una huelga de masas, incluso por unas reivindicaciones limitadas, es más radical que la lucha armada minoritaria. La gente cambia las ideas y se siembran las bases de la democracia real que buscamos.

La lucha minoritaria, de tener éxito, deja el poder en manos de una minoría.

La no violencia como principio


Visto el error de haber dado apoyo acrítico a las guerrillas en América latina, muchos activistas concluyeron que el problema era la violencia como tal, y que la solución era la no violencia.

Aquí convergieron con corrientes pacifistas y antimilitaristas ya existentes, inspiradas sobre todo en Gandhi. La verdad es que él contribuyó mucho a la independencia de India, pero también restringió la lucha, evitando que ésta perjudicase a la burguesía india. Insistió en que los indios pobres observasen la no violencia —recurrió a huelgas de hambre para obligarlos a obedecerle— pero el propio Gandhi apoyó a Gran Bretaña en todas sus guerras: incluso participó activamente en una de ellas.

Hoy en día, los que insisten en la no violencia como principio difieren poco de los que insisten en el uso de la fuerza. Las acciones organizadas las suelen llevar a cabo grupos reducidos de personas que han hecho talleres de desobediencia civil.

Dentro de los movimientos, los promotores de la no violencia a menudo intentan imponer sus principios sobre los demás, mediante una cita de Gandhi.

No tiene sentido debatir, por principio, entre violencia y no violencia; es algo que debe decidirse en función de las circunstancias. Si queremos un principio, éste debería ser el de impulsar un movimiento fuerte, amplio y plural —con la participación activa de la gente— no dictar de antemano las tácticas que éste debe adoptar.

El “pacifismo” especial de Tahrir


A menudo se alaba el “pacifismo” de la revolución egipcia. Parece que se olvidan de los más de 800 muertos, y de que los ocupantes de Plaza Tahrir no se sentaron pacíficamente cuando, el 2 de febrero, vinieron los matones del régimen.

Resistieron, casi espontáneamente, con todos los medios a su alcance. Unos construyeron barricadas, otros arrancaron adoquines del suelo, y otros los tiraron contra los atacantes. Mientras tanto, otra gente daba primeros auxilios, u organizaba comida e información. Si los de Tahrir hubieran observado como regla arbitraria el pacifismo, muchos más habrían muerto.

En la práctica, muchos defensores de la no violencia admiten la autodefensa; o sea, no excluyen del todo el uso de la fuerza. Así que la cuestión se reduce a cuándo es justificable y cuándo no. Aquí, por supuesto, no hay reglas fijas, pero sí criterios generales.

No violencia y las acampadas hoy


Cuando la policía bloqueaba Plaça Catalunya, oí decir a un manifestante, “a por ellos, que son pocos”. Él sólo veía a 8 o 10 policías y a 100 de nosotros. Pero detrás de ellos estaba el cuerpo de policía, que respondería a las órdenes que recibiesen. Detrás de nosotros había —potencialmente— cientos de miles de personas que compartían nuestros objetivos. Pero no cumplían órdenes; sólo responderían de estar convencidas de nuestra lucha y de cómo la llevábamos a cabo.

El uso de la fuerza no es una cuestión moral, sino política y práctica. En Tahrir, fue necesaria, y la gran mayoría lo entendió así. Su defensa de la plaza permitió que la revolución siguiese adelante.

Respecto al uso de la fuerza, igual que en otros temas, hay que preguntarse: ¿Cómo hacemos avanzar al movimiento? ¿Cómo conseguimos la participación de las personas que todavía no están, pero que podríamos atraer? Y sobre todo, ¿cómo conectamos mejor el movimiento del 15M con la clase trabajadora? Como sabemos, en los astilleros y minas, no tienen una obsesión con la no violencia cuando luchan.

Las cuestiones importantes son otras; fundamentalmente nuestra capacidad de plantear la democracia más allá de la reforma electoral, para ver cómo se puede impulsar la democracia en cada barrio, y sobre todo en el lugar de trabajo.

Si cientos de miles de trabajadores organizados participan en nuestro movimiento, todo cambia.

Un elemento clave del desalojo del viernes 27 de mayo fueron los trabajadores en los camiones de limpieza. Hablamos con ellos, intentando ganar su apoyo. Simpatizaban con nosotros y no querían ayudar a la policía, pero tenían demasiado miedo a las consecuencias de negarse. Si hubieran tenido más organización obrera, la operación policial se habría parado en seco. Es un ejemplo de la importancia de la clase trabajadora.

Pocos días después del desalojo, los y las trabajadoras de limpieza denunciaron la coacción policial y se declararon en solidaridad con la acampada.

Ése es el camino, más allá de molotovs y palomas blancas: la solidaridad desde abajo.