Egipto: la revolución continúa

Las protestas en Plaza Tahrir, que derribaron a Mubarak, tuvieron una importancia trascendental. En términos políticos, demostraron —otra vez— el potencial de la movilización popular. Y en términos humanos refutaron —otra vez— la visión pesimista de una naturaleza humana malvada y egoísta; pensemos en los musulmanes y cristianos protegiéndose mutuamente mientras rezaban.

Pero la revolución egipcia no se limita a esos 18 días; Tahrir fue un punto de inflexión en un proceso revolucionario que venía de antes y que hoy continúa. Este proceso se remonta al menos al año 2000, con movilizaciones en apoyo a la segunda Intifada palestina. Le siguieron manifestaciones contra la guerra de Irak en marzo de 2003 y el movimiento por la democracia, Kifaya, en 2004-2005. En diciembre de 2006, una huelga en la enorme fábrica textil de Mahala desató una ola de movilización obrera que no ha cesado.


Estas protestas se inspiraron mutuamente y también ayudaron a crear redes de activistas; espacios de coordinación entre movimientos políticos muy diversos, desde la izquierda revolucionaria hasta los Hermanos Musulmanes.

Así que las protestas del 25 de enero, que iniciaron la ocupación de Tahrir, fueron convocadas por un movimiento organizado; y no principalmente mediante Facebook y Twitter, sino con el trabajo de base en los barrios obreros de El Cairo.

La lucha contra Mubarak inspiró a personas muy diversas, desde gente muy pobre hasta empresarios hartos de la corrupción. Pero nada más caer el dictador, el aparente consenso en el movimiento dio lugar a una fuerte polarización política.

Muchos “líderes de opinión” —en efecto, la burguesía y pequeña burguesía, tanto liberales como islamistas— argumentaron que “ya hemos logrado lo que queríamos, ahora toca volver al trabajo”. La verdad es que ellos lograron lo que querían: un gobierno sin Mubarak, dedicado a los intereses reales del capitalismo egipcio. El Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (SCAF) —alabado por el gobierno español— mantiene el estado de emergencia, ha endurecido las leyes contra las huelgas y reprime las protestas con fuego real. Ésta es su democracia.

Al otro extremo, los y las trabajadoras siguen malviviendo con 30, 40 o 50 euros al mes.

Las coaliciones revolucionarias de jóvenes facebookeros se han fragmentado. Algunos se reúnen con el SCAF; otros quieren seguir con las protestas pero no tienen claro cómo. Incluso la izquierda organizada se encuentra dividida; está por ver si sus intentos de crear una plataforma unitaria dan frutos.

Quizá la clave nos la dé la propia revolución. En Tahrir, Alejandría, Suez… la gente arriesgó sus vidas por una democracia de verdad y por justicia social. Asumieron demandas como un salario mínimo digno, el fin de la precariedad, invertir las privatizaciones, más gasto social… y no las han olvidado. Lejos de la TV —y de muchos blogs— la ebullición social continúa.

Las leyes del SCAF no impiden el hecho de que huelgas y sindicatos surjan por todas partes. Incluso los campesinos se están organizando para luchar por sus derechos. En los barrios existen los Comités Populares de Defensa de la Revolución. Éstos surgieron inicialmente sólo para mantener la seguridad, a menudo impulsados por los Hermanos Musulmanes. La dirección islamista quiso disolverlos pero, apoyados por la izquierda revolucionaria, y algunos islamistas jóvenes, los Comités siguen luchando por las demandas populares; por ejemplo, aseguran la correcta distribución del pan subvencionado.

Dentro de estas luchas, activistas sindicales de los sectores más combativos, incluyendo a militantes de los socialistas revolucionarios, la organización hermana en Egipto de En lucha, están creando un nuevo Partido Democrático de los Trabajadores. Éste podría jugar un papel clave a la hora de impulsar las luchas desde abajo, y articular las demandas de cambio social.

La situación en Egipto es muy contradictoria. El poder formal está en manos de la burguesía —y específicamente de los generales— pero no han podido ahogar las esperanzas y luchas por un cambio. Si consiguieran acabar con el proceso revolucionario, sería un duro golpe para todas las esperanzas desatadas por la primavera árabe. Pero un paso adelante en ese país también tendría repercusiones mundiales.

Y en nuestras luchas, debemos tener claro que lo que podemos aprender de Egipto va más allá de Plaza Tahrir. La misma lógica de polarización de clase que se ha vivido allá se vivirá —ya se vive— aquí. Tendremos la misma necesidad de organización, tanto en movimientos de clase como en organizaciones políticas capaces de responder ante los retos estratégicos.

Estas son cosas para ir hablando y trabajando.



La clave es que la revolución egipcia sigue en marcha. La primavera terminó, pero todo indica que el verano árabe será caliente.

Comentarios

  1. David,

    Me sorprendió tu escrito, el cual alabo. Desconocía tan cruda realidad en Egipto, aunque pudiera intuirla, puesto que el silencio de los medios ante hechos como los que ocurrieran no hacen más que sembrar dudas sobre lo que ahí está sucediendo.

    Espero que la lucha prosiga, que logren mejoras sustanciales y no circunstanciales.

    Aún así, quisiera exponer una idea que, para mí, se me antoja como básica, fundamental. La contumacia de la población egipcia es envidiable. El país, así como otras revueltas/revoluciones árabes, ha demostrado que el pueblo árabe no responde a los estereotipos que se le inculcaron. Se dice que no son desarrollados y casi podemos hablar hoy día de una "Revolución 2.0", gracias a su precedente. Las imágenes de un pueblo apaleado por sus gobernantes y su respuesta pacífica y resistente quebró por completo la idea del árabe cruel y violento. Además se suma otra imagen impagable, mujeres manifestándose por sus derechos. ¿Mujeres? ¿Pero no eran los árabes esos pueblos tan machistas y represores...?

    Ahí queda, para el recuerdo, como una Revolución pasó la mano por la cara a toda la Europa que, mirándose en el ombligo, creyó que eran más civilizados, que eran más tolerantes, que eran más avanzados...

    Una lección.

    Oriol Luis Serrano.

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