dimarts, 1 de febrer de 2011

La nueva revolución árabe


La situación en el mundo árabe cambia tan rápidamente que cualquier resumen sería rápidamente superado por los acontecimientos. Este artículo se dirige a sacar algunas lecciones de lo sucedido.

Clase social y revolución

Es un tópico en Occidente decir que “aquí no se hará ninguna revolución, porque la gente está demasiado acomodada”. Pero Túnez es el país del Magreb con mejor nivel de vida y educación. Así que se alaba la cultura occidentalizada de los tunecinos, frente a la “ignorancia e islamismo” que se supone que dominan al resto de la región. Pero tampoco es cierto que Túnez sea tan diferente; existen corrientes islamistas, reprimidas como en otros países.

El punto fundamental es que en Túnez, como en gran parte del mundo, la crisis ha afectado gravemente a la clase trabajadora. Hay un paro creciente; el gobierno derrocado aplicaba políticas neoliberales cada vez más duras. Todos estos factores contribuyeron al suicidio que desató las protestas, y a que éstas fueran tan masivas.
Con todo, Túnez tiene una clase trabajadora y una organización sindical. La UGTT tiene una historia muy variada: ha sufrido represión, aunque recientemente respaldaba a la dictadura. Pero la timidez y la cautela de su dirección no cambian el hecho fundamental de que es un movimiento obrero, y por tanto está abierto a presiones desde la clase trabajadora.

Lo impresionante es cómo la UGTT llegó a liderar las luchas que se extendieron desde Sidi Bouzid, la localidad del joven muerto, a todo el país. Las huelgas fueron un factor clave en la lucha: convocadas inicialmente por sus organizaciones locales, acabaron arrastrando a todo el sindicato al combate.

Egipto es un país mucho más pobre que Túnez donde el sindicato dominante se parece al sindicato vertical del franquismo. Pero el factor de clase social sigue siendo clave.

Desde hace varios años, Egipto vive una ola de luchas obreras muy combativas, desde el sector textil hasta el de la recolección de impuestos. Los y las trabajadoras de este sector han creado el primer sindicato independiente del país en medio siglo.

La mayoría de los salarios son de miseria, pero en los conflictos sociales, las y los trabajadores no son meramente “pobres”, o una “multitud”; tienen una creciente conciencia de clase… lo que no excluye que muchos de ellos sean creyentes y griten “Allahu akbar” en una manifestación, igual que en Túnez.

Lucha política y económica

En Egipto, la lucha obrera ha ido íntimamente ligada a la lucha política. Las primeras grietas en la dictadura egipcia datan de 2000, con grandes manifestaciones en apoyo a la segunda Intifada palestina. Mubarak es un aliado esencial de Israel, pero su retórica pro Palestina creó un espacio para el movimiento. Se empezaron a crear redes de activistas, de la izquierda radical, naseristas, de las ONGs, y poco a poco de los Hermanos Musulmanes. A la lucha por Palestina se añadió la lucha por la democracia en Egipto. Si bien estas protestas sufrieron mucha represión, contribuyeron a romper la idea de que era imposible movilizarse bajo la dictadura y Estado de emergencia de Mubarak, vigentes desde 1981.

Así que la nueva ola de luchas obreras, que empezó en la ciudad de Mahalla en diciembre de 2006, se inspiró en la lucha política, y viceversa. Hasta ahora, el punto álgido de las recientes luchas en el país ha sido la “Intifada de Mahalla,”, de abril de 2008, cuando casi toda la población salió a la calle contra la policía antidisturbios que reprimía una huelga general en la ciudad.

La rebelión tunecina ha sido una gran inspiración para Egipto, pero sólo avivó un movimiento existente. Éste exige la democracia y el fin de Mubarak, pero también el abandono de las políticas neoliberales.

El fantasma del islamismo

Parte de la izquierda europea siente un odio o miedo visceral hacia el islamismo político, hasta el punto de justificar la represión contra él. En realidad, el islamismo ha crecido debido al fracaso —incluso traición— de la izquierda tradicional. El estalinismo ha apoyado de forma acrítica a un dictador “antiimperialista” tras otro… y ahora a veces a EEUU. Hoy, el “nacionalismo árabe” a menudo justifica la represión y explotación de la población en interés de una pequeña élite corrupta. No es nada irracional que la gente busque otra cosa.

Y no todas las corrientes islamistas son iguales. En Arabia Saudita, el islamismo juega un papel comparable al catolicismo bajo Franco, como el valedor de un régimen autoritario, mientras que Hezbolá del Líbano se parece a un movimiento popular y guerrillero de América Latina.

El partido islamista tunecino, An-Nahda, tiene toques liberales o socialdemócratas: defiende ideas de justicia social frente a la pobreza e incluso, de forma muy inconsistente, los derechos de las mujeres. Ha sufrido mucha represión —en el momento de escribir su histórico dirigente, Rachid Ghannouchi, acaba de volver del exilio— pero sigue siendo un actor político muy importante en el país.

En Egipto, la principal organización islamista, los Hermanos Musulmanes (HHMM), cuenta con hasta un millón de seguidores. Su base social se encuentra sobre todo entre la clase media, pero abarca desde muy pobres hasta multimillonarios. Políticamente es un movimiento muy heterogéneo, pero en general adopta posiciones equiparables a la democracia cristiana. Normalmente es muy conservador, y suele intentar negociar con la dictadura antes que luchar. En general, rechaza las huelgas. Aun así, se ha sentido obligado a salir a la calle en los momentos álgidos de la movilización en solidaridad con Palestina, o por la democracia.

Con todo, la izquierda debe apoyar plenamente el derecho de los HHMM a presentarse a las elecciones, etc. A su vez, debe tener claro qué son: un aliado muy vacilante y contradictorio, al que hay que criticar cuando es necesario. Con esta actitud, algunos de los miles de jóvenes que actualmente militan en los HHMM —pero que realmente quieren luchar por la justicia social y contra el imperialismo— pueden llegar a ver que tienen más en común con la izquierda radical que con su propia dirección. Ésta —y no apoyando prohibiciones— es la mejor forma de combatir la influencia del islamismo conservador.

¿Una revolución Twitter?

Como ocurrió con las protestas en Irán de 2009, muchos comentaristas otorgan un gran protagonismo a Facebook y Twitter. Otra vez, se equivocan.

Según 3arabawy, uno de los bloggers anticapitalistas más seguidos de Egipto y un ávido usuario de Twitter: “Internet sólo juega un papel en la difusión de la palabra y de las imágenes de lo que sucede en el terreno. No utilizamos Internet para organizarnos.”

El 30% de la población egipcia ni sabe leer, y si bien las estadísticas dicen que el 20% tiene acceso a Internet, y el 5% son usuarios de Facebook, las cifras son exageradas; si sólo puedes conectarte una vez a la semana, un cartel o el boca en boca sirven mucho más que la red.

Por encima de todo, la obsesión con la red encubre un elemento clave de una situación revolucionaria; la gente se reúne masivamente en el mundo real, no sólo virtualmente. En vez de crear “grupos de Facebook”, debaten en asambleas formales e informales, en la calle y en el lugar de trabajo. Es esta organización la que cuenta, la que se debe impulsar y sistematizar. La red sirve para la difusión entre las personas conectadas, pero no puede ni debe sustituir la organización democrática desde abajo en el mundo real.

La hipocresía y los bloques

Cuando se levanta oposición en un país hostil hacia Occidente, nuestros dirigentes se esfuerzan en condenar cualquier represión desatada. Su hipocresía es evidente.

Tristemente el doble rasero no se limita a la derecha. Gran parte de la izquierda también ve un mundo dividido en bloques: por un lado, “el imperialismo”; por el otro “los países antiimperialistas”. Igual que la derecha, apoyan a los movimientos populares en un bando, mientras que en el otro, justifican la represión.

Lo increíble de las movilizaciones de Túnez y Egipto es su similitud con las de Irán en 2009: la mezcla de clases sociales involucradas; la combinación entre demandas democráticas y las exigencias materiales más básicas. Han preocupado a dirigentes de países muy diferentes. No sólo los dirigentes occidentales y sus dictadores históricamente afines exigieron más paciencia a las poblaciones sublevadas; también lo hizo Gadafi de Libia. Mientras Mubarak cerraba Internet; China prohibía la palabra “Egipto”.

El capítulo de hipocresía de nuestros dirigentes es, por supuesto más largo. En 2003, nos dijeron que bombardeaban a los iraquíes para llevarles la democracia. Por supuesto, el país no es más democrático ahora que bajo Sadam, mientras que las sublevaciones árabes han dejado patente el apoyo occidental a los dictadores.

Mejor dicho, los apoyan mientras duran. Los partidos socialistas, incluyendo el PSOE, colaboraron durante décadas con el RCD, partido del dictador tunecino. Sólo lo expulsaron de su organización internacional el 17 de enero de 2011… cuando ya había perdido el poder.

El mundo está cambiando

Los analistas que equiparan la importancia de la revolución en marcha en Egipto con la de la caída del muro de Berlín pueden tener razón, según cómo vayan los acontecimientos.

Si la sublevación en Túnez tuvo un efecto electrificante en la región, las luchas en Egipto podrían influir al mundo entero. Es el país más importante del mundo árabe y no sólo por sus 80 millones de habitantes. Es la cuna tanto del Islam político como del nacionalismo árabe: la revolución de Nasser, de 1952, inspiró a movimientos parecidos por todo Oriente Medio y África.

Por encima de todo, sin Mubarak —aún más si caen otros aliados como el Rey de Jordán— el Estado de Israel estaría obligado a responder, por fin, a las demandas del pueblo palestino, al menos tendría que cumplir las resoluciones de la ONU; esto pondría en cuestión todo el proyecto sionista. No olvidemos que el bloqueo a Gaza sólo se mantiene gracias a la colaboración egipcia, y que Egipto suministra el cemento esencial para la construcción del muro en Cisjordania.

Pero las implicaciones van aún más allá. En 1989, cayeron dictaduras, pero las ilusiones puestas en Occidente y en el mercado condicionaron todo el cambio. Los pueblos de Oriente Medio han vivido en su propia carne las recetas neoliberales, impuestas por dictaduras de todos los colores. Han visto a Occidente en acción en Afganistán, Irak, El Líbano y sobre todo en Palestina.

El neoliberalismo y el propio sistema capitalista provocan odio entre millones de personas desde América Latina —escena de movimientos en ebullición— hasta Asia, pasando por Europa. La rabia existe. Lo que falta es la confianza en que se puede luchar. La chispa de Túnez, multiplicada masivamente en Egipto, podría encender todo el planeta.

Y ¿ahora qué?

Otra vez, las cosas cambian tan rápidamente que cualquier pronóstico es provisional. En el momento de escribir, Mubarak aguanta por los pelos: incluso EEUU, seguido por la UE, ha exigido una transición ordenada y sin violencia. Parece que optan por El Baradei. Irónicamente, también lo hacen los Hermanos Musulmanes. Todos estos actores, a pesar de sus diferencias, comparten el objetivo de “cambiarlo todo para que nada cambie”. Es decir, instalar una democracia formal —que sí sería un paso adelante, hay que reconocerlo— aunque dejando intacto todo el sistema socioeconómico.

Pero la gente que ha arriesgado la vida en las movilizaciones busca mucho más; quieren el fin del neoliberalismo y de todo el sistema corrupto. También exigen que se dé apoyo real y efectivo al pueblo palestino. Nada de esto pasará con el cambio superficial que los de arriba se han visto obligados a ofrecer.

Se plantea, entonces, un dilema. Millones de personas buscan una solución que ninguno de los partidos oficiales ofrece. Aquí se vuelve crucial el papel del pequeño núcleo de activistas de los movimientos sociales, de los sindicatos independientes, y especialmente de la izquierda revolucionaria organizada. Los primeros días de una revolución pueden ser duros y violentos, pero las cuestiones políticas son sencillas: todos contra la dictadura, todos contra la represión. Pero una vez que empiecen las maniobras en la cúpula, con nuevos gobiernos “surgidos de la revolución” —como está ocurriendo en Túnez, y pronto podría pasar en Egipto—, el debate político se complica, enormemente.

Los activistas más politizados tendrán que rechazar la exigencia casi unánime de “mantener la unidad” cuando los sectores reformistas intentan venderlo todo… pero sin caer en el sectarismo. Por encima de todo, deben intentar impulsar la autoorganización desde abajo, creando las semillas del poder popular y de una alternativa al capitalismo, sin dejar de conectar con el estado de conciencia de la masa de los trabajadores en cada momento.

Esta tarea es imposible si no se han puesto antes las bases de una organización política, que una a activistas de diferentes sectores, de diferentes ciudades, con conexiones entre ellos que vayan mucho más allá de una página web o Facebook. Sobre todo, estos activistas deben tener una historia de participación en las luchas, para así haberse ganado el respeto de la gente trabajadora y de los barrios. Así, si llegan y dicen, “no basta con cambiar un presidente, hay que cambiar el sistema”, la gente escuchará sus argumentos.

En esto están los y las compañeros del grupo hermano de En lucha en Egipto. Y en eso estamos nosotros, en la medida de las posibilidades. Porque hace no tantos años, las y los activistas anticapitalistas de Egipto miraban con envidia las grandes movilizaciones en Europa, los millones de personas en la calle, y decían “aquí eso es imposible, la gente no se mueve”. Pero en Egipto, como en Túnez, la gente se movió. Aquí también se moverá. Debemos hacer lo posible para impulsarlo —inspirándonos en la revolución árabe— y estar preparados para cuando las cosas estallen.