diumenge, 26 de juny de 2016

Brexit: más allá de los titulares, un voto de clase

Ha llegado el resultado del referéndum británico. Contra las expectativas ha ganado la salida de la Unión Europea (“Leave”, or Brexit) con el 51,9%, o 17.410.742 votos. La permanencia (“Remain”) se queda con el 48,1%, 16.141.241 votos. ¿Qué significa este voto? ¿Cómo debería reaccionar la izquierda?

[Notas: 1. Brexit es el acrónimo de salida británica (“British exit”), como lo fue “Grexit” de una salida griega. Lexit significa una salida de izquierdas (“Left exit”). 2. Estos son apuntes bastante rápidos (aunque al final extensos), ante los debates y retos actuales. Por falta de tiempo, no han pasado por la corrección lingüística habitual. Si hay algo que no se entiende, deja una nota al final y lo miraré.]

La UE es lo que es

Muchas tertulias sobre el referéndum ignoran lo que debería ser la cuestión central. ¿Qué representa la UE? No es una entidad que promueve la democracia, los derechos humanos, la justicia social… Es, como argumentó Sotiris Kontogiannis en este artículo de 2014, “Un bastión de las políticas neoliberales”. ¿Alguien se acuerda de lo que hizo —y aún hace— la UE al pueblo griego? Y la UE también es una entidad cada vez más militarista y relacionada con la OTAN.


Además, hoy en día debemos tener muy presente la Fortaleza europa. La de 30.000 muertos en la fosa común en la que la UE ha convertido el Mediterráneo. (Sobre este aspecto, ver http://stopmaremortum.org). La de las vallas, como en Ceuta y Melilla. La de los campos de la miseria, desde Idomeni (desmontado por la policía griega, enviada por el gobierno de Syriza para aplicar fielmente las políticas europeas) hasta Calais. Ambos campos han sido atacados por nazis, que actúan con impunidad dentro de la UE (la de verdad; en la versión Disney que algunos nos intentan vender, no existirían, por supuesto).

Todo esto explica por qué el Partido Conservador y el Partido Laborista británicos defendieron el Remain (como también lo hicieron el Partido Nacionalista Escocés; Plaid Cymru, nacionalista galés; los Liberal Demócratas; el Partido Verde; Sinn Fein…) Esto explica por qué la gran patronal, tanto la británica como la europea, defendió la permanencia. Hasta Obama pidió el voto por Remain.

Debemos recordar que la realidad de la UE llevó a hasta medio millón de personas a manifestarse en Barcelona “contra la Europa del capital” en marzo de 2002, ante una cumbre europea, y otra gran manifestación en Sevilla contra la cumbre en esa ciudad en junio de 2002. Ante el trato inhumano de la UE hacia la gente refugiada ha habido dos grandes manifestaciones en Barcelona este año, la del 19 de marzo y la del 19 de junio.

Hay motivos de sobra para oponerse a la UE y para pedir la salida.

Las campañas racistas en GB

Sin embargo, la campaña oficial no ha girado alrededor de estos temas, sino que en gran parte se ha centrado en la inmigración. Las caras más visibles del Brexit fueron las de Boris Johnson, un populista de la derecha del partido conservador, y Nigel Farrage, líder del partido de la derecha xenófoba, UKIP. Jugaron la carta del nacionalismo británico y de racismo abierto contra la gente inmigrada, “amenazando” con la posible llegada de gente refugiada. Hay que condenar este racismo, por supuesto.

Una parte de la izquierda fue más lejos y se negó a pedir el Brexit debido al racismo de estos sectores. Pero el problema no es nada nuevo. Cuando nos manifestamos contra la Europa del capital en Barcelona, gran parte de la extrema derecha europea ya declaraba su oposición a la UE. Hace años que los partidos establecidos, y de manera especial la izquierda institucional, se esfuerzan para confundir las críticas anticapitalistas e internacionalistas hacia la UE de la izquierda radical con la oposición nacionalista y racista expresada por la extrema derecha; intentan meterlo todo en un saco que etiquetan “euroescepticismo”.

En realidad son dos posiciones totalmente opuestas. La extrema derecha se opone a la UE porque quiere limitar la inmigración y cerrar aún más las fronteras. La izquierda anticapitalista se opone a las políticas racistas y mortíferas de la UE contra las personas que quieren llegar a Europa; quiere abrir las fronteras. No es difícil ver la diferencia.

Además, Gran Bretaña es el país europeo donde se lucha contra la extrema derecha racista y fascista con más éxito, y de manera más consistente. La propia campaña de izquierdas por la salida, Lexit, siempre insiste en su oposición al racismo. De hecho, las fuerzas de izquierdas que forman Lexit incluyen a los sectores (notablemente el SWP, grupo hermano de En lucha) que más han trabajado para impulsar el movimiento unitario contra el fascismo y el racismo.

Finalmente, el racismo no ha provenido sólo de la campaña por el Brexit. El gobierno de David Cameron hace años que fomenta el racismo, tanto en la UE como en la propia política del Estado británico. Últimamente, han reducido el acceso a las prestaciones sociales para la ciudadanía europea residente en GB. La campaña oficial de Remain se ha esforzado en argumentar que se podrían limitar la inmigración y los derechos de las personas europeas, aun estando dentro de la UE. Hacia el final de la campaña, incluso el partido laborista se sumó a estos argumentos.

La campaña del referéndum ha tenido un fuerte contenido racista, en ambos lados. La lucha contra el racismo y contra la extrema derecha tendrá que continuar. Pero no se puede argumentar que el voto por Leave es automáticamente racista, frente a un voto antirracista por Remain.

Un voto de la clase trabajadora

El factor clave en el voto por la salida de la UE fue el de clase social. Un gráfico publicado por The Guardian (periódico progre-liberal muy a favor de la permanencia) revela claramente la correlación entre indicadores de “clase baja” y el voto por Brexit en cada municipio. Factores como: bajo porcentaje de educación universitaria; alto porcentaje de personas sin cualificaciones formales; bajo porcentaje de personas en las categorías sociológicas de “clase alta” o “clase media”; y en menor grado bajos ingresos anuales per cápita; todos estos iban asociados con un alto voto por la salida.

La diputada laborista de izquierdas y antirracista, Diane Abbott —una mujer negra, hija de inmigrantes— escribió en The Guardian un artículo sobre el resultado bajo el título: “Los desposeídos votaron por Brexit. Jeremy Corbyn ofrece un cambio real”:

“Durante décadas, ha habido una inquietud entre la mayoría de los británicos, una sensación de que nuestro sistema económico está diseñado para el beneficio de los pocos sobre los muchos. Y en el referéndum sobre la adhesión de Gran Bretaña a la Unión Europea, los muchos — y algunos de los pocos — votaron a favor de Brexit para intentar cambiar eso.”

Más directamente, Abbott dijo que el voto no era un rechazo a la inmigración, sino "un rugido de desafío contra la élite de Westminster".

El Periódico informó sobre otro detalle muy revelador: “Durante la campaña, los partidarios de la salida de la Unión Europea repitieron que si el Reino Unido dejaba la UE proporcionaría 350 millones de libras (440 millones de euros) a la semana al Servicio Nacional de Salud (NHS). Esta es la cantidad que el Reino Unido destina cada semana a Bruselas.” Es claramente un argumento social, nada racista. Sin embargo, “Apenas unas horas después de conocerse el resultado del referendo sobre el brexit, el líder del Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP), Nigel Farage, ha asegurado que [esta afirmación] fue un ‘error’ y que nunca debería haberse usado esa idea.” Hay una larga historia de dirigentes de extrema derecha utilizando promesas sociales —que luego incumplen— para captar apoyo. Esto no significa que las personas que quieren mejoras sociales sean racistas, ni mucho menos fascistas. La pregunta que hay que plantear es, ¿por qué la izquierda no sabía expresar o responder a estas demandas de justicia social?

El fracaso de la izquierda

Un indicio más cerca de casa lo tenemos en el excelente artículo de Sergi Picazo, “L’esquerra té un problema: ‘Els pobres no voten’” (La izquierda tiene un problema: ‘Los pobres no votan’). Como explica, el problema no es la gente pobre, sino la propia izquierda: “Que mal lo ha hecho la izquierda para que tantas [personas trabajadoras] de este país, a pesar de la crisis, los recortes, el incumplimiento de las promesas electorales, el paro al 25%, los desahucios, las puertas giratorias en el Ibex35, la indignación del 15-M, puedan pensar que no vale la pena votar este domingo.” La reacción de gran parte de la izquierda al referéndum, primero al apoyar el “Remain”, y luego al tratar al 52% de la población —como hemos visto, de manera desproporcionada la gente más pobre y de clase trabajadora— como escoria racista debido a su voto, sólo confirma esta desconexión entre esa izquierda y la gente trabajadora real.

Es cierto que los fascistas utilizan el argumento de la lejanía de la izquierda de las personas trabajadoras como pretexto para que buscar apoyo. Lo hace sobre todo la extrema derecha más novedosa, desde Casa Pound en Italia hasta el Hogar Social en Madrid (y también lo hacía Casal Tramuntana en Barcelona pero tuvo que cerrar ante la presión de la fuerte campaña vecinal organizada en el marco de UCFR). Sin embargo esta utilización de lo social no es nueva: proviene de las tropas de asalto de los nazis, hace más de 80 años. En todo caso, las manipulaciones y maniobras ultras no quitan el problema de fondo.

Hay dos grave errores típicos de la izquierda ante esta desconexión con la gente trabajadora, y ambos se han visto en el referéndum. El primero es lo que se ha explicado, el de tratar a la gente trabajadora como a personas atrasadas a las que hay que aleccionar desde arriba, en vez de escuchar lo que realmente dicen y piensan. Con el segundo error, también se trata a la gente trabajadora como a personas atrasadas, y tampoco se les escucha realmente, pero esta vez se opta por “darles lo que (se supone que) quieren”, recurriendo a argumentos racistas, para no perder su apoyo.

El antiguo dirigente laborista, Ed Balls, intentó frenar el crecimiento del voto por el Brexit escribiendo en el Daily Mirror, un periódico de masas pro laborista que: “un límite se ha fijado sobre las prestaciones sociales pagadas a trabajadores migrantes [pero] no creo que puede ser el final de la historia. Tenemos que presionar Europa para restaurar fronteras de verdad, y poner nuevos controles sobre la migración económica.” Al día siguiente, un columnista de The Guardian (recordemos, “progre liberal”) se sumó al carro, exigiendo medidas para frenar la inmigración.

Estas visiones son muy unidimensionales: el mundo real es más complejo.

Primero, en términos de las ideas de la gente. Éstas suelen contradictorias, combinando factores opuestos. La tarea de la izquierda no es ni dar la espalda a la gente trabajadora, ni ceder ante las ideas racistas (sexistas, homófobas, etc) que existen dentro de la clase trabajadora, sino relacionarse con las ideas progresistas que también están allá, y fortalecer éstas, desde dentro, desde el tú a tú. [El marxista revolucionario italiano Gramsci lo explicó esto muy bien; hago una resumen muy breve de su visión aquí (en la sección 8. ¿Cómo cambian las ideas?), y un análisis mucho más extenso aquí (en la sección El buen sentido de Gramsci).]

Segundo, que no es verdad que la clase trabajadora británica o europea la componen sólo, o principalmente, hombres blancos. La parte de la izquierda que cede al racismo “para conectar con los trabajadores” no adopta en absoluto un criterio de clase.

Concretamente, en el caso del referéndum, hubo municipios de mayoría trabajadora no blanca, donde también hubo un voto muy importante por el Brexit. El municipio de Slough, que tiene el 40% de la población nacido fuera del Reino Unido y una población británica negra muy importante, votó por Brexit. Mientras, como explicó Socialist Worker, “En Newham el 47% de la gente votó Leave. Este municipio del este de Londres es uno de los municipios más pobres y más multiculturales de Londres, con sólo el 17% de la población que se define de ‘Británico blanco’.” Queda evidente que, matemáticamente, la mayoría del voto por el Brexit en Newham provino de gente que no responde a la idea del “trabajador blanco racista”.

Es evidente que hubo un elemento racista dentro del voto por Brexit y es un problema. Pero una de las causas es la debilidad y la confusión en la izquierda. De haber habido una campaña mucho más visible por la salida de izquierdas, todos los indicios demuestran que había mucho potencial en los barrios populares para conectar con gente en base a críticas de izquierdas hacia la UE, debilitando así a los racistas. Hay que dar crédito a los sectores de la izquierda que hicieron este esfuerzo, y a las muchas personas trabajadoras que votaron contra la UE por buenos motivos.

[Si alguien duda de esto, sólo hay que escuchar los comentarios sobre el resultado recogidos por TV3 en un barrio obrero de Londres. Uno dijo: "Aquí hay un agujero vacío, políticamente, hay una sociedad dividida, lo hemos sabido desde hace años, una división definitiva: es financiera, no racial ni religiosa." Otro dijo de los que mandan que "Viven en el siglo pasado y piensan que somos estúpidos, ingenuos e ignorantes, y no lo somos. Los trabajadores ya estamos hartos y creo que si esto continua, habrá una revuelta en este país, llegará una revolución si esto no para." Telenotícies cap de setmana migdia - 25/06/2016.]

A partir de aquí, debe haber una reflexión en la izquierda, tanto la de Gran Bretaña como de fuera (porque el problema no se limita a ese país), acerca de cómo conectar mejor el mensaje anticapitalista con la gente que sufre en carne y hueso los efectos del capitalismo brutal. También hará falta una lucha muy fuerte contra el racismo y el fascismo.

El resultado del referéndum ha creado una crisis política, que conlleva peligros pero también abre muchas oportunidades para la izquierda si sabe responder.

Punto específico: defender el derecho de residencia

Un sector que se siente directamente afectado por la decisión es la gente que vive en GB con pasaporte europeo, o en el resto de la UE con pasaporte británico. Muchas de estas personas están preocupadas por su futuro. La izquierda y los movimientos sociales de Europa deberían exigir a los diferentes estados un compromiso de respetar incondicionalmente los derechos de estas personas. Huelga decir que no debemos olvidar la situación de la gente refugiada, y hay que seguir exigiendo soluciones en este tema, pero ahora mismo una buena iniciativa ante la situación creada por el referéndum sería un paso adelante.

Los movimientos sociales y la izquierda en GB tendrían así la oportunidad de demostrar que la mayoría por el Brexit no se basa en el racismo, y que no existe, ni de lejos, un 52% de la población británica que quiera echar a sus vecinos y vecinas procedentes de la UE. Lo mismo se aplicaría a los movimientos en el resto de la UE, respecto a la ciudadanía británica en sus países. Y si somos capaces de impulsar una iniciativa de este tipo, demostremos otra cosa importante. Que el internacionalismo no depende de las estructuras estatales o superestatales capitalistas, sino que puede y debe construirse desde abajo, sin importar las fronteras o los pactos entre las clases dirigentes.

Repercusiones internacionales

La enorme atención que ha captado la votación británica, incluso en plena campaña electoral en el Estado español, confirma su importancia. Puede haber repercusiones mucho más allá de la salida de GB de la UE (y esto tampoco es poca cosa).

En Escocia el 62% votó por “Remain”. El gobierno escocés ya ha planteado un nuevo referéndum sobre la independencia, con el objetivo de quedarse en la UE. En tal caso, el rechazo hacia la UE sería una cuestión secundaria frente a la oportunidad de romper lo que ha sido una de las potencias imperialistas más importantes —y más mortíferas— de los últimos siglos. También hay tensiones en el mismo sentido en el norte de Irlanda, que apoyó el Remain con un 56%; el deseo de mantener relaciones fluidas con el sud de la isla pesó mucho.

Y evidentemente hay que hacer una lectura respecto a Catalunya.

Primero, como ocurrió con el referéndum escocés, el gobierno británico al menos permitió (o fue obligado a permitir) que la ciudadanía votase. Esto contrasta totalmente con la situación en el Estado español. Rajoy expresó su oposición a los referéndums porque trasladan a la ciudadanía "decisiones difíciles" que deberían ser tomadas por “los gobernantes”. Pedro Sánchez dijo casi lo mismo: "esto es lo que ocurre con las consultas que vienen a trasladar a la ciudadanía los problemas que deben ser resueltos por los políticos". Finalmente, Albert Rivera declaró que "El Sr.Cameron y los conservadores británicos han cometido una irresponsabilidad convocando este referéndum". Son muy conscientes del peligro de permitir votaciones democráticas. Felipe González, más explícito, tomó un descanso de su campaña en defensa de los presos políticos (venezolanos, no bascos) para tildar a Cameron de “irresponsable” por haber convocado el referéndum, y declaró que “necesitamos gobernar con un proyecto para España, no un proyecto que cuestiona su unidad y pluralidad.” En todo caso, queda en evidencia el escaso respeto hacia la democracia de los dirigentes supuestamente democráticos.

Segundo, el margen de victoria de Brexit fue de 1,3 millones, pero en términos de porcentaje el resultado suena más apretado; del 51,9% contra el 48,1%. Sin embargo, no hay noticias de ningún intento serio para impugnar el resultado como insuficientemente claro. En cambio, para un referéndum en Catalunya, se han barajado condiciones como, por ejemplo, un mínimo del 55% a favor de la independencia para que la decisión tenga efecto. (Sorprendentemente, o no, no se plantea la misma condición para que una decisión de permanecer dentro del Estado español sea efectiva.)

Tercero, uno de los tópicos ante el derecho a decidir del pueblo catalán es que cualquier votación debería incluir a toda la ciudadanía del Estado español, no sólo la de Catalunya, porque “la soberanía reside en el conjunto de la nación”. Nadie sensato ha sugerido que en el referéndum británico debiera votar toda la ciudadanía europea. Es una muestra más de que, no obstante todas las apelaciones al mundo global y el internacionalismo —y en la UE a la integración europea— la política y el poder real sigue girando alrededor de los Estados nación. No se quiere reconocer a una nación sin Estado como Catalunya como sujeto soberano. Esto es normal en las altas esferas; no debería serlo en la izquierda.

Más allá de los debates políticos del Estado español, el Brexit puede plantear un precedente para otros Estados. La “gran amenaza” de la Troika al gobierno de Syriza fue que, si no se aceptasen los recortes, Grecia podría quedarse fuera de la UE. Evidentemente, surtió efecto: Tsipras ignoró el referéndum que él mismo había convocado, con su gran voto contra la austeridad, y aplicó los recortes igual. Pero si Gran Bretaña consigue salir de la UE en condiciones más o menos dignas, la amenaza será menos efectiva. (Esto a su vez, pone la pelota en el tejado de las fuerzas progresistas británicas, para conseguir que la salida se haga de una manera que beneficie, en vez de perjudicar, a la mayoría de la población; es decir, la gente trabajadora.)

Conclusiones

La valoraciones del referéndum británico en las tertulias y las redes sociales sufren del cortoplacismo típico de esos ámbitos. En realidad, el significado del resultado aún no está escrito. ¿Cuál es el peso relativo del racismo y del rechazo a las élites en el voto por la salida? Esto sólo se verá en el curso de las luchas venideras.

Esto, de nuevo, depende en parte del papel de la izquierda. Una izquierda convencida de que el 52% de la ciudadanía británica sigue la derecha xenófoba (mientras que el otro 48% sigue Cameron), no tendrá mucho que ofrecer. Tampoco, por supuesto, lo tendría una izquierda que ignorase el problema del racismo. Pero una izquierda capaz de ver las contradicciones de la situación, e identificar el fuerte elemento de rechazo al sistema implícito en el voto (el “rugido de desafío contra la élite” como dijo Abbott) sí podrá jugar un papel importante. En este sentido, es muy positivo la concentración convocada el mismo día después del referéndum, por la campaña del Lexit, exigiendo la dimisión del gobierno y nuevas elecciones, rechazando la austeridad y apoyando los derechos de la gente migrante. Esta convocatoria explícitamente buscó unir a las fuerzas de toda la izquierda ante los nuevos retos, fuese lo que fuese su posición en el referéndum.

Lo mismo se aplica al resto de Europa; la izquierda debe buscar la manera superar sus divisiones, al menos en las luchas concretas, y conectar con la gente trabajadora. En esto, inevitablemente habrá debates importantes, y no hay que huir de ellos. Las personas que defendemos el socialismo desde abajo, la democracia de base, el internacionalismo de verdad —que incluye el derecho a decidir sobre la independencia—, que nos oponemos a toda forma de opresión, que nos oponemos a los controles de inmigración como intrínsecamente racistas… tendremos que luchar por nuestras ideas, dentro de la izquierda y dentro de los movimientos.

En resumen, tras el referéndum, hace falta más solidaridad internacional, no menos. Más coordinación internacional, no menos, pero no entre los Estados de la UE, sino entre personas y movimientos, más allá de las fronteras de los Estados o de la UE. Las protestas antirracistas coordinadas en Barcelona, Madrid, Londres, Atenas, Beirut… el pasado 19 de marzo son un buen ejemplo de ello.

Ahora debemos superar el choque y la sorpresa ante el referéndum. Otro mundo no ha dejado de ser posible, y a pesar de las complicaciones de la situación la decisión por el Brexit fue un pequeño paso hacia ese nuevo mundo, si sabemos responder correctamente.