divendres, 25 d’abril de 1997

El marxismo, la ciencia y la verdad

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“El problema de si al pensamiento humano se le puede atribuir una verdad objetiva, no es un problema teórico, sino un problema práctico. Es en la práctica donde el hombre tiene que demostrar la verdad, es decir, la realidad y el poderío, la terrenalidad de su pensamiento. El litigio sobre la realidad o irrealidad de un pensamiento que se aísla de la práctica, es un problema escolástico.”

“Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo.”

Marx, 2ª y 11ª Tesis sobre Feuerbach

Introducción

El marxismo ofrece una explicación del mundo y unas propuestas para luchar por cambiarlo.

Pero hay otros muchos puntos de vista, desde otras versiones del marxismo, al anarquismo, liberalismo, conservadurismo, fascismo y, entre los ‘intelectuales’, posmodernismo, que tienen análisis diferentes del mundo, y propuestas diferentes para solucionar lo que ven como sus problemas. La alternativa, la oposición, más fuerte al marxismo es la ideología burguesa, que se refleja en mayor o menor grado en todas estas variantes de opinión.

¿Cuál es nuestra respuesta a la ideología burguesa? ¿La reconocemos como sólo otra manera de entender el mundo, desde su punto de vista, pero objetivamente tan válida como la nuestra? O ¿es una mentira, deliberadamente divulgada por la burguesía para mantener su control?

La primera posición es la de moda, un relativismo total. Pero si la aceptamos, tiene conclusiones desastrosas. Proponemos ganar a gente a nuestras ideas y métodos de luchar. Pero, ¿por qué deberían aceptar lo que decimos nosotros, el marxismo, en vez de otras perspectivas, o básicamente de la explicación burguesa?

Podríamos decir, con Marx, que se verá en la práctica, que demostraremos que tenemos razón. Esta solución se refleja en una política del ‘hacer, no pensar’. El problema es que, como somos pocos —no sólo nosotros en SI, sino realmente toda la izquierda radical—, ahora hay poco que podamos hacer para mostrar en la práctica la superioridad de las ideas marxistas. Si no podemos en principio ganar a gente en base a nuestras ideas, nunca llegaremos a poder mostrar “la realidad y el poderío” de éstas.

Igualmente, podríamos decir que nos interesan sólo aquellos que aceptan lo que decimos como si fuera por instinto. Esta respuesta, tan ampliamente aplicada como la primera, tampoco funciona. Claro que alguna gente se encuentra más afín a nuestras ideas desde el principio, pero si esta afinidad espontánea no se refuerza con argumentos de peso, no durará indefinidamente. La fe ciega en el mercado, aceptada por muchos, sobrevive un sinfín de experiencias contrarias, porque se la renuevan cada día en la prensa, la TV etc. Una fe ciega en el marxismo no tendría esta colaboración.

Quiero mostrar que el marxismo tiene algo que lo hace objetivamente mejor que las demás teorías o puntos de vista, fundamentalmente frente a las ideas burguesas; que el marxismo es una manera científica de entender el mundo, y una base sólida para intentar cambiarlo. En otras palabras, el mundo real es objetivamente como dice el marxismo y, por lo tanto, usando el marxismo se pueden sacar soluciones que son, en general, correctas.

Pero esto nos lleva a la otra cuestión, ¿es la ideología burguesa, entonces, simplemente una mentira? Los que la defienden, ¿están conscientemente intentando engañarnos? Si este es el caso, ¿por qué tanta gente de la clase trabajadora y progresista la acepta?. Una defensa de la ‘verdad objetiva’ de nuestras ideas también tiene que ser una respuesta a esta cuestión.

Si se presenta el marxismo como científico, quizá deberíamos empezar por hablar de qué es lo científico.

El mundo objetivo y la ciencia natural

“La actividad del científico… está contaminada de creencias irracionales, intereses, prejuicios. Y… los científicos parten del mayor de los errores: el supuesto de que la objetividad es posible.”1 Todo el concepto de la ciencia se encuentra atacado, muchas veces desde posiciones que se definen de ‘izquierdas’.

Muchos verdes argumentan que la ciencia ha perjudicado a la humanidad, y aun más al ‘planeta’, que la ciencia es ‘mala’. Hay feministas que dicen que la ciencia es inherentemente machista: “La cultura patriarcal se vale de la ciencia para sostener las barreras que social y políticamente han sido derribadas.”2

Hace décadas los escritores Kuhn y Feyerabend argumentaron, en varias maneras, que la ciencia no se rige por respeto a una verdad objetiva, sino que las teorías se aceptan y se refutan en base a presión social. Ambas posturas tienen en común negar la posibilidad de conocimiento objetivo, no partidario, del mundo real.

La última posición adoptada para criticar a la ciencia se basa en las variantes del posmodernismo, y su rechazo de la idea de progreso científico. Los posmodernistas llegan a negar incluso la existencia de un mundo objetivo, independiente de las explicaciones que damos de ello.

¿Existe un mundo objetivo?

Hay una respuesta fácil a esto, la dada por el Dr Johnson en el siglo 17, que dijo ‘Refuto el idealismo, ¡así!’, y dio una patada a una piedra, la que salió volando, mostrando así un elemento del mundo físico, real.

Engels escribió en algún sitio que si los idealistas se ahogaran en el agua se darían cuenta que existe; aparte de mostrar su mala leche, Engels vuelve a apuntar el elemento importante de la práctica como prueba de las ideas. Son los que están más alejados de la práctica los que también lo están de un entendimiento real del mundo.

La respuesta más clara a las posiciones ‘anti-ciencia’ es una respuesta práctica, o concreta.3

Si bebes cuando tienes sed, si enciendes la estufa o te pones un jersey cuando tienes frío, es porque sabes que hay una relación entre un estado físico-mental y el mundo externo. Una teoría, posmodernista u otra, no te quita ni la sed ni el frío.

La naturaleza en el fondo reaccionaria de la posición se ve al mirar unos ejemplos con un aspecto más claramente político-social.

¿Por qué los verdes culpan a la contaminación industrial de la lluvia ácida? ¿No puede ser ésta el resultado de algo en los árboles mismos, o —¿por qué no?— un acto de Dios? De hecho, siguiendo estrictamente el relativismo, se podría disputar no sólo la causa de la lluvia ácida, sino su propia existencia. La verdad es que se puede mostrar con análisis químicos, biológicos, que la lluvia ácida existe, y que es producida en gran parte por el humo de las fábricas sin medidas de protección medioambiental; en otras palabras, si queremos solucionar un problema creado por la tecnología capitalista, tenemos que utilizar la ciencia, no rechazarla.

Si algún sicólogo machista gana apoyo por una teoría en la que expone que las mujeres son biológicamente incapaces de pensamiento lógico, ¿decimos, pues bien, es su punto de vista?. O ¿nos ponemos a demostrar que es una teoría falsa, que distorsiona la realidad?.

Los niños que se mueren en África, ¿acaso es un hecho inexplicable, y por lo tanto sin posibilidad de solución? O, en cambio, ¿realmente se mueren por inanición, porque les han quitado la comida, y se puede solucionar el problema con medidas prácticas, sea al nivel de dar comida, sea al nivel más general de cambiar las condiciones sociales que producen el hambre?

El mundo objetivo existe; negarlo lleva a conclusiones reaccionarias y abre el paso a cualquier misticismo. Pero, ¿es posible el conocimiento objetivo, científico, de ello?

Sí, dentro de unos límites.

El sol sale por el este, y se pone por el oeste, cada día, a una hora que varía según la estación y la posición geográfica. ¿Es una idea científica? Sí, es una descripción del mundo que te ayuda a navegar, o a saber la hora etc. ¿Es cierta? Sí, aunque parte de la idea de que el sol gire alrededor del mundo. Dentro de un campo limitado, es ‘verdad’.

Con la revolución copernicana, se vio que la tierra gira alrededor del sol. Esta teoría es verdadera frente a la otra. Da una explicación más profunda. No sólo describe mejor la situación real —¿por qué las temporadas? etc.— sino que también explica por qué se producen las apariencias que dieron lugar a la teoría en que se creía antes. La idea anterior, por lo tanto, no era mentira, pura invención, sino un entendimiento limitado, un paso hacia una explicación científica.

La superioridad de la nueva teoría, no obstante, no es sólo una cuestión de opinión. El mundo realmente gira alrededor del sol, y no al revés. Claro que puede haber profundizaciones de esta teoría, que van más al fondo, pero se puede decir que es una verdad práctica, científica, que el mundo es así.

El conocimiento es como una cebolla; hay capas. La diferencia con la ciencia es que en ésta no hay limite a la cantidad de capas. Para extender la analogía, el hecho de tener estas capas es en sí una parte de la definición del fenómeno.

Entonces, en lo que se refiere al mundo físico, con la ciencia se puede ver cómo funciona y, además, se puede ver cómo da lugar a concepciones limitadas, las que llegan a ser, con el paso de tiempo y el avance de la ciencia, concepciones erróneas.

¿Y la sociedad?

El ‘mundo social’ es generalmente aceptado como mucho menos susceptible al conocimiento objetivo que el mundo natural. Si en la física se habla de átomos, de galaxias lejanas o lo que sea, en cuestiones sociales se habla de temas que todo el mundo conoce, y en el fondo de los seres humanos, nosotros mismos. ¿Y quién va a decir que no conocemos a nosotros mismos? “Hay tantas verdades como personas, y no hay nada que hacer, etc.” (“Tants caps, tants barrets,” se dice en catalán).

Pero la cosa no es tan fácil. Mientras los ideólogos de la burguesía repiten que no hay objetividad, que el marxismo no deja de ser una ideología entre muchas, defienden unas posiciones sospechosamente uniformes. Y seguro que piensan que ellos tienen razón y nosotros, no.

Queda claro que en realidad, por muchas variaciones que haya, las concepciones del mundo suelen agruparse en unas pocas tendencias generales —pocas, al menos en comparación con los miles de millones de personas en el mundo—. ¿De dónde vienen estas concepciones?

Molyneux apunta hacia una explicación, cuando habla de la diferencia entre ‘leyes físicas’ y ‘leyes sociales’: “Un obrero y un capitalista que caigan de la Torre de Pisa llegarán al suelo a la misma velocidad, y con iguales consecuencias. Pero la ley de valor no tiene las mismas consecuencias para ambos: produce miseria para uno, y riqueza para el otro.”4

La base de concepciones diferentes del mundo social es clase, precisamente los diferentes intereses de clase. Por eso, en vez de hablar de “unas pocas tendencias generales” para entender el mundo, se puede decir que, hoy, en el fondo sólo existen la concepción de la burguesía y la de la clase trabajadora, y que lo demás constituye un sinfín de combinaciones de éstas.

La posición de la burguesía

La posición de la burguesía es un reflejo de la sociedad, pero producido y limitado por la situación social de esta clase.

Lukács habla de la “burguesía contemporánea, la clase que en otro tiempo empezó la lucha contra la sociedad feudal y absolutista precisamente basándose en el conocimiento de conexiones económicas. Esa clase, sin embargo, tenía que ser plenamente incapaz de consumar su ciencia de clase más propia y originaria: tenía que fracasar incluso teoréticamente ante el problema de la teoría de la crisis. Pues aceptar su solución —aunque fuera sólo teoréticamente— significaría considerar los fenómenos sociales ya no desde el punto de vista de la burguesía. Por eso no tiene utilidad alguna en este caso que la solución teorética se encuentre ya disponible. Pues ninguna clase puede ser capaz de un cambio así, para realizar el cual tendría que renunciar a su dominio… Pues la consciencia de clase de la burguesía, aunque sea capaz de reflejar con toda claridad los problemas de la organización de ese dominio… tiene necesariamente que oscurecerse en el momento en que aparecen problemas cuya solución rebasa ya el ámbito de dominio de la burguesía, el capitalismo. Las «leyes naturales» de la economía descubiertas por la burguesía, que son una consciencia clara en comparación con la Edad Media feudal o incluso con el mercantilismo del período de transición, se convierte luego con inmanencia dialéctica en una «ley natural basada en la inconsciencia de los participantes».”5

Aquí se ven muchos elementos claves del análisis marxista de la ideología burguesa. Se reconoce que, en general, no es simple mentira, sino que las limitaciones de su punto de vista reflejan —sin que estén necesariamente conscientes de ello— su compromiso con el sistema actual. También subraya que no hay que caer en el ahistóricismo por el cual se condena la ideología burguesa desde siempre, retrospectivamente: decir que es incapaz de explicar el mundo de hoy no quita que fue en su momento un gran paso adelante.

¿Por qué tantos trabajadores aceptan las ideas burguesas?

Hasta aquí, bien. Pero pocas veces discutimos directamente con los burgueses. No obstante, chocamos todo el tiempo con sus ideas. Se entiende que a ellos les interesa mantener su punto de vista. ¿Por qué tantos trabajadores lo hacen también?

La respuesta inmediata es que la ideología burguesa es fuerte porque los medios de comunicación la venden, las escuelas la inculcan, los tribunales y la policía la imponen, etc. Esta respuesta es inadecuada. Alguna mentira o falsedad se puede difundir a pura fuerza de propaganda. Pero si discrepa consistentemente de las experiencias personales de la gente, tarde o temprano la rechazarán. No somos idiotas. Tiene que haber algún otro proceso aquí que refuerza la descripción burguesa del mundo.

Esta explicación se encuentra en Marx, en Capital, donde habla de ‘El carácter fetichista de la mercancía y su secreto’6. Explica como una mercancía, un producto de trabajo humano, llega a parecer como si tuviera una existencia propia, independiente de los seres humanos. El intercambio de productos, o la compra y venta de productos por dinero, parece una transacción entre cosas en la cual los vendedores aparecen sólo como padrinos de los duelistas, mientras realmente se están intercambiando cantidades de trabajo humano. Una relación entre personas toma la forma de una relación entre cosas.

Años antes, el ‘joven Marx’ había escrito sobre el mismo tema: “el objeto que el trabajo produce, su producto, se enfrenta a él como un ser extraño, como un poder independiente del productor.” Además: “El trabajo no sólo produce mercancías; se produce también a sí mismo y al obrero como mercancía…”7

En otras palabras, en el proceso de producción capitalista se producen mercancías, pero también relaciones entre los seres humanos; en un sentido se produce a los seres humanos como trabajadores asalariados.

Y en cuanto al “ser extraño, como un poder independiente del productor” esto es el capital. Es algo producido por trabajo humano que luego se presenta —o mejor dicho, es presentado por algunos de los seres humanos; no puede ‘presentarse a sí mismo’, esto es exactamente el punto— como externo al trabajo humano. Así se discute si las máquinas pueden ‘producir’ valor, como si las máquinas fueran capaces de ‘hacer’ algo. Así el capitalista presenta ‘su inversión’ como una contribución independiente al proceso de producción, merecedora de una parte del producto, en vez de lo que es, sólo trabajo humano anteriormente robado, y dispuesto a proporcionarle aún más.

¿Cuál es la conclusión de todo esto? La analogía es de la religión. Tal como los dioses son invenciones de los seres humanos, pero llegan a tener una existencia por encima de los seres humanos, las formas del capitalismo son producidos por personas, pero llegan a dominarnos. Y tal como no basta decir “es mentira, tontería”, para romper las ideas religiosas, esto tampoco basta para romper las ideas sociales creadas por el capitalismo:

“El reflejo religioso del mundo real sólo puede desaparecer, en general, cuando las relaciones de la vida práctica cotidiana representen, día a día, para los hombres, relaciones claramente racionales entre sí y con la naturaleza. La figura del proceso social de la vida, o sea, del proceso material de la producción, se arranca su velo místico de niebla tan sólo cuando, en calidad de producto de hombres libremente socializados, se halla bajo su control consciente y sistemático.”8

Pero aquí hay un problema. De carecer de una explicación de por qué tantos trabajadores aceptan el capitalismo, parece que hemos llegado a una explicación demasiado fuerte. Si las ideas burguesas son tan poderosas, no hay escape. Tal como la obsesión por el poder de los medios convence a muchos de que no se pueden romper las ideas burguesas, los hay convencidos de lo mismo a través de la filosofía.

Para volver al tema central, parece que no hay fundamentos para una ‘verdad’ alternativa al capitalismo.

Existen los existencialistas que, partiendo de un análisis de la enajenación descrita por Marx, concluyen que todo proceso de producción implica la creación de objetos que se nos enfrentan como poderes externos. No ven la distinción clave entre la producción controlada por una clase explotadora, y la producción social, democrática, bajo el control consciente humano. Pero al menos algunos de los existencialistas escribieron bien.

Algunas facciones que han emergido del marxismo han partido del mismo análisis, para dar con la conclusión de que los trabajadores son incapaces de romper con la ideología burguesa. En este caso, no obstante, dicen que existe un grupo de personas que, por alguna razón, sí pueden encontrar una ‘verdad’.

Para Althusser, este grupo privilegiado son los filósofos —como él, por casualidad—. Sólo ellos, a través de la Ciencia (con mayúsculas) pueden escapar de la jaula ideológica que encierra a la gente corriente. Es una desviación que llevó fuera del marxismo a muchos que llegaron a ser posmodernistas.

La otra forma que se encuentra entre gente todavía de izquierdas es la obsesión con el programa. Adherencia al programa es la manera de evitar, en medio de todos los peligros mencionados, caer en la ideología burguesa. Igualmente se sugiere —a veces con razón— que tal o cual lucha es sólo ‘economista’, que no sale de los límites del capitalismo. La solución es una lucha específica dirigida por el grupo en cuestión, que sí tendrá las características para rebasar los límites del sistema: esta lucha puede ser ‘la campaña para anular la deuda del 3º Mundo’, puede ser la campaña contra las ETT; siempre se empieza de una concepción en las cabezas de unos pocos.

El análisis marxista, del origen de las ideas de oposición al sistema, es totalmente diferente de éstos. Las Tesis sobre Feuerbach, citadas al principio, contienen una crítica a esta perspectiva: “La teoría materialista de que los hombres son producto de las circunstancias y de la educación, y de que, por tanto, los hombres modificados son producto de circunstancias distintas y de una educación modificada, olvida que son los hombres, precisamente, los que hacen que cambien las circunstancias y que el propio educador necesita ser educado. Conduce, pues, forzosamente, a la división de la sociedad en dos partes, una de las cuales está por encima de la sociedad.”9

Si somos materialistas, tenemos que reconocer que la oposición al capitalismo, y a sus ideas, no empieza porque unos pocos tienen una visión más profunda que los demás, o intenciones más puras; incluso si fuera así, al menos se tendría que preguntar por qué estos pocos son diferentes. Como marxistas, tenemos que buscar la raíz de la oposición a la ideología burguesa en las luchas de la clase trabajadora misma. Pero ¿cómo superar el problema descrito antes, acerca de la fuerza de la ideología burguesa?

¿De dónde viene la alternativa a la ideología burguesa?

Los dos escritores que contribuyeron más a aclarar esta cuestión fueron el marxista húngaro Georg Lukács, cuya vida pasó del período de la revolución rusa, por el pleno estalinismo, hasta la nueva izquierda de los 60, y el italiano Antonio Gramsci, muerto en las cárceles de Mussolini en 1937.

Lukács

Lukács propone una solución a nivel teórico, distinguiendo entre lo que realmente dicen y piensan los trabajadores, y la consciencia que deberían tener. Lo anterior lo denomina ‘consciencia falsa’: “El materialismo dialéctico…no niega en absoluto que los hombres realizan ellos mismos sus actos históricos, y precisamente con consciencia. Pero, como dice Engels en una carta a Mehring, se trata de una consciencia falsa.” 10

Con esto no está diciendo que las ideas reales de la gente no importan: “De todos modos, el método dialéctico no nos permite, tampoco en este caso, contentarnos con esa simple comprobación de la «falsedad» de dicha consciencia… Más bien exige que se investigue concretamente esa «falsa consciencia» como momento de la totalidad histórica a la que pertenece…”11

Bueno, ¿dónde está la verdadera consciencia? Lukács lo describe así: “Al referir la consciencia al todo de la sociedad se descubren las ideas, los sentimientos, etc., que tendrían los hombres en una determinada situación vital si fueran capaces de captar completamente esa situación y los intereses resultantes de ella… la consciencia de clase es la reacción racionalmente adecuada que se atribuye… a una determinada situación típica en el proceso de la producción. Esa consciencia no es, pues, ni la suma ni la media de lo que los individuales singulares que componen la clase piensan, sienten, etc. Y, sin embargo, la actuación históricamente significativa de la clase como totalidad está determinada en última instancia por esa consciencia, y no por el pensamiento, etc., del individuo, y sólo puede reconocerse por esa consciencia.”12

Esto es más que un poco abstracto. Miremos un ejemplo concreto. Sabemos que las peticiones de ‘solidaridad’ y sacrificios, hechas por los industriales y los gobiernos, van en contra de los intereses de los trabajadores, y que nos oponemos a ellas desde la perspectiva de esta clase. Pero sabemos también que la mayoría de los trabajadores las aceptan al momento, por ejemplo, de votar. No obstante, no acaba aquí, porque en la práctica, se da huelga tras huelga de trabajadores que precisamente no aceptan este sacrificio. No es la consciencia superficial la que determina las luchas importantes, sino los intereses reales, a los que Lukács se refiere en la consciencia atribuida. Aun así, quedan preguntas: ¿Quién expresa esta consciencia atribuida? ¿De dónde proceden? ¿Existen educadores que nunca han sido educados?

Es aquí donde la contribución de Gramsci aclara mucho.

El buen sentido de Gramsci

Gramsci hizo unas contribuciones muy importantes sobre la cuestión de las ideas y la ideología, y vale la pena mirar algo de la base de su visión.

Un concepto clave de Gramsci es el de sentido común, eso es, el conjunto de ideas que existen en una sociedad determinada, en un momento dado. En vez de la idea de una ideología burguesa monolítica que domine a todos —salvo quizá las excepciones inmunes mencionadas antes— Gramsci describe algo mucho más complejo:

“Cuando la concepción del mundo no es crítica y coherente, sino ocasional y disgregada, se pertenece simultáneamente a una multiplicidad de hombres-masa, la personalidad es un algo abigarradamente compuesto: hay en ella elementos del hombre de las cavernas y principios de la ciencia más moderna y avanzada, prejuicios de todas las fases históricas pasadas, groseramente localistas, e intuiciones de una filosofía futura que será propia del género humano unificado mundialmente.”13

Esta concepción es mucho más real que la de una ideología monolítica; reconoce que el capitalismo ni dejó las concepciones anteriores tal como estaban, ni las borró, sino que las transformó, las mezcló con las nuevas ideas burguesas en una visión del mundo que es contradictoria en vez de sólida y coherente. Las “intuiciones de una filosofía futura” —se refiere aquí al marxismo— surgen espontáneamente de las experiencias de los trabajadores:

“Puede decirse que [un trabajador] tiene dos consciencias teóricas (o una consciencia contradictoria): una implícita en su hacer, y que realmente lo une a todos sus colaboradores en la transformación práctica de la realidad, y otra superficialmente explícita o verbal, que ha heredado del pasado y ha recogido sin crítica.”14

Aquí está la solución al dilema; que el análisis marxista ni es la consciencia dada de los trabajadores, ni es completamente ajena a ésta, sino que se encuentra en una relación dialéctica con las ideas de la masa de los trabajadores.

En otras palabras, el marxismo no se impone sobre las cabezas vacías de los trabajadores, sino que todos piensan acerca el mundo, con, normalmente, una mezcla de ideas, con un fuerte componente de “sentido común”. El papel del marxismo es el de buscar los elementos de concepciones más “avanzadas” ya existentes entre la gente y sistematizarlos. El producto de esta destilación Gramsci lo llama “buen sentido”.

Esto funciona a muchos niveles. En una huelga, por ejemplo, los militantes de una organización marxista no se presentan con sus libros para dar ‘la línea’ a los huelguistas. Tampoco deberían llegar sólo para decir: “Sí, bien, perfecto, estamos de acuerdo con ustedes.” Lo que hacen es escuchar lo que dicen los huelguistas, escuchan los debates entre ellos, evalúan las ideas diferentes que surgen —siempre hay diferencias de opinión entre la gente en lucha, por eso no vale decir: “Es su lucha, estoy de acuerdo con lo que dicen ellos”—, aportan las experiencias que conocen de otras luchas, y así, poco a poco, van elaborando ‘la línea’ del grupo revolucionario.

El mismo proceso dio lugar al marxismo mismo. El marxismo no es producto de unos genios, sino que es la experiencia de las luchas de la masa de los trabajadores la que crea la base de todo avance en entender cómo funciona el mundo y cómo cambiarlo. Fueron los trabajadores franceses e ingleses los que inspiraron el análisis de Marx y Engels de la explotación capitalista. Fueron los trabajadores rusos los que formaron los soviets antes de que incluso Lenin se diera cuenta de su importancia. Fueron las huelgas de masas de principios del siglo las que condujeron a Rosa Luxemburgo a estudiar el tema, no Luxemburgo quien produjo las huelgas.

Así se puede decir que en el campo social, sí es la clase trabajadora la que plantea la alternativa a la ideología burguesa, y la que plantea la posibilidad de ver más allá —incluso de ir más allá— de la sociedad enajenada, distorsionada, en la que vivimos.

Pero, como en el ejemplo más sencillo de una huelga, no basta con la experiencia y las ideas espontáneas. Hay que digerirlas, sistematizarlas y generalizarlas. De cada lucha importante, hay que ver qué es positivo, qué es negativo; qué es de importancia general, y qué es sólo de interés transitorio. Unos trabajadores ingleses llegaron a la conclusión que estaban explotados; otros, a veces incluso algunos de los mismos, llegaron a la conclusión que los irlandeses y otros inmigrantes eran inferiores y/o sus enemigos.

Es por eso que ser marxista pocas veces implica una relación fácil, plácida, con el resto de la clase trabajadora. La mayoría de éstos aceptan al menos algunas ideas racistas, machistas etc. El marxismo implica tener una actitud hostil hacia el resto del sentido común, que, como se ha mencionado antes, refleja concepciones del mundo desde el punto de vista burgués, feudal, etc.

Por eso, Gramsci escribe: “Una filosofía de la práctica tiene inevitablemente que presentarse al principio con actitud polémica y crítica, como superación del anterior modo de pensar y del concreto pensamiento existente… Por tanto, y ante todo, como crítica del «sentido común» (tras haberse basado en sentido común para demostrar que «todos» son filósofos y que no se trata de introducir ex novo una ciencia en la vida individual de «todos», sino de innovar y hacer más «crítica» una actividad ya existente)…”15

Pero el marxismo no actúa por sí solo, son las personas las que tienen que hacer las cosas, y en este caso no personas aisladas, sino personas unidas en un partido revolucionario. La concepción de Gramsci del partido marxista es tanto de un organizador como de un intelectual. Habla de los “intelectuales orgánicos” de la clase trabajadora. Con esto se refiere a los trabajadores, militantes de una organización revolucionaria, que sepan distinguir el buen sentido entre la mezcla de ideas que tienen sus compañeros, los que sepan desarrollar de ahí una visión total de cómo funciona el mundo, y de cómo cambiarlo.

La ciencia del marxismo tiene como sus científicos los revolucionarios conscientes, militantes en un partido, intentando a la vez entender y cambiar el mundo. Su material de estudio no viene del laboratorio ni de experimentos controlados, sino de las luchas reales, y otras experiencias, del presente y del pasado. Es por eso que ser marxista implica, entre otras cosa, el estudiar y aprender de la historia; un marxista sin conocimientos de la historia sería como un físico que no supiera nada de Newton, Einstein etc. No es por nada que el marxismo también se ha denominado ‘materialismo histórico’.

Y para volver, por fin, a la cuestión del principio, la cuestión de si el marxismo es ‘verdadero’ tiene que demostrarse en la práctica. Pero la práctica no es sólo el futuro, es también el pasado, y si, ahora, tenemos pocas posibilidades de demostrar el valor de nuestras ideas en la lucha real, sí podemos mirar la experiencia del reformismo, del anarquismo, y del marxismo revolucionario, (sin olvidar la del capitalismo mismo), en la historia, para intentar convencer a los interesados que podemos ofrecer soluciones a los problemas de hoy y de mañana. Nuestras pruebas son las revoluciones de 1917 en Rusia, la revolución española de 1936, la revolución húngara de 1956 etc.

Para concluir

Primero se ha repetido varias veces aquí que con las ideas no basta con decir “es mentira”, sino que hay que buscar las raíces de una explicación equivocada del mundo. La ideología burguesa no es ni mentira ni una verdad igual a la nuestra. Es producto de una serie de experiencias de una burguesía que empezó por cambiar el mundo —y por lo tanto tenía que entenderlo, al menos parcialmente— pero acabó por establecer su propio sistema opresivo, lo que le impide explicar claramente lo que está pasando.

La alternativa, “una verdad que va más al fondo”, viene de la clase trabajadora. Pero la conciencia alternativa ni es lo que piensan en un momento la mayoría de los trabajadores, ni es producto de una élite, sino que es resultado de una relación dialéctica entre los que en el momento dado se encuentran buscando alternativas radicales al capitalismo, y la masa de la clase trabajadora que expresa una oposición parcial al capitalismo. A veces —cuando hay mucha lucha— es una relación bastante cómoda, casi se va con la corriente. En otros momentos, las ideas revolucionarias se encuentran aisladas incluso entre los trabajadores, y hay que mantener una firmeza, no dejándose llevar por influencias que al fin y al cabo representan los intereses de la burguesía; en estos períodos vamos claramente contra la corriente, contra el racismo, el machismo y el nacionalismo, etc. Incluso aquí, los marxistas no representan una fuerza aparte, por encima de los trabajadores, sino que son lo que ha aprendido la clase trabajadora en el pasado y lo que volverá a defender.

Hay una verdad, pero no se puede proclamar, hay que luchar por ella.

David Karvala, primavera 1997


Notas

1El País, 12.2.97, resumiendo las discusiones del II Congreso de la Sociedad de Lógica, Metodología y Filosofía en la Ciencia.

2Rita Vera, ‘¿Por qué son malas las mujeres para las matemáticas?’, citada en El País.

3En consciencia, hay que admitir que ésta no es una respuesta adecuada al relativismo, o subjetivismo. Gramsci comenta: “Fundarse en [la] experiencia del sentido común para destruir con la «comicidad» la concepción subjetivista tiene un significado más bien «reaccionario», de retorno implícito al sentimiento religioso; de hecho los escritores católicos recurren al mismo medio para obtener el mismo efecto de ridículo corrosivo… Pero si el «sentido común» se ríe, el filósofo de la praxis [eso es, el marxista, en la terminología de Gramsci] debe buscar una explicación no sólo del verdadero significado de la concepción sino también de por qué ha nacido y se ha difundido entre los intelectuales e incluso de por qué hace reír al sentido común.” Gramsci, La política y el estado moderno pp31-32.

4J Molyneux ¿Cuál es la tradición marxista? p11.

5Lukács, ‘Consciencia de clase’ en Historia y consciencia de clase Tom 1, Ed Sarpe 1984, pp134-135.

6Marx, Capital Libro I, Tomo 1 Akal 74 1976. Cap 1, sec. 4.

7Marx, Manuscritos: economía y filosofía, Alianza 1968, p105.

8Marx, Capital p112.

9Marx, 3ª Tesis sobre Feuerbach, en Marx y Engels Obras escogidas, Moscú, p24-25.

10Lukács, ob cit, p129.

11Idem pp129-130

12Idem, p131.

13Gramsci Antología, p365.

14Idem p373.

15Idem p371.