dijous, 9 d’agost de 2012

La larga sombra del estalinismo

Introducción
El marxismo y el estalinismo histórico
   El marxismo: la liberación desde abajo
   El estalinismo y el ultraizquierdismo internacional
   El estalinismo y el frente popular
   La guerra fría: ¿lucha de clases o bloques imperialistas?
Trotskismo y estalinismo
El estalinismo en la izquierda de hoy
   El antifascismo radical
   Ecos del frente popular
   Política internacional
Los y las activistas estalinistas hoy: ni santos ni demonios
Bibliografía
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Introducción

En teoría, el estalinismo tenía que haber muerto hace muchos años. Stalin murió en 1953. El Estado que él controló durante décadas, la URSS, dejó de existir en 1991. La red mundial de partidos comunistas, fieles a los dictados de Moscú, se marchitó hace décadas y ha quedado reducida a un mero fantasma de su antigua fuerza monolítica.

Pero si bien es cierto que el estalinismo ya no domina a la izquierda, quedan rastros de él. Aun estando muerto, cadenas enteras de su ADN siguen encontrándose en la herencia genética de muchos sectores —incluso los menos esperados— de la izquierda actual.

Es un hecho que en muchos debates actuales de la izquierda, se oyen argumentos e ideas que fueron fomentados durante la larga y grisácea época del estalinismo. En la lucha contra el fascismo; en lo que se refiere a las alianzas y candidaturas electorales de la izquierda; en los análisis de la política internacional, y especialmente ahora en referencia a Siria… son numerosas las posiciones heredadas —en general inconscientemente— del estalinismo.
(Ya comenté la influencia del estalinismo en los debates entorno a la liberación de las mujeres en Karvala, 2012, y respecto al islam y el islamismo en Karvala, 2011a.)

Por motivos que quedarán claros más abajo, esta influencia me parece negativa, o cuanto menos problemática. Así que el objetivo de este texto es, primero, explicar qué fue el estalinismo y demostrar lo desastroso de las posiciones —a menudo contradictorias entre sí— impuestas desde Moscú. En segundo lugar, trazaré la conexión entre esa herencia y las actitudes de algunos sectores de la izquierda hoy en día, acerca de los temas mencionados anteriormente. Finalmente, argumentaré que estas diferencias pueden y deben ser un motivo de debate, pero no tienen porqué ser un obstáculo para impulsar las luchas unitarias que hacen falta.

El marxismo y el estalinismo histórico

Muchas críticas hacia el estalinismo se basan en la suposición de que sus fallos fueron el producto directo del marxismo como tal. Así que antes de entrar en la crítica del estalinismo histórico, se debe repasar lo que es el marxismo revolucionario.

El marxismo: la liberación desde abajo

Los fundadores del marxismo, Marx y Engels, lucharon durante todas sus vidas adultas contra la desigualdad y los regímenes autoritarios, por la justicia social y la democracia. (Nimtz, 2000 lo explica muy bien).

Escribieron en 1848, en el Manifiesto Comunista: “los comunistas apoyan en todas partes… cuantos movimientos revolucionarios se planteen contra el régimen social y político imperante”. Participaron en las revoluciones democráticas de 1848. Más tarde, impulsaron la Primera Internacional, en cuyos estatutos (redactados inicialmente por Marx en 1864) se declaraba que “la emancipación de la clase obrera debe ser obra de los obreros mismos”. Esta Internacional incluía tanto a marxistas como a anarquistas, pero acabó rompiéndose. El dirigente anarquista ruso, Bakunin, tildó a Marx y Engels de “autoritarios”; una acusación que muchos se han acabado creyendo. Los criticó, entre otras cosas, por defender la idea de una dirección elegida; Bakunin dijo oponerse a cualquier dirección. En realidad, quería una dirección secreta, no elegida, todopoderosa y liderada por él. Propuso: “una organización secreta […] fuerte por su disciplina, por la devoción y abnegación apasionada de sus miembros, y por la obediencia pasiva a todas las disposiciones de un Comité Único que conoce todo y no es conocido por nadie” (Bakunin, 1978. pp. 370-374). Bakunin inició lo que se convirtió en una moda; personas cuyo compromiso democrático deja mucho que desear, tildan al marxismo de dictatorial.

Lenin, aún más que Marx y Engels, tiene reputación de antidemocrático. Es cierto que bajo las duras condiciones de la clandestinidad, no abogó por celebrar asambleas abiertas en las plazas de San Petersburgo (ni tampoco hay constancia de que Lenin llegase nunca a agitar las manos en el aire a lo 15M). Pero siempre que era posible, Lenin defendía la máxima democracia. Tras años de actividad clandestina, con el auge revolucionario de 1905, Lenin abogó por abrir el partido bolchevique al máximo, y animó a las y los trabajadores jóvenes a tomar iniciativas, frente a los “burócratas de comité” (Cliff, 2011 pp. 202-3). En 1917, Lenin escribió Estado y revolución, obra en la que aboga por la gradual desaparición del Estado bajo la máxima democracia desde abajo. Durante ese año revolucionario, Lenin y los bolcheviques respetaron la democracia soviética; se encontraban en minoría en los soviets, que estaban controlados por los reformistas. En junio de 1917, Lenin se opuso a las propuestas de activistas izquierdistas, que incluían a parte de la militancia bolchevique, de intentar tomar el poder como una minoría en San Petersburgo.

En septiembre y octubre de 1917, los reformistas se resistían a convocar el segundo congreso de los soviets, porque sabían que quedarían en minoría. Al final, no tuvieron otra opción que la de permitir su celebración. Nada más reunirse el Congreso y demostrarse la mayoría bolchevique —y ante la noticia de la sublevación dirigida por el soviet de San Petersburgo, que había derribado al gobierno de la guerra, la explotación y la represión— los reformistas abandonaron los soviets. Los mismos reformistas que no habían mostrado reparos a la hora de respetar los parlamentos burgueses más de derechas, boicotearon la democracia de los soviets porque la muchedumbre obrera se había atrevido a apoyar la revolución socialista. ¡Y ellos tacharon a Lenin de antidemocrático! Se podrían dar más ejemplos, como el hecho de que con Lenin y Trotski, Rusia reconoció el derecho de autodeterminación de las naciones oprimidas; los reformistas que gobernaban antes de octubre habían negado reiteradamente este derecho (y más tarde el estalinismo lo volvería a eliminar). (Acerca de 1917, ver Karvala, 2007).

Éste es el historial real del marxismo revolucionario. Por supuesto, cometió sus errores y tiene sus puntos negativos, pero no tiene nada que ver con lo que se presentó como marxismo durante gran parte del siglo XX. Aquello era estalinismo, algo muy diferente.

El estalinismo en la URSS

La revolución de octubre en Rusia, una revolución socialista en un país atrasado, sólo tenía sentido en el contexto de una revolución internacional, que abarcase, como mínimo para empezar, a varios países avanzados europeos. No fue así; estallaron revoluciones en Alemania y Hungría; se vivió el biennio rosso en Italia, con las ocupaciones de fábricas; olas de huelgas de masas en muchos países… Pero no hubo una revolución socialista victoriosa en ningún otro lugar.

El resultado fue que Rusia quedó aislada, y atacada desde todos los frentes. Bajo estas condiciones, la democracia desde abajo que había sido el eje central de la revolución se fue minando. En una economía hundida, con las fábricas cerradas y cuyas plantillas habían huido al campo para buscar algo que comer, ya no se podía hablar de una democracia obrera de verdad. Creció, cada vez más, la burocracia: un estrato de funcionarios del Estado, del ejército y de las capas intermedias del partido, que tomaron las decisiones a espaldas a la clase trabajadora.

Stalin se erigió como el máximo representante de esta burocracia para la que el objetivo original, la revolución internacional, se convirtió en una molestia.

Lenin y Trotski lucharon contra estas tendencias. Ya en 1920, Lenin declaró que “Lo que tenemos en realidad es… un Estado obrero, con deformaciones burocráticas.” Un par de años más tarde la situación había empeorado. A finales de 1922, Lenin criticó el “verdadero nacionalismo ruso” y el menosprecio hacia las minorías nacionales, mostrados por Stalin. Propuso “a los camaradas que piensen la forma de pasar a Stalin a otro puesto” y que nombrasen a alguien “más tolerante, más leal, más correcto y más atento con los camaradas, menos caprichoso, etc.” como Secretario General. (Citas en Karvala, 2007, pp. 95-6). Fue la última intervención política de Lenin; su salud empeoró aún más y finalmente murió en enero de 1924.

Tras su muerte, la burocratización de Rusia se aceleró. Durante varios años, supuso un conservadurismo, tanto en el ámbito interno —por ejemplo, favoreciendo a los campesinos más adinerados— como el externo. Stalin ordenó al partido comunista chino someterse a la burguesía nacionalista de su país… que luego masacró a miles de comunistas. En la huelga general en Gran Bretaña de 1926, en solidaridad con los mineros, el estalinismo dictó al partido comunista británico que abandonase cualquier posición independiente y que actuase de comparsa de la burocracia sindical; a los pocos días ésta traicionó a los mineros, dejándolos solos ante la represión y los despidos en masa.

Pero con esta política conservadora, la URSS no dejó de ser un país pobre y marginal; en 1927 Rusia padeció además una creciente crisis económica y política. Así que la burocracia, bajo Stalin, dio un giro de 180 grados. Remplazó el gradualismo por un intento desesperado de construir una industria pesada capaz de competir con occidente. Invirtiendo lo que había sido su política hasta entonces, la burocracia impuso un férreo control sobre la economía. Convirtieron todas las tierras en propiedad estatal, expropiando a todos los campesinos, no sólo a los más ricos. Provocaron una terrible hambruna, con 3 millones de muertos en Ucrania. En las fábricas, lo que quedaba de lo que la clase trabajadora había logrado en 1917 se perdió; se impuso una dirección dictatorial y la explotación aumentó de manera brutal. (Sobre todo esto, ver Reiman, 1982, y especialmente Cliff, 2000).

La economía de la URSS sí creció, sobre todo la gran industria. El precio fue la caída brutal de las condiciones de vida del conjunto de la gente trabajadora y el campesinado; millones de personas fueron ejecutadas o malvivieron como mano de obra esclava en los campos de trabajo. Este precio fue ignorado por los dirigentes comunistas del mundo, que celebraron las cifras de producción y se quedaron impresionados con sus visitas guiadas y controladas a la patria socialista. En términos casi religiosos, veían a la URSS como a su salvación ante un mundo inmerso en la depresión que siguió al crac de 1929, y ante la creciente amenaza fascista.

Pero la URSS no era una alternativa al capitalismo; fue más bien el capitalismo llevado a un nuevo nivel, más allá de una gran fábrica, o una gran empresa. Ahora el país entero —de hecho, varios países, dado que todas las ‘repúblicas soviéticas’ habían sido absorbidas en la URSS— se había convertido en una enorme empresa, sin sindicatos independientes, y con un solo partido, el de la clase dirigente. Ésta fue una nueva forma de burguesía, una burocracia al mando del capitalismo de Estado.

Esta forma de organizar la producción no benefició a los explotados: ni a la plantilla normal de las fábricas, ni mucho menos a los millones de personas en los campos de trabajo. Pero sí permitió a la burocracia estalinista aumentar la producción de la industria pesada, y de armas. Así, pudo competir, con mucho éxito y durante mucho tiempo, en el escenario mundial. Sólo empezó a hundirse cuando la ola de globalización, que empezó a extenderse a partir de 1970-80, dejó atrás a la producción meramente a escala nacional que caracterizó el estalinismo.

El estalinismo y el ultraizquierdismo internacional

De haberse limitado a mandar en la URSS, el estalinismo habría sido nocivo para la clase trabajadora y el campesinado de ese país, pero no habría perjudicado tanto a la izquierda mundial. Por supuesto, no fue así, porque durante décadas la nueva clase dirigente rusa se aprovechó de su influencia política entre los partidos comunistas del mundo para complementar su poder económico y militar.

Esta influencia pasó por diferentes épocas; una de radicalismo extremo, seguida de otra muy conservadora.

Cuando a finales de la década de 1920, la burocracia de Stalin se convirtió en clase dirigente, encubrió este último paso de la contrarrevolución con una retórica sectaria ‘de izquierdas’. Dentro de la URSS, consistió en tildar de ‘derechista’, ‘agente del imperialismo’, etc. a cualquiera que criticara su dictadura. En el ámbito internacional, este ‘izquierdismo’ fue, si cabe, aún más peligroso. La gravísima crisis del capitalismo abrió el espacio a opciones radicales, tanto de izquierdas como de la extrema derecha.

El fascismo ya estaba en el poder en Italia; en Alemania los nazis estaban creciendo. Por otro lado, en diferentes países europeos algunos sectores de la socialdemocracia estaban girando hacia la izquierda; bien los partidos en su conjunto, o bien en la forma de escisiones.

Para una izquierda revolucionaria de verdad, el crecimiento de una corriente reformista de izquierdas, con miles o millones de activistas que quieren luchar contra el sistema, es algo para celebrar. También hace falta cautela, porque como se vio pocos años después, este radicalismo puede ser bastante superficial. Sin embargo, existen muchas oportunidades de luchas unitarias, que pueden superar los límites que querrían imponer los dirigentes de estas formaciones.

Para la burocracia estalinista, sin embargo, el cálculo era muy diferente. El objetivo bolchevique del octubre de 1917, de iniciar una revolución internacional, se había abandonado. Ahora todo se calculaba en función de los intereses de la nueva clase dirigente rusa, y ésta no quería competencia en la izquierda.

Ante la situación de polarización política, respondió con la ‘teoría’ del tercer período. Según esta visión, el fascismo se estaba extendiendo por toda Europa, no sólo como amenaza, sino como poder real. En Italia tomó la forma del régimen de Mussolini. Pero en otros países, este ‘fascismo en el poder’ lo representaba el partido institucional de turno, ya fuese conservador o socialdemócrata. A éstos últimos los llamaron ‘socialfascistas’. Y los ‘socialfascistas’ más peligrosos de todos eran las corrientes de izquierdas, independientes del estalinismo.

La conclusión de esta retórica fue que los PCs tuvieron que presentarse como los enemigos del fascismo y, en Alemania, de los nazis. Pero, puesto que todos los demás partidos eran meras expresiones del fascismo, no tenía sentido aliarse con ellos. La lucha contra el fascismo la tenía que protagonizar el partido comunista solo, como una parte más de su lucha final contra el capitalismo; según esta ‘teoría’, algo muy cercano.

El trágico resultado se vio en Alemania en 1933, con la subida al poder de Hitler. Los dirigentes socialdemócratas jugaron un papel terrible también, hay que decirlo, pero la desastrosa estrategia impuesta por Stalin impidió al partido comunista alemán hacer nada para acercarse de manera no sectaria a las bases socialdemócratas, para ganárselas hacia una lucha real contra los nazis. Esta estrategia de frente único la defendió Trotski en una serie de escritos cada vez más desesperados, pero no había suficientes fuerzas políticas en Alemania que quisieran llevarlas a la práctica. (Sobre la política del tercer período y el frente único, así como la lucha contra el fascismo en general, ver Karvala (Ed.), 2010).

El estalinismo y el frente popular

La reacción inicial del estalinismo ante la victoria de los nazis fue “aquí no pasa nada, Hitler pronto fracasará y después subiremos nosotros”. Pero cuando se vio lo que supuso el nazismo en el poder —mil veces peor que la represión ‘normal’ que se habría sufrido a manos de los partidos institucionales— esta actitud se volvió insostenible. Además, en Francia, de forma independiente al partido comunista, estalló un espíritu de lucha unitaria, con manifestaciones contra la extrema derecha en las que se juntaban militantes socialistas y comunistas, así como activistas de las diferentes centrales sindicales (bajo la influencia de Moscú, el PC había dividido al movimiento sindical para crear ‘su propio sindicato’).

Pero esta sana unidad obrera fue convertida en algo muy diferente gracias a un nuevo giro de Moscú. Ante la amenaza geopolítica que representaba la Alemania nazi para los intereses de la clase dirigente de la URSS, Stalin buscó la unidad, no del movimiento obrero —al que se podría añadir, en según qué país, el campesinado— sino de ‘los países democráticos’, lo que se llamó frente popular. Es decir, buscó aliarse con las burguesías de Gran Bretaña y Francia. En este objetivo, fracasó. La mayoría de la clase dirigente británica no era fascista, aunque algunos sí apoyaban abiertamente a Hitler y, más aún, a Mussolini. Pero entre la Alemania nazi y la URSS ‘comunista’, la burguesía británica no dudó en preferir la primera; unos años más tarde, motivos geopolíticos obligarían a Gran Bretaña a luchar contra Alemania, pero la guerra no reflejó su oposición al fascismo como tal.

Donde la política del frente popular tuvo más éxito fue en la política interna de Francia y del Estado español, donde se crearon candidaturas electorales que unían desde el partido comunista hasta partidos liberales y pequeño burgueses. La burguesía en general no se dejó seducir, pero los seguidores de Stalin hicieron todo lo posible para atraerlos. ¿Qué supuso esto en la práctica?

Los burgueses eran los amos de las fábricas y las tierras. Si queremos aliarnos con ellos, mejor no intentar quitarles su propiedad. En muchas zonas en las que la sublevación franquista de julio 1936 fue derrotada, la clase trabajadora tomó las fábricas y los campesinos pobres colectivizaron las tierras. No queriendo molestar a la burguesía, los dirigentes estalinistas se opusieron a estas acciones; a veces mediante palabras y a veces mediante la represión armada.

Sabemos que Franco dependía de tropas de las colonias españolas del norte de África. Si la República hubiera reconocido los derechos nacionales de Marruecos, es muy posible que las tropas marroquíes hubieran dejado de luchar por el bando franquista. Pero la República rechazó la oferta de un destacado dirigente independentista amazigh, Abd-el-Krim —entonces encarcelado por el gobierno francés, del frente popular— de levantar a la población norteafricana contra Franco:

“Era imposible. La independencia del Marruecos español inevitablemente provocaría una rebelión independentista en el Marruecos francés. El objetivo principal del Frente Popular era conseguir un acuerdo entre los imperios francés y británico y la URSS. Así que no se les ofreció nada a las tropas marroquíes, y éstas se quedaron con Franco.” (Hallas, 1985).

Estas actitudes no se quedaron sin respuesta. En diferentes momentos tanto el partido marxista revolucionario, el POUM, como el enorme sindicato anarquista, la CNT, les plantaron cara, defendiendo estrategias revolucionarias. Propusieron ofrecer resistencia a Franco no sólo con las armas, en una guerra convencional, sino también mediante la política, con medidas sociales capaces de animar a la masa de trabajadores y campesinos, incluso en la retaguardia de los fascistas. Las demás fuerzas republicanas respondieron con hostilidad, sobre todo el partido comunista, que cuando tuvo la oportunidad recurrió a la represión más brutal para eliminar estas críticas de izquierdas. Al dirigente del POUM, Andreu Nin, lo torturaron y asesinaron.

Al final se demostró que la opción del ‘frente popular’ no era ni moderada ni muy unitaria; conllevó la supresión violenta del sector revolucionario del movimiento.

Además, todas estas maniobras y traiciones no sirvieron para nada. Gran Bretaña respaldó de mil maneras a Franco en la guerra civil. En Francia, el mismo parlamento elegido en 1936, con su mayoría del frente popular, dio el poder al fascismo en 1940.

Cuando esto ocurrió, Stalin ya había abandonado la política del frente popular. En agosto de 1939, firmó un pacto con Hitler mediante el cual la URSS podía tomar Finlandia y los países bálticos y los nazis podían ocupar Polonia. De esta manera, Stalin abrió el camino hacia Auschwitz para millones de judíos polacos.

La guerra fría: ¿lucha de clases o bloques imperialistas?

El pueblo de la URSS pagó un terrible precio en la segunda guerra mundial; unos 20 millones de muertos. Pero el resultado fue favorable tanto para EEUU como para la clase dirigente soviética. Stalin, el primer ministro británico y el presidente de EEUU acordaron la división de Europa.

Stalin se llevó Europa del este como botín. (Ver Harman, 1988). Se instauró en media docena de países europeos el sistema social y económico de la URSS. En la URSS, el partido único se había creado en los años 20 y 30, purgando del partido bolchevique a los activistas de izquierdas, y absorbiendo a burócratas, gerentes de la industria y oficiales del ejército. En los países del este se crearon partidos únicos instantáneos, entre 1945 y 1948, mediante la fusión de los partidos existentes, incluyendo a veces a los fascistas. El principal requisito exigido a estos países y a sus nuevos dirigentes fue su sometimiento a Moscú. En occidente, el proceso fue generalmente más sutil, pero aquí también se impuso un modelo único, inicialmente bajo el dominio de EEUU.

Fue el inicio de la guerra fría, que rápidamente se extendió por el mundo entero, dividiéndolo, durante un tiempo, en dos bloques. La izquierda ortodoxa aceptó este cambio. Se alejó aún más de la lucha de clases, pasando a una política en la que todo giraba entorno a los dos bloques enfrentados. Si un partido comunista se encontraba en un país reconocido como capitalista, imperialista, etc., entonces bien; sus militantes podían luchar según sus instintos, impulsar sindicatos y huelgas, protestas, etc. Pero si los dirigentes del país en cuestión eran aliados de la URSS, entonces el papel del partido comunista era el de hacer de comparsa de estos dirigentes. A los que organizaban huelgas o protestas se los tachaban de agentes del imperialismo que se merecían la brutal represión a la que solían ser sometidos. Y a menudo, estos activistas reprimidos incluían a los propios militantes del partido comunista que no habían sabido responder con suficiente rapidez a los cambios geopolíticos. En el Egipto de Nasser, muchos comunistas estaban en la cárcel al mismo tiempo que Nasser era aliado de la URSS. En Irak, el partido comunista alternó entre dar apoyo acrítico al régimen baazista… o estar en sus mazmorras.

Cuando en 1963 la China de Mao rompió con la URSS las cosas se complicaron aún más. Siguiendo el modelo de Stalin en 1928, China acompañó su reorientación de una retórica superrevolucionaria. Ésta le sirvió para arrastrar pedazos, más o menos grandes, de los partidos comunistas del mundo; así se establecieron los “Partidos Comunistas del País X, Marxista-Leninista”. Igual que los PC de siempre, los partidos maoístas, los PCML, se orientaron en base a los intereses geoestratégicos de sus amos; sólo que en este caso Pekín en vez de Moscú. Los comunistas del mundo se vieron obligados a escoger, dado que entre las dos capitales ‘comunistas’ el enfrentamiento iba en aumento. Hubo tensión directa cuando la URSS y China desplazaron tropas a la frontera común. Pero más típicos fueron los conflictos indirectos, en los que Moscú respaldaba a un bando y Pekín al otro. No había una lógica coherente de izquierdas, sólo los intereses de las clases dirigentes enfrentadas. La URSS respaldó a un movimiento de liberación nacional en el sur de África y China respondió respaldando a un grupo pro occidental. La URSS ocupó Afganistán —iniciando así el calvario del pueblo afgano que sigue hasta hoy— y China respaldó a la resistencia.

El problema era que el objetivo principal y original del marxismo, la completa liberación humana a través de la lucha desde abajo, se había abandonado. En lugar de esto, se celebraban las cifras de producción de carbón, acero o caña, y se jaleaban los intereses de un grupo de burócratas, simplemente porque éstos hicieron colocar banderas rojas en sus limusinas.

Trotskismo y estalinismo

Antes de pasar a hablar de los rastros que el estalinismo ha dejado en la izquierda y los movimientos actuales, deberíamos hacer una digresión para explicar la principal corriente de la izquierda marxista opuesta al estalinismo; el trotskismo.

Trotski fue desarrollando sucesivos análisis de la URSS, en función de los acontecimientos. Durante los años 20 y principios de los años 30, Trotski mantuvo que la URSS era un Estado obrero con distorsiones burocráticas. Pensaba que a pesar de sus evidentes fallos, la URSS podía reformarse si la clase trabajadora rusa volvía a activarse, restableciendo la plena democracia de los soviets. Concibió esta posibilidad en el contexto de un futuro resurgimiento del movimiento revolucionario mundial.

Sin embargo, cuando el estalinismo permitió la subida al poder de Hitler en 1933, Trotski concluyó que él se había equivocado. Declaró que la contrarrevolución ya había triunfado en la URSS, y no en 1933, sino a mediados de los años 20. Para restaurar un Estado obrero real en la URSS, haría falta una nueva revolución. Pero, y es un gran pero, insistió en que ésta sería sólo una revolución política, para restablecer la democracia soviética. No hacía falta una revolución social, porque la economía seguía siendo la de un Estado obrero.

Trotski mantuvo que la propiedad totalmente nacionalizada y la planificación estatal existentes en la URSS, tan sólo eran posibles gracias a la ruptura con el capitalismo conseguida mediante la revolución de 1917. Argumentó, por tanto, que la estructura social de la URSS era cualitativamente superior a la del capitalismo; la definió de “Estado obrero degenerado”.

Mantuvo que, de la misma manera que un marxista siempre debe respaldar a un sindicato —por burocratizado y pactista que éste sea— frente a la patronal, el marxismo revolucionario, lo que más tarde se conocería como el trotskismo, debía respaldar a la URSS —un “Estado obrero”, aunque fuese degenerado— contra los países capitalistas occidentales.

A la vez, Trotski insistió en que el estalinismo era contrarrevolucionario; este calificativo se lo había ganado a pulso.

Su argumento tenía fallos, pero al menos era internamente coherente. Para acabar con el capitalismo, hacía falta una revolución socialista internacional. El estalinismo era incapaz de liderar esta revolución, por eso Trotski y sus seguidores rompieron con los partidos comunistas estalinistas y crearon organizaciones independientes.

En 1938, éstas se autoproclamaron como la Cuarta Internacional (CI), en base al “Programa de Transición” redactado por Trotski ese mismo año. En este programa —que después se convirtió en el talismán del ‘trotskismo ortodoxo’— afirmó que el capitalismo era incapaz de superar sus contradicciones y que, tras la guerra mundial que se acercaba, habría un auge revolucionario parecido al que ocurrió tras la Primera Guerra Mundial. La URSS ya no podría mantener su situación, altamente inestable, de ser un “Estado obrero” bajo el control de una burocracia contrarrevolucionaria, y el estalinismo se hundiría. Con esto, millones de trabajadores se unirían bajo la bandera de la CI.

No ocurrió así. Tras la guerra, el capitalismo entró en un boom. Y lejos de desaparecer, el estalinismo se extendió por la mitad de Europa. Tristemente, Trotski ya estaba muerto, asesinado en 1940 por un agente de Stalin. Sin él, la mayoría de sus seguidores se mostraron incapaces de recapacitar ante la nueva situación. Intentaron escudarse tras el programa de 1938 y la fidelidad a las declaraciones de Trotski, pero inmediatamente entraron en graves contradicciones y confusiones.

En Europa del este se implantó la misma estructura social y económica que en la URSS. Si se argumentaba, como había hecho Trotski, que sólo se podía acabar con el capitalismo mediante una revolución —y no hubo revolución en Alemania del Este, Polonia, etc.— estos países seguían siendo capitalistas. En este caso, la nacionalización de la propiedad no implicaba necesariamente la ruptura con el capitalismo; así se desmontaba el criterio que utilizó Trotski para definir a la URSS como a un Estado obrero.

En cambio, si la nacionalización de toda la propiedad implicaba que el capitalismo se había derribado en estos países, esto significaba que el estalinismo no era para nada contrarrevolucionario. Libre de las obsesiones de Lenin por la democracia y la autoemancipación de la clase trabajadora, el estalinismo había establecido un Estado obrero no sólo en un país, sino en media docena de ellos.

Hubo un fuerte debate dentro de la CI a finales de los años 40 y principios de los 50 del siglo pasado. Al final, la gran mayoría concluyó que los nuevos países estalinistas de Europa del este eran “Estados obreros deformados”. También, y contradiciendo este primer punto, seguían insistiendo en el carácter contrarrevolucionario del estalinismo y en la necesidad de organizaciones trotskistas, armadas con el programa transicional de 1938.

Todo esto puede parecer muy rebuscado e irrelevante, pero tiene su importancia. Hoy en día, el trotskismo sigue siendo muy minoritario, pero tiene cierto peso dentro de lo que es la izquierda anticapitalista. Y con pocas excepciones, este trotskismo conlleva una fuerte contradicción interna, heredada de este viejo debate acerca de los países del este.

Porque se puede insistir mucho en la lucha desde abajo y la democracia de base, etc. Pero si se acepta que con una invasión militar rusa y la implantación de un gobierno dictatorial bajo un partido único estalinista se puede superar el capitalismo, entonces la autoemancipación se convierte en un lujo prescindible. Si hay dos caminos hacia un destino —uno muy duro, el de la revolución desde abajo; el otro más fácil, el de la maniobra desde arriba— a la larga, prevalecerá la maniobra desde arriba. Idealmente querríamos una revolución, pero también sirve si un grupo minoritario guerrillero toma el poder y se erige como un “gobierno revolucionario”. También sirve un golpe militar impulsado por oficiales ‘progresistas’. También sirve lograr suficientes escaños en el parlamento…

No sólo se trata de las grandes cuestiones de acabar con el capitalismo, sino también de las luchas sociales más limitadas. Digamos que tenemos un problema en el trabajo. Podríamos ir construyendo una base, gradualmente ganando apoyos entre la plantilla, y convenciendo a cada vez más trabajadoras y trabajadores de la necesidad de luchar. Pues sí, pero sería más rápido convertirse en el Presidente o el Secretario de la sección sindical, y arreglar las cosas desde aquí. Si funciona casi igual de bien, ¿por qué no? Y así en adelante, esta visión política comporta la tendencia a sustituir el trabajo duro desde abajo por la maniobra desde arriba. Esta dinámica puede llegar a extremos insospechados. La nueva revista satírica Mongolia (muy recomendable, por cierto) hace referencia en su número 4 a dos ‘trotskistas’ que tienen ‘militancias’ muy sorprendentes. Uno de ellos fue miembro del gabinete del Ministro de Exteriores del PSOE, Moratinos. El otro es un magnate de la comunicación que hace poco cerró el Público y despidió a gran parte de su plantilla. Según se sobreentiende, ambos siguen considerándose trotskistas… procedentes de la corriente que hace más de medio siglo aceptó la idea de que la lucha desde abajo es opcional para combatir el capitalismo.

Ya en 1948, hubo una alternativa radicalmente diferente, desde dentro del trotskismo. Tony Cliff, un trotskista palestino que acababa de llegar a Europa, escribió Capitalismo de Estado en la URSS. (Ed. castellana: Cliff, 2000). Continuando el análisis de Trotski —en vez de congelándolo— concluyó que la extensión del estalinismo a los países del este había demostrado que la propiedad nacionalizada no podía ser el criterio para la existencia de un Estado obrero; este criterio no podía ser otra cosa que el poder en manos de la clase trabajadora. Tanto los países del este como la URSS eran capitalistas. La dinámica capitalista había producido empresas cada vez mayores. De forma inesperada, la dinámica había dado un nuevo salto, llegando a la situación en la que un Estado entero actuaba como empresa, dentro de la competencia capitalista mundial. De hecho, el bolchevique Bujarin (ejecutado por Stalin como ‘fascista’ en 1938) había previsto esta posibilidad muchos años antes (ver Bujarin, 1969, p. 148.)

Cliff y sus pocos seguidores fueron expulsados de la CI pocos años más tarde. Su ‘crimen’ fue negar que Corea del Norte mereciese ser respaldado como un Estado obrero en la guerra de Corea de 1950-53. Ante la guerra fría, el grupo liderado por Cliff insistió en que “ni Washington ni Moscú sino socialismo internacional”; con el tiempo llegaría a conocerse como la corriente socialismo internacional.

El resto del trotskismo argumentaba, por lo general, que el bloque del este, así como los regímenes surgidos de las luchas anticoloniales en Egipto, Cuba, Argelia, Vietnam… eran superiores al capitalismo. Esto les provocó graves dolores de cabeza cada vez que la gente trabajadora de estos Estados se sublevó contra sus dirigentes; por un lado se tenía que defender a la clase trabajadora frente a la burocracia contrarrevolucionaria; por el otro se tenía que apoyar a un ‘Estado obrero’ o gobierno progresista frente a las influencias e intrigas occidentales. Hubo aún más confusión cuando estos ‘Estados obreros’ se enfrentaron en conflictos militares. Tales debates provocaron la división del movimiento trotskista en cada vez más ‘cuartas internacionales’.

Hubo un debate muy revelador cuando Vietnam invadió Camboya a finales de 1978, acabando de paso con el régimen genocida de Pol Pot en este país. Un sector del trotskismo ortodoxo respaldó la invasión, argumentando que Vietnam era un Estado obrero deformado y que “el régimen de Pol Pot era ‘un gobierno capitalista contra-revolucionario que amenazaba a la revolución vietnamita’” (unos trotskistas ortodoxos estadounidenses, citados en Mandel, 1979, p. 1). Otro sector, liderado por Ernest Mandel, destacado defensor a ultranza de la ortodoxia trotskista, rechazó la invasión, insistiendo en que tanto Vietnam como Camboya eran Estado obreros. Mandel reconoció los terribles crímenes de Pol Pot, pero mantuvo que esto no cambiaba nada: recordó que “Stalin y sus agentes mataron a 12 millones de personas”. (Mandel, 1979, p. 3). Mandel insistió en que el único criterio para definir un Estado obrero era la existencia de propiedad nacionalizada, etc.; no hacía falta la participación de la clase trabajadora: “Si para tener un estado obrero se necesita que la burguesía sea expropiada por los trabajadores, ¿cómo puede entonces haber un estado obrero en Rumania, Bulgaria, Hungría, Polonia y Corea del Norte donde de ninguna manera estas expropiaciones podrían interpretarse como realizadas por los mismos trabajadores…?”. Señaló claramente el ‘peligro’: si se negaba que el régimen genocida de Pol Pot fuese un Estado obrero (deformado), se daba la razón a la teoría de capitalismo de Estado de Tony Cliff y los demás. El precio pagado por esta ‘ortodoxia’, y por su espanto ante la teoría del capitalismo de Estado, fue el abandono del principio que había defendido el marxismo revolucionario desde sus inicios, la autoemancipación de la clase trabajadora.

Este debate estalló dentro de una de las corrientes ‘ortodoxas’; entre diferentes corrientes hubo contradicciones aún más fuertes. Mientras la mayoría de los grupos trotskistas se opusieron a la invasión rusa de Afganistán de 1979, una corriente (muy sectaria y poco representativa, por cierto) siguió la lógica de apoyo a los ‘Estados obreros’ ante el capitalismo occidental y jaleó la invasión como “la incorporación de Afganistán al bloque soviético a través de la revolución social desde el exterior como en Europa del Este”, tildando de “contrarrevolucionarios” a los grupos trotskistas que defendían la resistencia del pueblo afgano (Spartacist, 1980).

Hoy en día esta contradicción sigue vigente. Por ejemplo, ante los gobiernos populistas en América Latina, algunos grupos trotskistas responden con un entusiasmo acrítico, adulando al nuevo dirigente de turno. Otros denuncian al mismo dirigente por no coincidir con su programa transicional, a veces denunciándolo como agente del capitalismo. La CI más representativa —la que se llama “Secretariado Unificado de la IV Internacional”, a la que pertenece, por ejemplo, Izquierda Anticapitalista-Revolta Global en el Estado español— suele evitar estos extremos; aunque sólo sea porque intenta mantener un consenso de mínimos para evitar rupturas. Aún así, sufre el mismo dilema fundamental. Intenta combinar la defensa de un programa muy intransigente, centrado en la idea de revolución socialista, con la aceptación de que quizá tal revolución no sea del todo necesaria, y que puede ser sustituida por la acción —guerrillera, golpista, parlamentaria…— adecuada, desde arriba.

(Este debate ha estallado recientemente entorno a la candidatura del partido griego de la izquierda reformista, Syriza. El grupo de la CI en Grecia forma parte de la coalición anticapitalista Antarsya, que expresa claras críticas a las limitaciones de Syriza, a la vez que busca maneras de colaborar con este partido en las luchas. Dirigentes de la CI tildan a Antarsya de sectario por presentarse a las elecciones, y habla como si Syriza como tal pudiera ofrecer una solución real para Grecia con un “gobierno de izquierdas”. Últimamente difunde los textos de otro grupo griego, no miembro de la CI sino ‘simpatizante’, que está dentro de Syriza. Ver International Viewpoint, 2012).

La visión del socialismo desde abajo, sin atajos y sin ilusiones en salidas burocráticas, no supone una solución mágica ni resuelve todos los debates. Los problemas acerca de cómo responder ante luchas, situaciones y movimientos complejos siguen existiendo. Pero al menos se elimina una contradicción añadida. Si la única salida real es una revolución desde abajo —igual que lo fue para Marx, Engels, Lenin, Trotski, Luxemburg…— entonces se miden las estrategias y las tácticas únicamente en términos de cómo éstas ayudan a impulsar la lucha desde abajo y a construir el movimiento real. No hay que estar siempre mirando por encima del hombro, con preocupaciones respecto a cómo este movimiento podría perjudicar a los dirigentes de un ‘Estado obrero deformado’, mientras que los intereses electorales de un partido reformista dejan de ser un factor decisivo.

En este sentido, mientras el trotskismo ortodoxo no es estalinista, sí ha heredado ciertos toques de su política desde arriba, y sufre como consecuencia.

Para cerrar este apartado hay que señalar que, en algunos países al menos, el cambio en la influencia relativa del estalinismo y el trotskismo es chocante. En los años 30, el Partido Comunista de Gran Bretaña utilizaba la violencia física contra los pocos militantes trotskistas que había en el país. A principios de julio de 2012, fui a unas jornadas en Londres del partido anticapitalista, de inspiración trotskista, el Socialist Workers Party. A la entrada de un mitin enorme de estas jornadas, un pequeño grupo estalinista, el “Partido Comunista de Gran Bretaña (Marxista-Leninista)”, estaba repartiendo octavillas que denunciaban que: “El trotskismo es un instrumento de los capitalistas”. Nadie los atacó, pero se oyó más de una risa.

El estalinismo en la izquierda de hoy

El muro de Berlín cayó en 1989, gracias sobre todo a la heroica lucha de la gente de Alemania del Este, que se enfrentó noche tras noche a la policía antidisturbios y los servicios secretos de este país ‘comunista’. La caída del muro marcó el final de estos regímenes en toda Europa del Este. Tristemente, no fueron remplazados por el socialismo, sino que el capitalismo de Estado dio lugar al capitalismo de mercado. Un sector de la izquierda actual utiliza este hecho para justificar a las dictaduras ya caídas. En realidad, dado que casi toda la izquierda mundial insistió en que Europa del Este había vivido 40 años bajo el socialismo (o un Estado obrero), no nos debe sorprender que, al librarse de las dictaduras, poca gente quisiera escuchar ideas socialistas.

Los partidos comunistas pagaron el precio de su identificación con el estalinismo. Partidos enteros desaparecieron, y otros quedaron reducidos a grupos socialdemócratas. Casi ninguna organización estalinista fue capaz de hacer un balance honesto de lo ocurrido desde un punto de vista marxista revolucionario. (Hubo pequeñas y contadas excepciones; por ejemplo, la juventud del pro soviético partido comunista finlandés, el SKP, evolucionó para convertirse en un grupo de la corriente socialismo internacional.)

El trotskismo ortodoxo también sufrió por poner sus ilusiones en los regímenes desaparecidos. En el caso del Estado español, el golpe fue aún más fuerte porque el final del bloque soviético coincidió con la salida del poder en 1990 de los sandinistas, que habían recibido un apoyo acrítico por parte de la principal corriente trotskista ortodoxa (aunque una fuerte hostilidad por parte de otras).

Hoy en día, la herencia del estalinismo sigue presente, pero es difícil de definir. Son muy pocas las organizaciones que se declaran abiertamente estalinistas; de hecho, esto ya era cierto mucho antes de la caída del muro. La influencia estalinista no se limita a los factores obvios, como unos cuantos dirigentes comunistas que siguen demostrando actitudes burocráticas en la izquierda, en el movimiento sindical, etc. Ha dejado un legado dentro de la izquierda mundial, mucho más allá de los partidos comunistas y el burocratismo. En muchos debates dentro de la izquierda hoy en día, se oyen ideas que provienen del tipo de socialismo desde arriba que impulsó el estalinismo. Y muchas de las personas que defienden estas ideas probablemente no son ni tan siquiera conscientes de su procedencia.

Ahora repasaremos algunos ejemplos de esta herencia no reconocida.

El antifascismo radical

La forma más conocida del antifascismo en el Estado español, igual que en gran parte de la Europa continental, es el antifascismo radical, asociado con grupos reducidos de jóvenes que se enfrentan, a menudo de forma física, con los grupos de skins nazis.

Estos grupos pueden ser de inspiración anarquista, de variantes de las juventudes comunistas, y en Catalunya, de la izquierda independentista. En realidad, reproducen, a una escala mucho más reducida, la política estalinista que se aplicó con resultados tan trágicos en Alemania entre 1928 y 1933. Igual que entonces, tachan a casi todo el espectro político de fascistas, o cómplices de los fascistas. Es verdad que la actuación de los partidos institucionales puede favorecer a los fascistas, pero esto no implica que el fascismo ya esté en el gobierno. Tampoco significa que sea imposible colaborar con, por ejemplo, la izquierda reformista o los sindicatos mayoritarios, en movimientos unitarios contra el fascismo.

Se puede argumentar, con bastante razón, que existe una fuerte relación entre el fascismo y el capitalismo. Pero esto no significa que sólo las personas que compartan esta teoría son las que pueden oponerse al fascismo. También existe una conexión entre la guerra y el capitalismo, pero las movilizaciones de millones de personas contra la guerra en 2003 —que en el caso del Estado español consiguieron la retirada de las tropas de Irak al año siguiente— habrían sido impensables de haber intentado restringirlas a la izquierda anticapitalista.

Esto no significa tampoco olvidarse de los argumentos anticapitalistas; la izquierda radical puede y debe defender sus opiniones dentro del marco del movimiento amplio. Pero éstas son precisamente sus opiniones, y no una condición obligatoria para participar en la lucha.

Se podrían presentar muchos más argumentos en la misma línea. El hecho es que Trotski ya los presentó en los años en los que Moscú impulsó su desastrosa política. En 1932, escribió una terrible advertencia en su “Carta a un obrero comunista alemán”:

“entre los funcionarios comunistas hay desgraciadamente, ¡ay!, carreristas miedosos y bonzos que adoran su pequeño puesto, su salario, y todavía más su piel. Estos individuos se sienten muy inclinados a hacer exhibición de frases ultraizquierdistas que disimulan un fatalismo lastimoso y despreciable. «¡No se puede luchar contra el fascismo sin haber vencido a la socialdemocracia!» dice el feroz revolucionario… mientras prepara un pasaporte para el extranjero.

Obreros comunistas, sois cientos de miles, millones, no tenéis ninguna parte adonde ir, no habrá suficientes pasaportes para vosotros. Si el fascismo llega al poder, pasará como un temible tanque sobre vuestros cráneos y vuestros espinazos. La salvación se encuentra únicamente en una lucha sin cuartel. Sólo la aproximación en la lucha con los obreros socialdemócratas puede aportar la victoria.” (Trotski, 1933).

Como sabemos, su terrible predicción se cumplió. Y sí, tras impulsar la política desastrosa que permitió la subida de Hitler, más de un dirigente estalinista alemán escapó a Moscú; no así las bases.

La estrategia minoritaria impuesta por Stalin fracasó en Alemania, en una situación en la que el partido comunista alemán tenía centenares de miles de seguidores, y quizá cien mil jóvenes en sus grupos de combate. No hay motivo para pensar que ésta tenga más éxito hoy, cuando la impulsan fuerzas mucho más reducidas.

Ecos del frente popular

Si esa estrategia ‘vanguardista’ tiene un apoyo bastante minoritario, la situación es otra con la siguiente estrategia impulsada por Moscú, el frente popular. Hoy en día, se topa con aspectos de esta política en los lugares más sorprendentes.

Para reconocer estos elementos, es importante distinguir entre dos maneras muy diferentes de establecer la unidad.

El frente único supone trabajar de forma unitaria entorno a unos puntos muy determinados. Es un acuerdo de mínimos que no impide que las diferentes sensibilidades discrepen en otras cuestiones; incluso suelen debatir entorno a cómo conseguir el objetivo compartido. Ésta fue la manera de trabajar de los amplios movimientos antiguerra en 2003, y de Unitat Contra el Feixisme i el Racisme en Catalunya hoy, entre otros ejemplos. Se trabaja unitariamente allí donde hay consenso, y en lo demás hay libertad de acción (ver Karvala, 2009a).

En contraste, y como hemos visto anteriormente, el frente popular es un acuerdo no de mínimos, sino más bien de máximos. Los sectores más radicales no tienen libertad de expresar sus propios puntos de vista, más allá de lo ‘consensuado’, sino que deben rebajar toda su política al nivel de los sectores moderados. Y en el caso del frente popular en toda regla, esto significa limitarse a lo que es aceptable para la burguesía ‘democrática’.

A veces se oyen argumentos que van en esta línea en la lucha contra el fascismo. Por ejemplo, es muy correcto insistir en que los argumentos anticapitalistas no representan al movimiento en su conjunto (como tampoco lo hacen las ideas procapitalistas). Pero esto no justifica intentar impedir que las y los activistas anticapitalistas presenten estos argumentos en los debates dentro del movimiento, o que distribuyan material propio tras una reunión o en una manifestación.

Donde más se oyen este tipo de objeciones, sin embargo, no es en los movimientos amplios antiguerra o antifascista, sino en un espacio que se supone que es más radical; el movimiento 15M. En cierto sentido, la idea autonomista del “movimiento sin partidos” reproduce, bajo una forma muy diferente, el mismo principio que el frente popular. La unidad que se busca no es una confluencia entre distintos puntos de vista, que colaboran en unos puntos compartidos, sino que estas divergencias deben esconderse tras un ‘consenso’… que a menudo es la visión política del autonomismo. Se ponen pegas a la distribución de material marxista, pero no así a las publicaciones —ni más ni menos políticas e ideológicas— de los grupos autonomistas, simplemente porque éstos niegan la realidad de que son grupos políticos. (Ver sobre esto, la sección Movimientos y partidos en Karvala, 2007.)

También se pueden discernir rastros del frente popular cuando se debaten posibles coaliciones y candidaturas de izquierdas. En un movimiento unitario de lucha, el pluralismo no es un obstáculo; existen los puntos de confluencia y en lo demás se puede dejar libertad. Pero si se trata de un partido que se presenta a elecciones, y sobre todo si tiene posibilidades de formar gobierno, o al menos de tener una fuerte presencia en las instituciones, entonces el pluralismo puede peligrar rápidamente.

En las recientes elecciones griegas, gran parte de la prensa y de los comentaristas se refirieron a la coalición de izquierdas, Syriza, como al partido “anti euro” y rupturista. De hecho, no es verdad; Syriza no proponía una salida del euro y respecto a las condiciones impuestas por la Unión Europea, no planteaba romperlas de manera unilateral, sólo renegociarlas. Los dirigentes de Syriza se esforzaron mucho en demostrar que no eran tan radicales como los pintaban. ¿Cuál es la posición de un activista anticapitalista en Syriza, en este contexto? (Hay varios grupos de inspiración revolucionaria dentro de Syriza.) Incluso hubo unos pocos candidatos de estos grupos (la enorme mayoría procedían de Synaspismos, el partido eurocomunista que es la fuerza principal en Syriza). ¿Qué pasa si una activista revolucionaria dentro de Syriza explica la necesidad de romper con las reglas del capitalismo? Lo más probable es que la dirección del partido intente hacer todo lo posible para que no se oiga su voz.

Hay un proceso paralelo en el Estado español. Aquí como en toda Europa, las posibilidades de una victoria de Syriza levantaron muchas esperanzas entre la izquierda combativa. Pero estas esperanzas se mezclaron, en algunos casos, con una fuerte hostilidad hacia el hecho de que la izquierda anticapitalista griega presentase su propia candidatura, Antarsya. Se acusó a esta izquierda de sectarismo, diciendo que su candidatura sólo servía para restar votos a Syriza, y que no conseguirían escaños. (Se presentaron argumentos parecidos contra la presentación de la candidatura Anticapitalistas a las últimas elecciones legislativas en el Estado español. Ver Karvala 2011c). En efecto, para algunos, el programa reformista de izquierdas de Syriza dejó de ser simplemente una opción dentro de la izquierda —al lado de otras, más combativas o más moderadas— para convertirse en la única posición que merecía ser presentada ante la gente. Es decir, la misma idea que promovió el frente popular hace 80 años.

Estos días, hay diversas propuestas de unir a la izquierda en el Estado español y/o en Catalunya, propuestas a menudo inspiradas explícitamente en Syriza. El último congreso de EUiA, el referente de Izquierda Unida en Catalunya, votó a favor de impulsar una “Syriza catalana”. Hace poco, Julio Anguita, otra vez citando a Syriza, habló de la necesidad de “un frente cívico interclasista” (según el resumen en Publico.es, 2012; ver también Colectivo Prometeo, 2012).

Ante estas propuestas, un tema importante a tener en cuenta es qué tipo de unidad se propone. ¿Se trata de mínimos de consenso para una lucha unitaria, sin perjudicar la libertad de expresión de nadie? En este caso, siempre debe haber posibilidades de acuerdo. En el otro extremo, cualquier propuesta que busque que la izquierda anticapitalista se limite a una política institucional reformista sería difícilmente aceptable.

Lo fundamental —en el contexto del tema principal de este texto— es que las opciones no se limitan al aislamiento sectario del estalinismo de 1928-34 (reproducido hoy en día, a grandes rasgos, por el Partido Comunista griego, el KKE), ni el sometimiento al reformismo o incluso a la burguesía del frente popular de 1934-39. La alternativa es la lucha unitaria por lo que se comparte, al lado del respeto hacia las diferentes visiones dentro de la izquierda y del movimiento. Esta estrategia, basada en el puro sentido común, es lo que los bolcheviques y luego Trotski defendieron; el frente único.

Política internacional

Como se ha explicado anteriormente, durante la guerra fría, para una parte de la izquierda —los grupos estalinistas y algunos grupos trotskistas— la política no giraba entorno a la lucha de clases, sino alrededor del conflicto entre EEUU y la URSS. Por tanto, estas izquierdas apoyaban o no las movilizaciones populares en un país dado, en función de las alianzas internacionales de su clase dirigente. Donde ésta apoyaba a EEUU, en general favorecían las luchas sociales en su contra. Pero en países cuyos dirigentes eran aliados de la URSS, el mismo tipo de luchas sociales —huelgas, movilizaciones estudiantiles, protestas a favor de la democracia…— eran tachadas de injerencias imperialistas, maniobras de la CIA, etc.

Hoy en día, y a pesar del final de la guerra fría entre EEUU y la URSS, algunos sectores de la izquierda mantienen una actitud parecida.

Ante la “primavera árabe”, se da una situación paradójica. Los gobiernos de EEUU y la UE dicen apoyar la lucha por la democracia en Siria, a la vez que ayudan a reprimir movimientos parecidos en Bahrein, Arabia Saudita… En Túnez y Egipto, apoyaron a los antiguos dictadores, Ben Ali y Mubarak, hasta su caída; luego dijeron que estaban a favor de la democracia en estos países; y ahora respaldan los intentos de los militares para mantener todo lo posible del antiguo régimen. La hipocresía es evidente. Lo triste es que hay sectores de la izquierda que reproducen la misma hipocresía, sólo que de forma inversa. Dicen apoyar la revolución en Túnez, Egipto, Bahrein… mientras que denuncian a los centenares de miles de personas que participan en la masiva movilización popular contra Assad en Siria como a agentes de EEUU e Israel. Esto no se limita a los declarados estalinistas.

Un ejemplo fue un grupo de la izquierda independentista catalana que anunció una charla sobre el conflicto en Siria, centrada “en la información que recibimos de los medios de comunicación de masas y los intereses occidentales sobre este país”, sin mencionar siquiera la revolución en sí. Más grave aún si cabe —porque se le considera experto sobre la región— fue la intervención del antiguo trotskista (y ex dirigente de la CI) Tariq Ali, que declaró que lo que ocurre en Siria es “una nueva forma de re-colonización por parte de Occidente” y dio por buenas las acusaciones de que gran parte de las atrocidades no se debían a Assad, sino a las fuerzas opositoras (Ali, 2012).

Es cierto que los aspectos geopolíticos deben tenerse en cuenta, y también lo es que EEUU intenta aprovecharse de cualquier oportunidad para ejercer su influencia. Y estas injerencias incluso pueden disfrazarse de revoluciones. Las “revoluciones de colores” —en Ucrania, en Georgia, y algún que otro país— fueron realmente poco revolucionarias. Se caracterizaron por la ausencia de movilización desde abajo, de iniciativa espontánea o de autoorganización; carecieron de propuestas de cambio y justicia social, más allá de cambiar el nombre del presidente… Pero esto no implica meter en el mismo saco toda movilización popular que incomode a un dirigente hostil —o supuestamente hostil— para EEUU.

El movimiento verde en Irán, por ejemplo, que empezó como una protesta contra la reelección en circunstancias dudosas de Ahmedinejad, fue tachado por muchos de maniobra imperialista. Según el académico estadounidense de izquierdas, James Petras: “los neoconservadores, los conservadores libertarios y los trotskistas se unieron a los sionistas” en su apoyo al movimiento. (Karvala, 2009c; ver también Karvala, 2009b). Ahora se puede ver la chocante similitud entre aquel movimiento verde y la primavera árabe, especialmente con la revolución egipcia, en el sentido de combinar la lucha por la libertad y la democracia política con las crecientes demandas de justicia social.

Las mismas acusaciones han surgido contra la revolución siria. (Ver sobre esto Karvala, 2011b). Eduardo Luque argumenta que: “Este conflicto es otro ejemplo, uno más, de cómo la propaganda (a través de un enorme entramado de medias verdades, noticias falsas, exageradas o infundadas) crea una realidad ficticia. Con ello no se niega que exista conflicto político y militar, no se puede negar que hay dolor y sufrimiento, sino que es una realidad generada fuera del país, diseñada y planificada en las mesas de los Estados Mayores de las otrora potencias coloniales. Es una guerra impuesta al pueblo sirio.” (Luque Guerrero, 2012, pp. 17-18). Luque nos da otra idea de por dónde van los tiros cuando se compadece del pobre “presidente Putín” por las dudas levantadas entorno a su reelección. Aún más sorprendente, dada su larga trayectoria como comunista, es su afirmación de que: “Creer en la espontaneidad de las Revoluciones es realizar hoy un acto de fe. En pocas ocasiones las revoluciones han sido exclusivamente espontáneas, siempre han basculado influidas por los acontecimientos y los actores; no pocas de esas Revoluciones han supuesto enormes retrocesos sociales.” (Luque Guerrero, 2012, pág. 25.)

Una visión mucho más realista, y revolucionaria, de cómo se entrecruzan las cuestiones geoestratégicas y las demandas populares, la ofreció Santiago Alba Rico en una reciente entrevista (publicada, por suerte, en el mismo número de El Viejo Topo que el texto de Luque). Planteó:

“dos presupuestos que deberíamos afirmar al mismo tiempo sin sonrojarnos como condición de toda lucha de la izquierda anti-imperialista. El primero es que existe la CIA y que conspira sin cesar, que la OTAN no es una institución humanitaria sino guerrera y criminal al servicio de las grandes potencias y que Israel, EEUU, la UE y los países del Golfo han intervenido siempre para impedir la democracia y la soberanía en esta zona geoestratégica de vital importancia. Pero el otro presupuesto es el de que no sólo existen la CIA y la OTAN, que los pueblos también conspiran, que sus conspiraciones se llaman revoluciones (o revueltas, levantamientos, protestas, huelgas generales, etc.) y que, si suelen ser derrotados, siguen constituyendo la única fuente autónoma a partir de la cual se pueden introducir cambios auténticos en las relaciones de dominio capitalista y neocolonial.” (Alba Rico, 2012).

Este tipo de dilema no es nada nuevo. El propio Eduard Luque se refiere a otro ejemplo, un incidente en la revolución rusa de 1917: “La Alemania del Kaiser Guillermo permitió que el tren que trasportaba a Lenin camino de Rusia alcanzara su destino y encendiera aún más la mecha de la Revolución de Octubre.” Este hecho fue utilizado después por la derecha y los reformistas en Rusia para tildar a Lenin de agente alemán. A Luque no se le ocurriría hacer esto, pero sugiere que la oposición siria es agente de occidente cuando ha recibido menos ayuda de EEUU de lo que Lenin recibió de Alemania.

Es un hecho que los movimientos auténticos pueden atraer el interés de alguna superpotencia.

Durante décadas, la debilidad de la URSS ante EEUU la llevó a complementar su poder directo con la influencia en los movimientos opositores en los países del bloque occidental. En América Latina, muchas guerrillas recibieron algún tipo de apoyo del este. El Congreso Nacional Africano (ANC) de Sudáfrica recibió subvenciones muy importantes del bloque soviético. Se podrían dar muchos más ejemplos. Pero sólo la derecha más cavernícola podría argumentar, en base a tales hechos, que estos movimientos carecían de genuino apoyo popular. La influencia soviética tuvo un efecto, normalmente negativo, pero las luchas contra el apartheid o contra las dictaduras en América latina no fueron meras expresiones de la guerra fría entre EEUU y la URSS.

Si hoy en día EEUU tiene que recurrir a estrategias parecidas, es otra confirmación de su relativa debilidad. Y como dice Santiago Alba, es un factor que debe tenerse en cuenta, pero no hasta el punto de negar toda posibilidad de una revolución popular e independiente. Aunque ésta es la conclusión clara y lógica de la posición estalinista. Así lo ha sido desde los años 30 del siglo pasado, cuando su pesimismo (si no hostilidad) ante la posibilidad de una revolución real llevó al estalinismo a impulsar la política del frente popular.

Los y las activistas estalinistas hoy: ni santos ni demonios

Las típicas actitudes hacia los y las activistas influidas por el estalinismo suelen ir de un extremo a otro.

Por un lado están los que ven al estalinista como a una especia de héroe, como si personalmente fuera responsable de la derrota de Hitler (olvidándose convenientemente del pacto entre la URSS y Alemania nazi) y de cualquier avance en la lucha obrera de los últimos 60 o 80 años. Hoy en día esta visión está poco extendida, fuera de las propias organizaciones estalinistas, pero durante el período del frente popular en 1934-39, y luego en 1941-45, muchos socialdemócratas e incluso liberales se dejaron seducir por el estalinismo. Del contenido de este texto, debe quedar claro que yo, al menos, no comparto esta opinión.

Por el otro se encuentran variantes de la idea del pecado original; se ve al activista inspirado en el estalinismo como a un aspirante a dictador, enemigo de cualquier idea de la democracia o progreso real. Algunos intentan equiparar el estalinismo y el fascismo.

Sin llegar a estos extremos, algunos trotskistas —incluyendo a sectores que vieron a la URSS como a un Estado obrero— tienen una actitud muy sectaria hacia los partidos comunistas. Me acuerdo de un incidente hace casi 30 años en Gran Bretaña, cuando el partido comunista rompió con lo que había sido una facción unitaria de izquierdas en un sindicato. Los comunistas utilizaron argumentos antitrotskistas para quejarse de la influencia en la izquierda sindical del Socialist Workers Party (SWP, grupo hermano de En lucha, dentro de la corriente socialismo internacional, IST), y sobre todo, en aquella época y en ese sindicato, de la corriente trotskista ortodoxa Militant. Los compañeros de Militant respondieron con una octavilla que llevaba un dibujo que equiparaba a los comunistas con las ratas.

La IST, desde sus inicios, ha tenido otra visión. Existe un artículo muy interesante acerca de los partidos estalinistas de Duncan Hallas, uno de los fundadores de la corriente (Hallas, 1951. Hallas fue activista y dirigente del SWP hasta su muerte, pero hoy en día es demasiado desconocido. Sobre él, ver Harman y otros, 2002). Hallas respondió al argumento de que se tenía que tratar al estalinismo igual que al fascismo. Hallas reconoció las similitudes, en la práctica, entre los regímenes estalinistas y fascistas, pero insistió en que no se podía decir lo mismo de los partidos estalinistas que no estaban en el poder. De estos partidos destacó dos factores opuestos: una ideología que en el fondo era hostil a la clase trabajadora; y una fuerte base dentro de esta misma clase. Su conclusión fue que hacía falta la unidad en la lucha con los y las trabajadores influidos por el estalinismo.

Hallas escribió ese texto en 1951 en un momento en el que los partidos comunistas contaban con millones de militantes, y él pertenecía a un núcleo de una docena de activistas. Hoy en día, el bloque soviético ha desaparecido, y con él la solidez del estalinismo entre la izquierda occidental. Como se ha explicado aquí, quedan muchos restos, pero no tiene nada que ver con el monolito de hace 60 años. Por eso, quizá lo más interesante es su conclusión, en la que habla de cómo la izquierda revolucionaria podía relacionarse con los grupos que empezaban a romper con la ortodoxia estalinista:

“Por encima de todo, el asunto depende de las fuerzas revolucionarias, de nuestra capacidad para demostrar en la práctica que somos capaces de construir un movimiento serio. Nuestra actitud hacia esos grupos debe ser la de colaboración fraterna en el trabajo práctico, junto con la crítica política firme. Sería fatal acercarse a estos grupos con un espíritu de ultimátums, no menos fatal sería ignorar o encubrir sus errores. Nuestro acercamiento a ellos, igual que a los propios partidos estalinistas, debe basarse en un programa práctico y concreto de lucha contra la burguesía.” (Hallas, 1951).

Huelga decir que es peligroso intentar aplicar hoy fórmulas creadas no sólo en otra época, sino casi en otro mundo. Pero el núcleo del argumento de Hallas es válido. No sirven las visiones de blanco o negro (típicas, hay que decirlo, del estalinismo en su apogeo); hace falta combinar el debate serio y respetuoso entorno a las diferencias, con la lucha unitaria en base a lo que se comparte. Perder un u otro elemento tendría efectos nefastos. Y la conclusión final de Hallas quizá tuviera poca aplicación práctica durante bastantes décadas, pero hoy sí la tiene. Nos iría muy bien “un programa práctico y concreto de lucha contra la burguesía”.

Bibliografía

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