dilluns, 29 de desembre de 2014

¿Sólo fascistas votan a los fascistas?

Surgió un debate interesante en la reciente asamblea de KEERFA, el movimiento antifascista de Grecia (la asamblea coincidió con un encuentro antifascista internacional, ver Karvala 2014b). ¿Cómo definimos a la gente que vota a los fascistas?

Contradicciones en el voto de derechas

A menudo, en el movimiento unitario contra el fascismo, insistimos en que muchas personas que votan a los partidos fascistas realmente no son fascistas. Por este motivo, las campañas que señalan la naturaleza real de estos partidos reducen su apoyo electoral. En cambio, en algunas ponencias en la asamblea se argumentó exactamente lo contrario. Se afirmó que, dado que Amanecer Dorado es claramente una organización fascista, quienes la votan también deben ser fascistas. Con partidos como el Front National (FN) o Plataforma per Catalunya, que se esconden tras una máscara de respetabilidad, se puede aceptar que mucha gente los vota sin saber qué son (ver Karvala 2014a), pero en el caso de Amanecer Dorado, que tiene una estética abiertamente nazi, parece obvio que nadie excepto un nazi los votaría. Sin embargo, no es tan sencillo.


Los propios dirigentes de Amanecer Dorado (AD) insisten, increíblemente, en que su partido no es nazi, llegando incluso a denunciar a gente que afirma que sí lo es (Dabilis, 2012). Si los dirigentes del partido quieren alejarse de la etiqueta de nazi, por algo será. ¿No podría ser porque, igual que el FN, tienen votantes actuales o potenciales que huyen de la asociación directa con el fascismo? Si todos sus votantes fueran fascistas, no les preocuparía la etiqueta.

Existe otro factor más complejo. Incluso cuando una persona vota a AD sabiendo que son nazis, esto no implica que esta persona necesariamente también lo sea. Hay ejemplos de otros partidos que demuestran claramente esta disyuntiva entre el voto y las ideas de una persona.

En el Estado español, parte de la izquierda atribuye la relativa debilidad electoral de la extrema derecha al hecho de que muchos fascistas votan al PP. En realidad, invierten la causa y el efecto; la debilidad de los partidos fascistas deja a muchas personas de extrema derecha sin más opción que votar al PP. Pues bien, si un fascista vota al PP, ¿deja de ser fascista? Por supuesto que no. Pero al aceptar esto, rompemos la conexión mecánica entre el voto y las ideas. Se podría mantener esta conexión afirmando que el PP realmente es fascista y que un seguidor de Hitler o Franco no entra en contradicción al votarlo. Pero esto a su vez implicaría que el resto de los 10 o 11 millones de votantes del PP también serían fascistas, aumentando aún más la confusión. Lo cierto es que no hay una conexión mecánica entre el voto y las ideas políticas.

Ya en los años 30, el marxista italiano, Gramsci, explicó que la gente —y sobre todo la gente trabajadora— tiene una conciencia contradictoria: “su conciencia teórica se encuentra históricamente en contradicción con su hacer. Puede decirse que tiene dos conciencias teóricas (o una conciencia contradictoria): una implícita en su hacer, y que realmente lo une a todos sus colaboradores en la transformación práctica de la realidad, y otra superficialmente explícita o verbal, que ha heredado del pasado y ha recogido sin crítica. Pero esa concepción ‘verbal’ no carece de consecuencias…”. (Gramsci 1971, p.16). Como siempre, lo que Gramsci escribió en la cárcel hay que descodificarlo. La conciencia que “realmente lo une a todos sus colaboradores en la transformación práctica de la realidad” es el interés fundamental de clase, lo que en ciertas circunstancias lleva a personas supuestamente “no radicales” a ir a la huelga o a manifestarse de manera combativa. La otra, la “superficialmente explícita o verbal”, es la que se adquiere de la TV, etc. y más en general de la vida “normal”. Y si “no carece de consecuencias”, una de éstas es votar a un partido que no representa sus intereses reales. Éste puede ser un partido conservador “normal”, un partido populista de derechas, o incluso un partido fascista. (De hecho, esto también explica por qué millones de personas trabajadoras siguen votando a partidos “reformistas” que llevan muchas décadas traicionándolas.)

De todas maneras, la idea de que “eres lo que votas” implica ignorar todo esto.

Para entender mejor estas contradicciones en la consciencia, miremos un ejemplo de cómo puede funcionar en un voto de izquierdas.

Contradicciones también en el voto de izquierdas

Podemos surgió del movimiento 15M —también conocido como indignado, o anticapitalista— y sus votantes lo saben. En las elecciones europeas de mayo de 2014, donde se presentó con un programa radical que reflejaba bastantes posiciones del movimiento 15M, Podemos recibió más de un millón de votos. ¿Significa que toda esta gente se había vuelto repentina y genuinamente anticapitalista? No; una parte sí, pero gran parte los votó por otros motivos.

Muchísima gente está harta de los partidos institucionales, de la corrupción, de la falta de una democracia real, de que se den miles de millones a la banca mientras hay gente que pasa hambre o que pierde su casa... Son sentimientos que deben encontrar su eco en una opción política anticapitalista, pero compartir estas ideas no implica tener una visión coherentemente anticapitalista. Llegar a tal visión requeriría que la izquierda anticapitalista organizada —dicho más claramente, la izquierda revolucionaria— se relacionase con estas personas, en un proceso de debate y sobre todo de experiencia compartida de lucha. Es todo un reto para la izquierda anticapitalista convencer a gente que ha votado a Podemos para que participe en un proyecto sostenido de lucha para cambiar el mundo. Este es otro debate, pero como veremos el argumento tiene implicaciones en la cuestión de las y los votantes fascistas.

Mucha gente que vota a Podemos lo hace porque, con o sin razón, piensa que esta formación responde a sus preocupaciones y quizás —siempre queda la esperanza— pueda resolver algunas de ellas. Se podría resumir esta actitud en una frase como: “No sé gran cosa de Podemos y en algunas cosas pueden ser demasiado radicales, pero a diferencia de los demás, al menos nos escuchan y hablan de cosas que nos preocupan.” (Tenemos un indicio de la indefinición política de mucha gente que vota a Podemos en el análisis “Perfil del votante de Podemos” de El País. La categoría “Dudaba entre varios partidos y optó por el que más afinidad o simpatía sintió al ir a votar” abarcó al 60% del voto de Podemos, comparado con el 30% para el PSOE y el 24% en el caso del PP. El País, 31/05/14.)

Pues bien, todo esto —con muy pocos cambios— también podría decantar el voto hacia la extrema derecha. Los fascistas modernos, desde Amanecer Dorado hasta el Front National, sin olvidar PxC y el centro nazi Tramuntana, intentan presentarse como “anti sistema”, opuestos a la gran banca, las estafas, la corrupción; y como los defensores de la gente común. A diferencia de la izquierda anticapitalista, esta retórica es pura mentira, pero mientras la gente se lo crea, tendrá su efecto.

La historia nos ofrece ejemplos muy importantes de esta ambigüedad política. Durante los años de la subida de Hitler, sus tropas de asalto utilizaron una retórica antisistema, hablando incluso de revolución (como también lo hacen algunos fascistas hoy). No olvidemos que el nombre completo del partido nazi fue el Partido Nacional Socialista Obrero de Alemania. El hecho de que esto fuese retórica vacía y falsa no impidió que numerosos militantes comunistas se dejasen engañar, pasando al bando nazi. Incluso el propio partido comunista alemán se dirigió a los “compañeros obreros” del partido nazi y de las tropas de asalto, como a “sinceros luchadores contra el sistema del hambre” (Rote Fahne, 1/11/1931). Votantes, e incluso militantes, cambiaron de bando entre el partido comunista y el partido nazi. ¿Esto supone que se pasaron de la noche a la mañana del comunismo al fascismo, o al revés?

Las circunstancias puntuales —la desesperación en sentido literal; la falta de esperanzas— pueden llevar a una persona a votar a opciones de la izquierda radical o la extrema derecha, si piensa que le pueden ofrecer algo. No implica que esta persona tenga una visión política coherente en uno u otro sentido. Y volviendo a la pregunta inicial, alguien que vota a Amanecer Dorado, u a otro partido fascista, no es necesariamente fascista.

Aún así, importa

¿Estos votos, entonces, carecen de importancia? En absoluto, por diferentes motivos. Por un lado, los cargos obtenidos por la extrema derecha —y los recursos que estos cargos conllevan, recursos tan denostados en la retórica populista del fascismo— le dan más poder, permitiéndole causar más daño.

Por otro, y muy importante para el crecimiento del fascismo como fuerza política, está la cuestión de consolidar a los votantes, y más en general, a los simpatizantes, de un partido fascista. Hay que insistir; no es una cuestión de que se vota un día a los fascistas y se es fascista. Los propios dirigentes ultras entienden que es un proceso gradual, que tienen que fomentar de manera activa y consciente.

Sólo así se entiende la estrategia utilizada por Jean Marie Le Pen, e imitada por Josep Anglada. Ya se sabe que se ponen traje y corbata, para ser una opción más aceptable y conseguir votos, pero éste es sólo un elemento. Otro factor entra en juego cuando Le Pen suelta un comentario abiertamente fascista, como describir las cámaras de gas de Auschwitz como meramente “un detalle en la historia”. Algunas afirmaciones de este tipo pueden ser fruto de un desliz, digamos un lapsus freudiano, pero otras tienen una función perfectamente calculada. Se trata de intentar desensibilizar a sus votantes, acostumbrarlos a posiciones cada vez más extremas, efectivamente intentar convertirlos, gradualmente, en fascistas. (Estas declaraciones también sirven para “contentar a las bases que ya están comprometidas con el fascismo y se impacientan con la respetabilidad”. Karvala 2010, pág. 166.) Otro aspecto de esta estrategia de desensibilización es conseguir que al menos una parte de sus votantes participen en sus manifestaciones, donde se encontrarán desfilando codo con codo con nazis. Tanto las declaraciones extremistas como estas manifestaciones espantarán a una parte de su base electoral, pero es un coste que la dirección fascista está dispuesta a asumir: su objetivo es fortalecer el núcleo fascista del partido, aunque sea a costa de perder a algunos seguidores menos ultras. Como ya se ha dicho, nada de esto es comprensible si se mantiene que el votante de uno de estos partidos es automáticamente fascista.

Cómo combatir el fascismo, también en las elecciones

Dada esta realidad, la cuestión es qué estrategias sirven para interferir en este proceso.

Al principio se comentó que “en el movimiento unitario contra el fascismo, insistimos en que muchas personas que votan a los partidos fascistas realmente no son fascistas. Por este motivo, las campañas que señalan la naturaleza real de estos partidos reducen su apoyo electoral.” Éste es un hecho muy importante. Unite Against Fascism (UAF) en Gran Bretaña, como antes la Liga Anti Nazi (Anti Nazi League, ANL), han producido cientos de miles de octavillas para desenmascarar a los partidos fascistas trajeados. En los 70 fue el National Front, que se fragmentó en 1981 gracias a la campaña de la ANL. (El Front National francés, en cambio, que sólo se fundó en 1972 y era mucho más pequeño que el equivalente británico, no se enfrentó a ninguna campaña parecida y pudo crecer hasta ser lo que es ahora.) Más recientemente, gracias a una fuerte campaña de UAF, el British National Party (BNP) ha perdido sus dos eurodiputados y medio centenar de concejalías. En Catalunya, UCFR ya ha perjudicado el voto de Plataforma per Catalunya, mediante una estrategia parecida. Estas campañas funcionan, porque revelan la realidad fascista tras los trajes.

En Grecia, el partido nazi griego Amanecer Dorado no se disfraza tanto, o mejor dicho, se disfraza de otra manera, por ejemplo con sus repartos de comida “sólo para los de casa”. Por esto, el movimiento antifascista unitario KEERFA tiene que aplicar una versión más sofisticada de esta estrategia. KEERFA demuestra que, tras la retórica social, “antisistema”, los nazis tienen fuertes conexiones con importantes empresarios griegos, sobre todo del sector naval. Por eso, como denuncian, en el parlamento griego, AD vota a favor de sus intereses, por ejemplo, contra propuestas de aumentar los impuestos a estas empresas, para poder dedicar más recursos a servicios sociales.

Aparte de la propaganda está el aspecto de la movilización en la calle, que incluso puede incluir enfrentamientos directos con los fascistas. Sin embargo, el análisis aquí presentado conlleva unas estrategias muy pensadas. El objetivo de los movimiento unitarios no es el choque violento, sino la mayor movilización popular posible; no se busca movilizar sólo a “unos pocos y valientes”, sino a un amplio espectro de la población. Evidentemente, existe el riesgo de ataques violentos por parte de los nazis, pero la mejor protección para la protesta antifascista es su magnitud. Si los matones atacan una protesta ciudadana de este tipo, pueden provocar daños físicos que serían lamentables, pero controlables mediante un servicio de orden. Sin embargo, en términos políticos tales ataques debilitarían a los fascistas. El hecho de atacar una manifestación compuesta claramente por gente corriente, no sólo por “jóvenes radicales”, deja en evidencia las afirmaciones de los fascistas de que representan a “los de casa”. Si, además, una manifestación plural, formada por gente de diferentes edades y sensibilidades, logra parar a los fascistas y hacerlos recular, habrán demostrado no sólo que los fascistas son violentos, sino también que se les puede derrotar. Sería una victoria para toda la gente del movimiento unitario, no sólo para una minoría partidaria de la “acción directa” (que por supuesto debería también formar parte del movimiento unitario).

Es decir, incluso cuando hace falta una respuesta física, esta respuesta también debe medirse en términos políticos, no como si fuera una exhibición de artes marciales.

Para resumir

Volvamos entonces a la pregunta inicial. ¿Quién vota a los nazis? Aquí no se ha dado una respuesta completa. En parte son fascistas, por supuesto. Pero no se puede argumentar que toda persona que los vota lo sea. Para realmente entender lo que ocurre, haría falta un estudio serio, específico para cada caso, teniendo en cuenta factores de clase social, pobreza y desempleo; las afiliaciones políticas anteriores, si las hubiera, etc. Todo esto probablemente interesa al mundo académico; no pasa nada. Pero para el movimiento contra el fascismo es una cuestión de vital importancia. Y las simplificaciones mecánicas no son una buena guía para la acción.

En Catalunya, en noviembre de 2010, unas 75.000 personas votaron al partido fascista, PxC. UCFR trabajó en base al convencimiento de que la gran mayoría de estas personas no eran fascistas. Desde entonces, PxC ha caído en votos, ha expulsado a su histórico dirigente, y ha sufrido unas cuatro escisiones. Parece una prueba práctica de la importancia de este análisis.

Bibliografía

Dabilis, Andy (2012), “Golden Dawn Leader Says They’re Not Nazis”, greekreporter.com, 25/10/2012. http://greece.greekreporter.com/2012/10/25/golden-dawn-leader-says-theyre-not-nazis/

El País, 31/05/14, “Perfil del votante de Podemos”. http://elpais.com/elpais/2014/05/31/media/1401571468_769193.html

Gramsci, Antonio (1971), El materialismo histórico y la filosofía de Benedetto Croce, Ediciones Nueva Visión, Buenos Aires.

Karvala, David (coord.), (2010), No pasarán… aunque lleven trajes, Ed. Tempestad, Barcelona.

Karvala, David (2014a), “Los fascistas con traje, ¿realmente son fascistas?” http://davidkarvala.blogspot.com.es/2014/04/los-fascistas-con-traje-realmente-son.html

Karvala, David (2014b), “L’antifeixisme unitari s’enxarxa a Grècia”. La Directa, 23/10/2014. https://directa.cat/lantifeixisme-unitari-senxarxa-grecia

Karvala, David (2014c), “Desmontar a la extrema derecha”, La Hiedra 10, septiembre de 2014. http://lahiedra.info/desmontar-a-la-extrema-derecha/