dimecres, 7 d’agost de 2013

Contradicciones de la revolución egipcia


Escribí este artículo a principios de agosto, para la revista cuatrimestral de En lucha, La Hiedra. Tras la matanza a mediados de agosto, lo tuve que reescribir; el resultado ha sido casi un artículo nuevo. Pero dado que había hecho el trabajo, y creo lo que dice este texto sigue válido, lo cuelgo aquí, para quien quiera leerlo. El nuevo artículo aparecerá en la revista…


La expulsión del poder del Presidente Mursi, de los Hermanos Musulmanes, mediante la combinación de masivas movilizaciones sociales y golpe militar, ha provocado mucho debate, tanto dentro de Egipto como fuera. Algunas voces han salido en defensa de la Hermandad y otras (muchas más) a favor de los generales.

Este artículo intenta poner los recientes cambios en el contexto de la revolución vivida hasta ahora, con todas sus contradicciones. Argumenta que, a pesar de los peligros, la situación actual está llena de posibilidades, si se huye de la dicotomía “o con Mursi o con los militares”.

El largo camino de la revolución

Contrariamente a la visión fomentada por la TV durante los primeros días de la ocupación de Plaza Tahrir, la revolución no empezó el 25 de enero de 2011; tampoco acabó 18 días más tarde cuando Mubarak cayó, el 11 de febrero.

Si bien tiene sus fechas clave, la revolución egipcia —como todas— es un proceso, el inicio del cual podrían ser las manifestaciones en Tahrir, el año 2000, en solidaridad con la segunda Intifada palestina. Otro punto de inflexión llegó en marzo de 2003, cuando miles de manifestantes volvieron a ocupar Tahrir, contra el ataque a Irak; fueron, de nuevo, expulsados por la policía. Luego vino el movimiento por la democracia, Kifaya, en 2004-5. La primera huelga masiva, en la gigante fábrica textil de Mahalla en 2006, supuso un salto cualitativo: desató una ola de luchas obreras por todo el país. Otra huelga en Mahalla, programada para el 6 de abril de 2008, se convirtió en tres días de Intifada en la ciudad, un auténtico ensayo general para las luchas de 2011[1].

También fue muy importante la Conferencia del Cairo; sus sucesivas ediciones, desde 2002 hasta ser prohibida en 2009, reunieron a activistas del conjunto de movimientos sociales y políticos egipcios, desde sus impulsores en el Grupo Socialista Revolucionario (GSR), pasando por los naseristas, hasta los Hermanos Musulmanes (HHMM). Esta colaboración entre la izquierda radical y los islamistas rompió los esquemas de mucha gente. Es muy importante destacar que siempre fue una relación tensa; la juventud de los HHMM estaba más comprometida con la lucha conjunta que su dirección, que solía echarse atrás en los momentos difíciles. De todas maneras, la Conferencia del Cairo ayudó a crear alianzas que fueron muy importantes en 2011.

En resumen, la ola revolucionaria iniciada en Túnez en diciembre de 2010 llegó como una chispa a una situación egipcia ya muy inflamable, y que explotaría el 25 de enero de 2011. De repente, la TV occidental descubrió a los movimientos egipcios y Plaza Tahrir. Las imágenes de la plaza fueron impactantes, sobre todo las del 2 de febrero, el día del camello, cuando decenas de miles de matones armados la asaltaron; siendo rechazados por la resistencia de la juventud islamista, ultras de futbol, activistas de izquierdas; jóvenes y mayores; mujeres y hombres; musulmanes, cristianos y ateos… Mientras, fuera de Tahrir y lejos de las cámaras, el movimiento obrero iba en aumento. La dictadura podía aguantar las protestas en las plazas, pero cuando la ola de huelgas —con demandas tanto económicas como políticas— se extendió, a principios de la segunda semana de febrero de 2011, la cúpula militar decidió que el precio de mantener al dictador en el poder era demasiado alto. El 11 de febrero los generales sacrificaron a Mubarak, provocando gritos populares de “el pueblo y el ejército son una mano”.

Así se inició el primer período de control militar directo, a manos del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (SCAF). La caída del dictador fue una victoria, pero la maquinaria de la dictadura y el sistema capitalista que ésta apuntalaba seguían intactos.

Dado que los problemas fundamentales no se habían resuelto, las luchas volvieron a surgir; tanto en las plazas como en los lugares de trabajo. El SCAF respondió con represión. En este período aparecieron las terribles “pruebas de virginidad”, básicamente abusos sexuales por parte del ejército contra mujeres manifestantes[2]. El Estado también recurrió —como lo había hecho bajo Mubarak— al sectarismo, atacando a la minoría cristiana copta, oprimida en Egipto. Introdujeron una ley prohibiendo las huelgas (que nunca se ha logrado imponer). Como resultado de todo esto —y en parte gracias al trabajo de los sectores revolucionarios, que habían advertido contra el ejército desde el principio— las ilusiones puestas en los militares gradualmente se evaporaron.

Al final, la cúpula militar tuvo que dar un paso atrás y permitir un gobierno civil. En la primavera de 2012 se celebraron elecciones presidenciales. La izquierda no logró presentar un frente común y los comicios se redujeron a un enfrentamiento entre Ahmed Shafik —el candidato de los militares y de los feloul, los “restos” del mubarakismo— y Mohamed Mursi, candidato de los HHMM[3]. En esta situación, la elección de Mursi fue una victoria para el movimiento.

La presidencia de Mursi

Pero, como de nuevo había advertido la izquierda revolucionaria, Mursi no iba a cumplir las exigencias de la gente trabajadora y pobre.

Hubo cierto tira y afloja entre los HHMM y los generales. Por ejemplo, Mursi destituyó a Tantawi, que había liderado el SCAF; lo remplazó como Ministro de Defensa por un general más joven, Abdel-Fattah El-Sisi… el mismo que había justificado las “pruebas de virginidad”. Mursi introdujo algunas medidas específicamente islamistas, pero en lo más importante su mandato continuó con las políticas del SCAF y la dictadura.

Un aspecto clave de esta continuidad es la economía, típicamente olvidada en los debates acerca de las revoluciones árabes. Egipto tiene una deuda del 87% del PIB; el pago de los intereses actualmente consume la cuarta parte del gasto público. Otro 24% se va en salarios públicos, y el 27% en subvenciones a los alimentos y el combustible, dejando sólo el 25% para el resto[4]. Mursi continuó las negociaciones con el FMI, iniciadas por el SCAF, respecto a un préstamo multimillonario. Para demostrar su fe neoliberal, Mursi aplicó políticas de austeridad —por ejemplo, recortes en las subvenciones al combustible doméstico, con lo cual muchas familias ya no podrían cocinar—, pero sus medidas provocaron protestas obreras.

Ante la oposición, igual que el SCAF, Mursi respondió con la represión. Él tampoco pudo hacer efectiva la prohibición de las huelgas, pero envió a las fuerzas de seguridad —y a veces a sus propios seguidores— para atacar o incluso matar a manifestantes. Se intensificó el acoso sexual contra las mujeres manifestantes, con cada vez más violaciones orquestadas[5]. Mursi también ha recurrido al sectarismo, atacando tanto a la población copta como shiíta. Las últimas semanas del mandato de Mursi vieron asesinatos sectarios contra shiítas a manos de salafistas, ante la inacción de la policía y el silencio presidencial.

La rebelión y el golpe

Sin embargo, parece que el principal pecado de Mursi, a ojos de los dirigentes del “Frente Nacional de Salvación” (FNS) —una alianza antiislamista de liberales, naseristas y feloul— así como de los generales, no fue la represión en sí, sino sus intentos de mandar solo, sin contar con ellos. Mohamed El Baradei, un dirigente liberal del FNS, explica que oyó, directamente del general Sisi, que los militares hablaron con Mursi varias veces para que rectificase respecto a la economía y que fuese más inclusivo. Querían que el mandato de Mursi funcionase. Baradei cita a Sisi: “Ojala nos hubiera escuchado”[6].

Por otro lado, hubo un creciente descontento social, y a finales de abril de 2013 surgió una iniciativa popular, “Tamarod” o rebelión. Fue un intento de recoger más de 13’2 millones de firmas —el total de votos recibido por Mursi— para pedir que éste dimitiese en el primer aniversario de su mandato, el 30 de junio. Tamarod fue iniciado por un grupo reducido de jóvenes del entorno del movimiento democrático, Kifaya, pero se convirtió en una movilización masiva. El conjunto de movimientos sociales y de izquierdas se sumaron; los nuevos sindicatos independientes se coordinaron con Tamarod y recogieron centenares de miles de firmas… y los partidos del FNS, incluyendo a los feloul, declararon su apoyo. Más tarde se sumaron los canales de TV no controlados por los HHMM. Al acercarse la fecha señalada, Tamarod anunció que había recogido 22 millones de firmas y convocó protestas en las plazas para el 30 de junio.

Mientras este movimiento crecía, representantes de los dirigentes del FNS —el liberal El Baradei, el naserista Hamdin Sabahi y el antiguo ministro de Mubarak, Amr Moussa— se reunieron en secreto con altos mandos militares, buscando su apoyo para expulsar a Mursi. El mensaje del ejército fue que actuarían si hubiera suficiente gente en la calle como para justificarlo[7].

Al final, las protestas que se iniciaron el 30 de junio fueron más grandes incluso que las de 2011; las estimaciones más bajas hablan de 17 millones de manifestantes. Este salto cuantitativo también supuso un cambio cualitativo. Lugares que no se movilizaron en 2011 esta vez lo hicieron; millones de personas salieron a la calle por la primera vez. Una pequeña parte fueron seguidores de los feloul, pero estas protestas fueron sobre todo un claro reflejo de la población egipcia: gente trabajadora, gente pobre. La gente que sufrió con Mubarak, luego con el SCAF y aún más con Mursi —debido a sus nuevas medidas de austeridad— estaba harta. En Egipto hay miles de activistas que llevan luchando desde 2011 (o antes) y saben que no pueden fiarse del ejército. Pero los millones de personas que acaban de sumarse a la actividad política lo tendrán que aprender por ellas mismas.

Así que cuando en la noche del 3 de julio el general Sisi, Ministro de Defensa, anunció la destitución de Mursi, las plazas estallaron en celebraciones por su victoria. Sí fue una victoria de la movilización, pero también fue un golpe militar. El movimiento fue lo suficientemente fuerte —sobre todo, sumado a las contradicciones entre las diferentes fuerzas que mandan en Egipto— como para forzar la caída de Mursi; pero no tuvo ni la fuerza ni la cohesión política necesarias para poner otra cosa en su lugar. Por ahora, este poder sigue en manos de los de arriba.

Contradicciones de la situación actual

El militante del GSR y conocido bloguero, Hossam El Hamalawy, tuiteó sobre el golpe: “Mursi no es Salvador Allende, pero Sisi es definitivamente el Pinochet de Egipto”. Debe quedar claro que Mursi no es Allende aunque, igual que el dirigente chileno, él mismo había puesto en su cargo al golpista. Por otro lado, resulta que Sisi se ha aficionado a unas gafas de sol muy parecidas a las del genocida chileno. Seguramente le gustaría convertirse en el Pinochet egipcio, reprimiendo definitivamente las luchas desde abajo y restaurando la confianza de los ricos; por eso Hossam tenía toda la razón. Así lo confirman las masacres llevadas a cabo contra partidarios de los HHMM y el encarcelamiento de sus dirigentes, así como la fuerte campaña de propaganda que tilda a la hermandad de “terrorista”.

Pero hay un abismo entre los deseos de Sisi y su situación real. Pinochet masacró a la izquierda y a los sindicalistas; los golpistas egipcios han tenido que invitarlos a formar parte del nuevo gobierno. El Vicepresidente es Hamdin Sabahi, miembro fundador de Kifaya y participante en la Conferencia del Cairo. El Ministro de Trabajo es Kamal Abu Eita, presidente de la Federación Egipcia de Sindicatos Independientes (EFITU) y activista clave del nuevo movimiento obrero. Esto no implica que el gobierno sea progresista, y sindicalistas de izquierdas han criticado a Abu Eita por su participación[8]. Éste es un golpe militar, sí, pero atípico. Los militares convocaron a la población a manifestarse el viernes, 26 de julio, a favor del ejército y su “lucha contra el terrorismo” —es decir contra los HHMM— y millones de personas lo hicieron[9]. Por ahora, es un golpe que depende del apoyo popular, no del terror generalizado. En este sentido, Sisi es un Pinochet cuyo 11 de septiembre (fecha del golpe chileno, cuyo 40 aniversario es este año) aún no ha llegado.

Pero la amenaza es real, y sería peligrosísimo fomentar ilusiones en el ejército. Esto es exactamente lo que hace el Partido Comunista de Egipto, al declarar que: “Nuestras valientes fuerzas armadas reafirmaron su profunda devoción, lealtad absoluta a su pueblo…” etc. etc[10]. La trágica ironía es que en Chile el partido comunista dijo casi lo mismo respecto al ejército, pocos meses antes del golpe de 1973[11].

La histórica feminista egipcia, Nawal El Saadawi, también alabó al ejército y la policía, diciendo que “sirven al pueblo”[12]. ¿Cómo puede una feminista olvidarse tan fácilmente de las “pruebas de virginidad” y demás?

El problema es que la vieja izquierda —el estalinismo y el nacionalismo árabe— nunca ha entendido el islamismo político, nunca le ha perdonado el haber sabido crecer gracias a sus errores[13]. Así que, debilitada y confusa, esta vieja izquierda apoya a cualquiera que vaya contra los islamistas. Hace 20 años respaldaron el sangriento golpe de Estado en Argelia; ahora apoyan la guerra sucia de Assad en Siria. Su entusiasmo por los militares egipcios es parte del mismo patrón.

Sobran motivos para rechazar a los generales. ¿Esto implica apoyar a Mursi? Así lo afirma Santiago Alba Rico, en general un magnífico analista. Escribió que “el deber democrático de la izquierda […] [es] apoyar el derecho de los islamistas a gobernar, si así lo decide la mayoría, junto a nuestro derecho de combatirlos y vencerlos, y hacer luego la revolución, sin recurrir al ejército”[14].

El problema es que, independientemente de las maniobras desde arriba —que ya sabemos que las hubo— gran parte de la población salió a la calle para protestar contra Mursi y los HHMM, y tenía buenos motivos para “combatirlos” sin esperar a un futuro indefinido. Los fans de izquierdas del golpe recitan largas listas de los crímenes cometidos por Mursi. Tristemente, las acusaciones son ciertas; la represión, los asesinatos, las violaciones en grupo, las políticas de austeridad, la continuada alianza con Israel… Cuando millones de personas rechazan todo esto, no es tarea de la izquierda decirles que se equivocan y que deben aceptar al dirigente responsable.

El problema con el Partido Comunista de Egipto y el resto es que pasan por alto el hecho evidente de que todo esto sólo podía ocurrir gracias al ejército y la policía. Muchas agresiones a manifestantes fueron obra de matones de los HHMM, pero todas las agresiones contaron con al menos el beneplácito de las fuerzas de seguridad, y en la mayoría de los casos éstas las protagonizaron directamente. Las agresiones sexuales las llevan a cabo HHMM, feloul y las “fuerzas del orden”.

Como ha declarado el GSR: “Los crímenes de Mursi se cometieron junto a los militares, la policía y el Estado de Mubarak. Todos ellos deben ser juzgados conjuntamente. Dar al viejo Estado un mandato para que sus órganos represivos hagan lo que quieran con sus cómplices de ayer sólo les dará carta blanca para reprimir a toda la oposición más tarde”[15].

El reto es evitar caer en la falsa dicotomía —apoyar a uno u otro de los “cómplices de ayer”— y luchar por una alternativa. No es fácil pero es la única salida.

Creando la alternativa

Tras el golpe del 3 de julio, el callejero político del Cairo dio otro de sus giros, para reflejar la polarización política del país. La Plaza Tahrir, casi siempre el símbolo de la revolución, se ha convertido en una fortaleza de apoyo al golpe. Otras plazas de la capital egipcia son campamentos de los HHMM para exigir la restitución de Mursi.

Una pequeña muestra de que es posible plantear otra opción la proporciona “la tercera plaza”; un espacio creado a finales de julio por activistas de izquierdas —incluyendo al GSR—, Facebookeros, islamistas progresistas… que reivindican los objetivos de la revolución del 25 de enero de 2011 y se oponen a Mursi y a los militares[16]. Por el momento, su valor es principalmente simbólico; donde las principales fuerzas mueven a cientos de miles de personas, aquí suman unos pocos centenares. Aún así, un representante de Tamarod les ha atacado, tildando la tercera plaza de obra de los islamistas y condenando sus críticas al ejército[17]. Este hecho confirma la decadencia de Tamarod desde que abrazó a los generales y a los feloul.

Pero también plantea otra cuestión. Si Tamarod, originalmente una iniciativa muy positiva desde abajo, se ha convertido en todo lo contrario, ¿cómo se puede evitar que esto vuelva a ocurrir, por ejemplo con la tercera plaza?

Aquí debemos volver a lo que se resume al principio de este texto; la revolución es fruto de las diferentes luchas que se han ido reforzando e inspirando mutuamente de tal manera que se han convertido en inseparables; demandas democráticas, económicas, contra la opresión, contra el imperialismo y en solidaridad con el pueblo palestino… La sucesiva caída de dirigentes y gobiernos se ha debido a su incapacidad de dar respuesta a estas demandas. Cualquier iniciativa política que intente conseguir una de estas demandas excluyendo las demás —en este caso, una democracia abstracta, contra Mursi; y de la mano de los enemigos de la democracia, sin hablar de la justicia social— está condenada al fracaso o incluso a traicionar la revolución.

Por supuesto, los movimientos y las luchas parciales son imprescindibles e inevitables, pero hace falta que al menos un sector de estos movimientos mantenga la perspectiva global y que luche por ella. Es imprescindible una izquierda revolucionaria, organizada, cohesionada y capaz de participar —con propuestas concretas y una visión global— en el conjunto del movimiento.

En Egipto, igual que en el resto del mundo, el problema se llama capitalismo y la solución pasa por crear una alternativa anticapitalista.

Sin embargo, ante la dificultad de este proyecto, incluso gente revolucionaria puede flaquear. Una activista de un grupo de se escindió del GSR al principio de la revolución explicó que “nuestra corriente reconoció que hace falta un partido que nos una a todos. La sociedad no está preparada para un partido radical”[18]. Se unieron a fuerzas reformistas en el Partido de la Alianza Socialista Popular (SPAP), que consiguió algunos escaños en el parlamento. Pero el SPAP a su vez se sumó al Frente Nacional de Salvación con los liberales y los feloul, y ahora apoya a los militares. Ya antes del golpe, los sectores revolucionarios del partido rechazaron estas alianzas, pero la cúpula no les hizo mucho caso[19].

El reto para crear una alternativa anticapitalista es mantener los principios, pero no ser una secta, como temían estos compañeros y compañeras.

El hilo conductor es la clase social. Mursi intentó unir a la gente tras él con un discurso religioso; los militares con un desempolvado naserismo o nacionalismo egipcio, suplementado para algunos con la islamofobia. Para superarlos hace falta la unidad basada en la clase social. La única que tiene un interés indisoluble en la democracia real, en la igualdad social, en la justicia para el pueblo palestino… es la gente trabajadora y pobre. Es ésta la que ganaría con el impago de la deuda, dedicando el dinero a los servicios públicos (la deuda estatal se debe sobre todo a los ricos egipcios). Es la que no teme que una ruptura con Israel perjudique sus negocios. Ésta ha sido la principal perjudicada por los años de dictadura.

Así que la construcción de una izquierda revolucionaria consecuente no pasa por elaborar textos teóricos de espaldas a los movimientos de masas. El GSR, al menos, no lo ha entendido así. Se vuelca, como ha hecho desde el principio, en las luchas de clase, tanto dentro como fuera del lugar de trabajo.

Un dirigente del GSR explicó, en una entrevista muy completa, que las recientes manifestaciones: “se producen en el auge de la mayor ola de huelgas que hemos visto nunca en Egipto. En los meses anteriores al 30 de junio […] hemos tenido el nivel de huelgas más alto de todo el mundo… aproximadamente 500 huelgas a la semana, como promedio”[20].

Por otro lado, el GSR aboga por la construcción de “comités populares para […] proteger nuestra revolución, que no decaerá hasta que se derroque al régimen y se gane el pan, la libertad y la justicia social”[21].

La paradoja es ésta: la construcción de una alternativa de masas, de clase, requiere que la minoría de gente socialista revolucionaria se organice políticamente, de manera independiente; por otro lado, esta organización revolucionaria sólo tiene sentido en la medida en que participe en las luchas reales de masas.

Para terminar, una última muestra de que el gobierno golpista-liberal no lo va a tener fácil. El 1 de agosto se informó de que la plantilla de la gigante fábrica textil de Mahalla había ganado una huelga —con más vacaciones pagadas para el final del Ramadán y el cobro de pluses— al cabo de tan sólo 8 horas[22]. Es un muy buen indicio de que la clase trabajadora egipcia no ha sido derrotada, ni por asomo. Ésta —y no el ejército o la vuelta de Mursi— es la esperanza para la victoria real y completa de la revolución egipcia.






Notas

[1] David Karvala, “La Intifada egipcia”, La Hiedra, mayo 2008. http://bit.ly/17AmFn3

[2] Olga Rodríguez, El minotauro anda suelto, 1/06/2011. http://bit.ly/1bfD8RO

[3] Diego Mendoza analiza todo el proceso en detalle en “Egipto: análisis de una revolución en marcha”, La Hiedra, mayo-agosto 2013. http://bit.ly/149rW33

[4] Marwan Bishara, Al Jazeera, 28/07/13. http://aje.me/16D83Xa

[5] Se ha creado una impresionante red, “Operation Anti Sexual Harassment”, para parar estas agresiones, con grupos mixtos de respuesta rápida en Tahrir. Ver Regina Martínez: “Tahrir: sobre agresiones sexuales y revoluciones puras”, enlucha.org, 11/07/2013. http://bit.ly/14pe6hg

[6] Lally Weymouth, “An interview with Mohamed El Baradei, who hopes for reconciliation in Egypt”, Washington Post, 2/08/13. http://wapo.st/13RcPMy

[7] Charles Levinson y Matt Bradley, “In Egypt, the ‘Deep State’ Rises Again”, Wall Street Journal, 19/07/13. http://on.wsj.com/18ebyT4

[8] Joel Beinin, entrevistado en opendemocracy.net, 29/07/2013. http://bit.ly/16xLZeF

[9] La izquierda revolucionaria, incluyendo al Grupo Socialista Revolucionario, se desmarcó de la convocatoria. Ver GSR, “Not in our name!”, socialistworker.co.uk, 25/07/13. http://bit.ly/13mVHOK

[10] Egyptian Communist Party, “Triumph of the Revolution of the great Egyptian People”, 3/07/13. http://bit.ly/13RdugX

[11] “Gracias a […] la lealtad de las fuerzas armadas y la policía”, discurso del Secretario General del PCCh, 8/07/73. http://bit.ly/17AnrAu

[12] Nawal El Saadawi, “A People’s Revolution, Not a Crisis or Coup”, islamicommentary.org, 8/07/2013. http://bit.ly/1evya2Z

[13] David Karvala, “La izquierda y el Islam”, La Hiedra, junio 2011. http://bit.ly/16xMTYr

[14] Santiago Alba Rico, “Egipto: el suicidio de la revolución”, Cuarto Poder, 5/07/2013. http://bit.ly/133OxEc

[15] GSR, “Not in our name!”.

[16] Shahira Amin, “Third Square movement hopes to unite Egyptians”, indexoncensorship.org. http://bit.ly/149uv54

[17] Daily News Egypt, 31/07/2013. http://bit.ly/1ckad31

[18] Red Pepper, febrero de 2013. http://bit.ly/16Fd1ma

[19] Philip Marfleet, “Egypt: The workers advance”, International Socialism 139. Verano de 2013. http://bit.ly/1ckat1M

[20] Sameh Naguib, entrevistado en opendemocracy.net, 29/7/2013. http://bit.ly/19Sv8rU

[21] GSR, “Not in our name!”.

[22] menasolidaritynetwork.com, 1/08/13. http://bit.ly/13p20Bv