dimecres, 1 d’octubre de 1997

¿En qué deberíamos ser como el Che?

Artículo aparecido en Socialismo Internacional no. 23, octubre de 1997. Apareció por primera vez en Murros, entonces la revista de Kommunistinuoret, la juventud comunista de Finlandia, que llegó a ser Sosialistiliitto, la Liga Socialista.

Treinta años después de su asesinato, millones de personas en todo el mundo todavía miran hacia la figura de Che Guevara. En un mundo cuya política está dominada, por un lado, por los discípulos del neoliberalismo —defensores sin críticas de un sistema que produce pobreza y guerra— y por el otro, los partidos “socialistas” —que aceptan que el dinero y el mercado son más importantes que las necesidades de la gente—, su ejemplo de lucha y autosacrificio sobresale. Representa la imagen de un revolucionario de verdad, realmente comprometido en la lucha contra la opresión, y por un cambio del mundo.

Pero ¿qué podemos aprender del pensamiento del Che que nos ayude en nuestras luchas hoy en día?


La vida del Che

Che nació en Argentina en 1928, en una familia acomodada. De joven estudió medicina, y viajó por América Latina, viendo así de primera mano los problemas que sufría la gente de ese continente. En 1954 vio derrumbarse al gobierno democrático de Guatemala a manos de esbirros de los Estado Unidos. Estas experiencias le llevaron a que en 1955, cuando conoció a Fidel Castro —recién liberado de la cárcel, donde había permanecido después del fracasado ataque al cuartel de Moncada, el 26 de julio de 1953— coincidiese con sus ideas.

Tanto Che Guevara como Fidel Castro veían el sufrimiento de la gente de América Latina y querían luchar por aliviarlo. Habían visto los límites de las reformas pacíficas. Ninguno de los dos tenía ilusiones en los partidos comunistas latinoamericanos, que tenían una historia de seguidismo de la línea impuesta por la URSS, y de aliarse, cuando era requerido por sus jefes, con cualquier dictador local que interesara a Moscú. El Partido comunista cubano había colaborado con Batista, el dictador de Cuba, y más tarde tacharía al movimiento de Castro de “aventurista”.

A finales de 1956, Che Guevara formó parte del grupo que embarcó hacia Cuba en el barco Granma, para empezar la lucha guerrillera en la isla como el Movimiento 26 de julio. El puñado de hombres que sobrevivieron al desembarque creció poco a poco, y comenzaron a marcar victorias militares. Pero es importante destacar que el ejército guerrillero nunca llegó a exceder la cantidad de mil guerrilleros: siempre fue una minoría ínfima que luchaba “en el nombre” de la masa de población.

El gobierno de Batista estaba internamente debilitado por la corrupción y por su incapacidad de cumplir las demandas de sus propios seguidores. El 1 de enero de 1959, Batista huyó, y los guerrilleros ocuparon su vacío de poder.

El Movimiento 26-J formó un Gobierno comprometido en reformas y reconstrucción nacional. El problema consistió en que cualquier reforma iba a chocar con los intereses del gran capital que controlaba la economía isleña, sobre todo, el azúcar. En los primeros años después de la revolución hubo un proceso en ascenso por el cual reformas menores comportaron represalias de los Estados Unidos, que habían dominado el comercio exterior de Cuba, provocando así más reformas para contestar la repuesta estadounidense.

Fue como parte de este proceso que el grupo de Castro se acercó a la URSS y, dentro de Cuba, empezó a integrar al liderazgo del Partido comunista cubano en la administración del país. La URSS tenía los recursos económicos que a Cuba le faltaban, mientras que el Partido comunista tenía mucha más base social que el Movimiento 26-J —necesaria si iban a controlar efectivamente la sociedad cubana—.

Che Guevara jugó un papel central en los cambios económicos, fue jefe de finanzas entre 1959-61, y Ministro de Industria entre 1961-65. En estos últimos años, el Che empezó a expresar discrepancias en su actitud hacia la economía y la sociedad. Las propuestas que provenían de la URSS se basaban exclusivamente en estímulos materiales: pagos al trabajo a destajo que premiaban con ingresos más altos, castigando a aquellos que no podían acceder al ritmo requerido. Che escribió acerca de la importancia de los “estímulos morales”, el estímulo de trabajar más para el bien común.

En la práctica el régimen utilizaba los estímulos materiales cuando podía, sólo dando más énfasis a los “estímulos morales” cuando no había recursos para premiar el trabajo más rápido. Los estímulos materiales eran torpes e injustos, pero los estímulos morales no fueron mucho mejores, porque de hecho la producción no fue para el bien común, sino para producir lo suficiente para sustentar la posición de Cuba en la economía mundial, e intentar acumular riqueza para que el régimen pudiera invertir.

La otra discrepancia del Che fue su insistencia en la idea de revolución internacional, que expresó en el lema “Crea dos, tres muchos Vietnams”.

Estas discrepancias llevaron al Che a dejar Cuba en 1965, para intentar extender la revolución internacional. En noviembre 1966 llegó a Bolivia para empezar una lucha guerrillera con un grupo reducido de compañeros. Después de casi un año de condiciones cada vez peores en la selva boliviana, y de fracasar en el establecimiento de un movimiento de verdad —el partido comunista de Bolivia obstaculizaba sus esfuerzos— su grupo fue capturado, y Che fue asesinado el 9 de octubre de 1967.

¿La alternativa del Che para Cuba?

Hoy, Cuba está aun más lejos del idealismo de sus principios, que en los tiempos del Che.

Ahora Castro va a encuentros internacionales con traje y corbata para atraer las inversiones extranjeras, recientemente se anunció la primera zona franca en Cuba. Se están construyendo hoteles turísticos superlujosos, mientras la gente corriente sufre apagones y sus casas se desmoronan. Cuba se plantea exportar bio-tecnología, mientras muchos niños dependen de la caridad europea para recibir el material básico en las áreas de salud y educación.

Pero, ¿ofreció el Che una alternativa? El problema central de Cuba nunca ha sido la táctica específica seguida por sus dirigentes, en su empeño por sobrevivir dentro de la economía mundial capitalista, sino que ha sido la idea de que era posible crear una isla socialista dentro de un mundo capitalista. No fue posible en Rusia y decididamente no ha sido posible en un país más pequeño y sujeto a presión imperialista, como es Cuba.

La propia dinámica de su supervivencia les llevó a alinearse con la URSS, callándose cuando la burocracia estalinista oprimía a los trabajadores y a las minorías nacionales, así como apoyando la invasión rusa de Checoslovaquia en 1968. Implicó el establecer relaciones amistosas con el gobierno mexicano, incluso cuando reprimía a movimientos populares —los ataques a los zapatistas es sólo un ejemplo reciente—.

La URSS ayudó a Cuba por sus propios intereses geopolíticos, tal como los EE.UU. ayudan a Israel y a Egipto. Como en el caso de Israel, esta ayuda posibilita avances materiales imposibles de alcanzar de otro modo, pero esto no es el socialismo. Che no tenía ninguna alternativa real para el desarrollo nacional de Cuba, a la del COMECON. El camino seguido por Cuba en la transferencia de su dependencia de los EE.UU. a la URSS, la llevó a que el colapso de los regímenes estalinistas, en Europa del este, le causara una crisis profunda.

El Che y la lucha armada

No obstante, la gente inspirada por Che Guevara mira, sobretodo, hacia su compromiso con la lucha armada para conseguir la revolución internacional. ¿Hasta qué punto son válidas sus ideas como un modelo a seguir?

Che plasmó sus ideas sobre la lucha guerrillera en su libro Guerra de guerrillas, de la siguiente manera:

“1º Las fuerzas populares pueden ganar una guerra contra el ejército.

2º No siempre hay que esperar a que se den todas las condiciones para la revolución; el foco insurreccional puede crearlas.

3º En la América subdesarrollada el terreno de la lucha armada debe ser fundamentalmente el campo”.

En cierto sentido, la experiencia trágica del Che en Bolivia resultó del hecho de poner en práctica la teoría de la lucha guerrillera, con el resultado ya conocido por todos.

No obstante, miles de revolucionarios por todo el mundo siguieron poniendo en práctica estas ideas, con resultados similares. Analizaremos esta teoría paso a paso.

El primer punto es cierto, en el sentido de que un movimiento de masas puede derrotar la fuerza militar de un estado, pero tiene que ser una lucha de masas. Un grupo guerrillero llevando a cabo una campaña estrictamente militar tiene muy pocas posibilidades de éxito. Las circunstancias específicas que se dieron en Cuba hacen de ésta un excepción que no se ha repetido con otros movimientos guerrilleros, los cuales han acabado en fracaso en el resto de América Latina, desde los 60. El relativo éxito en Nicaragua, en 1979, radica en que fue un movimiento basado en las masas y no tan sólo en la guerrilla.

El segundo punto nos puede llevar a sacar conclusiones muy peligrosas. Se basa en una falsa concepción del marxismo revolucionario. Los revolucionarios no esperan a que se den todas las condiciones para la revolución antes de actuar. Los marxistas participamos en las luchas para conseguir reformas, así como contra los ataques de los jefes. Paralelamente explicamos a la gente de nuestro alrededor, la necesidad de ir más allá de un aumento salarial o de ejercer una oposición activa al fascismo, para resaltar la necesidad de una lucha con un claro objetivo, el de derrotar al capitalismo mismo.

Los revolucionarios no crean la revolución a espaldas de los trabajadores. Incluso en 1917 después de la caída del Zar, el lema de Lenin para los bolcheviques era “explica pacientemente”, explicar a la masa de trabajadores, mediante ideas y las experiencias, fruto de la lucha, que una revolución era necesaria.

Fuera del propio momento de insurrección la tarea de los revolucionarios no es “crear la revolución”, sino que es el “crear revolucionarios” a través de nuestra participación activa en las luchas cotidianas. Sólo así es posible una genuina revolución de masas y no sólo la transferencia de poder a una minoría en el caso de Cuba, fue una minoría, claramente más progresista que el régimen de Batista, pero aún así fue una minoría .

En la mayoría de los casos el resultado no es el de Cuba, sino, por lo general, mucho peor. Estos revolucionarios no intentan crear movimientos de masas, se aíslan de ellos donde existen, dejándolos en las manos de los reformistas. El ejemplo de la lucha antifascista lo demuestra claramente.

En el Estado español encontramos una organización antirracista grande y moderada: SOS Racismo, que otorga mayor énfasis a la tolerancia y a las reformas legales, pero que se niega a enfrentarse directamente a los grupos fascistas en paulatino crecimiento. Por otro lado hay grupos antifascistas mucho más radicales, pero muy pequeños, y que siguiendo la línea del Che se ven a ellos mismos como “el arma” contra el fascismo. No saben ni intentan movilizar a la masa de trabajadores, vecinos, etc.

En Gran Bretaña, en cambio, los revolucionarios del Socialist Workers Party (SWP) se han sabido organizar conjuntamente con mucha otra gente, la cual discrepa en diferentes temas, pero que sí quiere derrotar a los nazis. De esta forma se pudo convocar una manifestación de 60.000 personas, cuyo objetivo era directamente la sede fascista. El SWP solo, no podría derrotar a los nazis, pero por el hecho de construir un movimiento de masas los derrotaron en los 70 y están en vías de volverlo a conseguir en los 90. Esto es un ejemplo del no sentarse a esperar las condiciones revolucionarias, pero tampoco pretender que estas se puedan inventar, es un forma de relacionarse con las luchas reales intentando siempre sacarlas adelante, con la meta final de una revolución.

En el último punto el Che nos habla de que “el terreno de la lucha armada debe ser fundamentalmente el campo”.

Che vio a los trabajadores como una minoría privilegiada. Los marxistas desde Marx y Engels siempre han reconocido que los trabajadores tienen una posición específica en el capitalismo, como una clase que está obligada a luchar colectivamente para defender sus intereses, y que en el curso de esta lucha pueden ir mucho más allá del problema inmediato, para cuestionar todo el sistema. Los campesinos, en cambio, no tienen ese interés colectivo para luchar juntos. Marx les describió como patatas dentro de un saco, tan sólo unidos por una fuerza exterior. Esta fuerza podría ser la clase trabajadora o, al igual que en Cuba, podría ser un grupo de guerrilleros, no de la clase trabajadora sino de la clase media intelectual, que acaba substituyendo a las masas.

El hecho de poner el énfasis en el campo ya fue una equivocación en el tiempo del Che, y lo es aún más en la América Latina de hoy. Hay una clase trabajadora, a menudo muy combativa, en cada país latinoamericano. Últimamente ha habido huelgas generales en Bolivia, Argentina, etc. En Brasil en los años 80 se desarrolló un movimiento obrero enorme, con el CUT, un sindicato de masas, y el PT, originalmente un partido obrero radical, ahora mucho más moderado, pero todavía el mayor partido obrero del mundo. Éstos son sólo unos ejemplos que muestran que en América Latina el terreno de lucha es la ciudad y la fábrica, y que muchas veces estas están muy lejos de considerarse subdesarrollada. Lo mismo se puede decir de Sudáfrica, Corea del Sur, Tailandia y muchos otros países del llamado “Tercer Mundo”.

El espíritu revolucionario


Los pioneros, organización estatal para niños en Cuba, tiene como lema “Seremos como el Che” . En realidad ser como el Che debería implicar romper con el burocratismo de los partidos comunistas, dedicados casi exclusivamente a la política institucional. Debería ser llegar a la lucha por la revolución internacional, y a la comprensión de que ningún país aislado puede llegar al socialismo, por mucho que se sacrifique.

Deberíamos celebrar el espíritu de lucha revolucionaria del Che, pero un espíritu de lucha no es suficiente. Si fuera así, el pueblo cubano no estaría padeciendo las condiciones actuales.