diumenge, 1 d’octubre de 2006

Hungría 1956: lecciones para hoy

"Revolución contra el estalinismo": artículo aparecido en En lucha No 121, Octubre de 2006

El mes pasado, los telediarios hablaban de manifestaciones contra un Gobierno “izquierdista” en Hungría. Los reporteros sacaron paralelos con la revolución contra el viejo sistema estalinista, hace 50 años.

Desde 1956 mucha gente, tanto de derechas como de izquierdas, ha aceptado el mito de que aquella sublevación representase un movimiento de derechas (incluso fascista) frente a un gobierno comunista.

Pero la verdadera historia de la revolución húngara de 1956 nos revela algo muy diferente; una lucha desde abajo contra la opresión, que puede enseñarnos mucho al movimiento de hoy.

A los países del Este de Europa se los solían llamar comunistas. Pero lo que se creó tras la Segunda Guerra Mundial fue un sistema como el de la Rusia estalinista; un capitalismo de Estado, donde los trabajadores y campesinos eran explotados por el Estado en los intereses de la alta burocracia.

El fin del fascismo en 1945 trajo mejoras a Hungría, pero a finales de los 40 el nivel de vida de los trabajadores empezó a caer, y la sociedad se volvió cada vez más represiva. La AVH (la policía de seguridad húngara) espiaba y llevaba a cabo torturas horribles.

Todo lo que ocurría en Hungría estaba sometido a la URSS. Los acuerdos firmados al final de la guerra por Stalin y los dirigentes estadounidense y británico habían dividido Europa en esferas de influencia, y en el Este el poder le tocaba a Rusia.

La muerte de Stalin en 1953 sólo rompió el hielo brevemente. Pero, en febrero de 1956 Jruschov, el nuevo dirigente ruso, convencido de que el legado de Stalin se había convertido en un lastre para la URSS, denunció muchos de los crímenes estalinistas en un discurso secreto ante el XX Congreso del Partido Comunista. El discurso no tardó mucho en conocerse, y dado que en el Este se seguía fielmente cada directiva rusa, se abrió una crisis en estos países.

En Hungría, se reabrieron las divisiones en el seno de la clase dirigente que ya habían aparecido en 1953. Así, se creó un espacio para el debate, inicialmente entre los intelectuales jóvenes, miles de los cuales reivindicaban la democratización. Esto, a su vez, aumentó la crisis entre la cúpula.

Estalla la revolución

Lo que detonó la revolución fue algo aparentemente lejano. La crisis había aupado a un nuevo dirigente “reformista” en Polonia, Gomulka, que cuestionaba elementos del poder ruso. El 23 de octubre, los estudiantes húngaros se manifestaron en solidaridad con los polacos. La burocracia húngara vaciló entre sus intentos por reprimir o ignorar la manifestación.

Cuando dicha burocracia optó finalmente por la represión, fue demasiado tarde. Los estudiantes habían enviado delegaciones a las fábricas, y el descontento subyacente hizo que los trabajadores se uniesen a la manifestación. Es más, una muchedumbre ante la sede de la radio pedía que se emitiesen las demandas de los estudiantes, esencialmente las de reformas democráticas. Los disparos de la AVH contra los concentrados desataron la revolución.

Pocas horas después, la gente estaba armada y luchando en las calles contra la AVH. Empezó una huelga general. Los soldados rasos optaron entre la neutralidad —que en ese momento significaba entregar sus armas a la gente— y sumarse activamente a la revolución.

La reacción de los dirigentes estalinistas fue pedir la intervención militar de la URSS. La intervención fue inmediata, debido a la presencia en Hungría de tropas rusas. Pero habiendo vivido en Hungría, estas tropas se negaron a reprimir la revolución, y se sumaron con sus tanques a los sublevados (o bien se retiraron a sus bases).

El poder desde abajo
Durante un tiempo, existió en Hungría una situación de “poder dual”.

Por un lado estaban los órganos del viejo Estado; debilitados y fracturados, pero no destrozados. El Gobierno del momento era reformista, pero la mano dura de siempre podía volver en cuanto existiese la posibilidad de aniquilar a los que amenazaban al sistema.

Por otro lado, estaban los comités revolucionarios basados en la democracia directa de las personas; control de sus propias fábricas, escuelas, ciudades… La revolución reveló cómo en medio del caos, la gente de a pie empezaba a crear otro mundo mejor.

El mejor testigo que tenemos de este proceso fue un periodista comunista, Peter Fryer, enviado por el PCGB (Partido Comunista de Gran Bretaña). La experiencia hizo que rompiese con el estalinismo, y se volviese un revolucionario internacionalista. Describió los nuevos órganos de poder popular: “Los comités se llamaban indiferentemente ‘nacional’ o ‘revolucionario’. En su origen espontáneo, en su composición, en su sentido de responsabilidad… estos comités, de los cuales una red se extendía por toda Hungría, fueron sorprendentemente uniformes. Fueron a la vez órganos de insurrección —la unión de delegados elegidos por fábricas y universidades, minas y unidades del ejército— y órganos de autogobierno popular, en los que el pueblo armado confiaba. Como tal, disfrutaban de una enorme autoridad, y no es ninguna exageración decir que hasta el ataque soviético del 4 de noviembre el poder real en el país estaba en sus manos.

Por supuesto, como en toda revolución auténtica ‘desde abajo’, hubo ‘demasiado’ hablar, discutir, pelearse, ir y venir, espuma, excitación, agitación… Es una parte del cuadro. La otra es el surgimiento hasta el liderazgo de hombres, mujeres y jóvenes de a pie a los que la policía AVH había mantenido sumergidos. La revolución los empujó adelante, desató su orgullo cívico y su genio latente por la organización, y los puso a construir una democracia sobre las ruinas de la burocracia. “Puedes ver a la gente desarrollándose día en día, me dijeron.”

No fue un proceso pacífico, ya que muchos agentes de la odiada AVH acabaron colgados de las farolas —las experiencias contadas por los presos liberados tras años de cárcel y torturas tuvieron su impacto—, y algunos burócratas estalinistas también perecieron o sufrieron palizas. Pero muchos más comunistas de base, según Fryer, “habían, por fin, encontrado la revolución de sus sueños”.

Pero el poder dual siempre es una situación inestable. Si el movimiento desde abajo no toma todo el poder en sus manos derribando totalmente al viejo Estado, tarde o temprano éste encontrará la oportunidad para reestablecerse y ahogar en sangre a los que le amenazan.

El final
El 4 de noviembre, los dirigentes estalinistas invadieron otra vez con nuevas tropas. Por temor a que ellas también se infectasen con el virus revolucionario, no se les permitía bajo ninguna circunstancia hablar con los húngaros.

Los trabajadores húngaros resistieron armados durante 6 días. Incluso después, intentaron negociar sus demandas democráticas con las fuerzas de ocupación, pero al final el nuevo Gobierno burocrático se impuso. Ejecutó a más de mil personas, y muchos más pasaron años en la cárcel.

Cincuenta años más tarde, y en un mundo en que nos dicen que las revoluciones no sirven para nada, su ejemplo debe ser recordado, por muchos motivos.

Primero, rompieron la idea de que el socialismo significa un Estado autoritario. Aunque la mayoría de sus participantes no lo planteasen así, los comités que surgieron durante la revolución fueron un modelo de cómo se podría empezar a construir, desde abajo, una sociedad genuinamente socialista.

Segundo, que una revolución no puede ganar de forma decisiva sólo en un país. En 1956 se vio cómo se podían ganar a las tropas, incluyendo a muchas del país ocupante. Fue un ejemplo del internacionalismo que necesitamos. En el mundo globalizado de hoy, hará falta aún más.

Y por último, que las revoluciones y las sublevaciones nunca son perfectas; seguro que se cometieron errores, seguro que personas inocentes cayeron entre los opresores ajusticiados, pero la mejor respuesta a estos problemas no es abandonar la lucha por un mundo mejor ni soñar que todo se pueda hacer sólo con medios pacíficos (los dirigentes del viejo sistema o del poder imperialista asegurarán que esto sea imposible). La solución dentro del movimiento es conseguir una mejor organización, una red de activistas conscientes —es decir, lo que los marxistas llaman un partido revolucionario— que sea capaz de corregir estos errores y, sobre todo, de dar más impulso a las luchas. Porque el mayor error de una revolución suele ser el de quedarse a medias, de no dar el paso adelante decisivo cuando hace falta.

Con todo, y a pesar de ser derrotados, los trabajadores y campesinos húngaros nos dejaron un ejemplo esencial sobre cómo se puede y se debe impulsar una revolución incluso, a veces, contra un Gobierno que dice hablar en nombre del socialismo.

Dejemos las últimas palabras a Peter Fryer: “Aquí había una revolución, para ser estudiada no en las páginas de Marx, Engels y Lenin, por muy importantes que éstas sean, sino ocurriendo aquí en la vida real, ante los ojos del mundo. Una revolución de carne y hueso con todas sus limitaciones y contradicciones y problemas: los problemas de la vida misma.”