divendres, 1 de setembre de 2000

Globalización: Mito y realidad

Este artículo apareció por primer vez en En lucha Nº 54, septiembre del 2000

La palabra globalización está de moda desde hace ya tiempo. Algunos dicen que es lo que superará todos los problemas de la humanidad, cual una feliz aldea global conectada por Internet y teléfonos móviles. Otros -con más razón- lo ven como un nuevo peligro para la gente corriente.

Pero lo que falta es una explicación de qué es, realmente, la globalización.

La economía globalizada

Algunos comentaristas se centran en cuestiones como Internet o la internacionalización de la cultura. Sin embargo, parece claro que la base de cualquier concepción de la globalización tiene que ser la internacionalización de la economía.

Se destacan las altas tasas de inversión extranjera, el crecimiento del comercio exterior y la creación de empresas multinacionales cada vez mayores, como evidencia de un salto cualitativo hacia una economía globalizada, diferente de todo lo conocido anteriormente.

Pero la verdad es que esta internacionalización no es tan nueva.

"Espoleada por la necesidad de dar cada vez mayor salida a sus productos, la burguesía recorre el mundo entero. Necesita anidar en todas partes, establecerse en todas partes, crear vínculos en todas partes.
"Mediante la explotación del mercado mundial, la burguesía ha dado un carácter cosmopolita a la producción y al consumo de todos los países... Las antiguas industrias nacionales han sido destruidas y están destruyéndose continuamente. Son suplantadas por nuevas industrias (...) que ya no emplean materias primas indígenas, sino materias primas venidas de las más lejanas regiones del mundo, y cuyos productos no sólo se consumen en el propio país, sino en todas las partes del globo... En lugar del antiguo aislamiento y la autarquía de las regiones y naciones, se establece un intercambio universal, una interdependencia universal de las naciones."

Así escribieron Marx y Engels en el Manifiesto comunista ya en 1848.

En su época, estas palabras eran más una predicción que una descripción de la situación reinante. Sin embargo, a finales de siglo XIX ya se habían cumplido. Entre 1848 y 1914, el comercio mundial creció en un 900%. A finales del siglo XIX, la mitad de las inversiones británicas iban al extranjero.

Sorprendentemente, también hace un siglo, se hablaba de la globalización como la superación de los problemas del capitalismo.

El teórico de la socialdemocracia alemana, Karl Kautsky, argumentó que la integración de la economía mundial, y por lo tanto de los Estados, había llegado a tal extremo que era impensable, irracional, que un Estado declarase la guerra contra otro, dado que tal paso implicaría bombardear a sus propias fábricas.
Desafortunadamente para Kautsky, y más aún para la humanidad, poco después estalló la I Guerra Mundial, el mayor conflicto bélico nunca conocido.

Los marxistas revolucionarios Lenin, Bujarin y Luxemburg vieron el mundo de otra forma. Analizaron el imperialismo como un paso más en el desarrollo del capitalismo, que seguía siendo un sistema violento y explotador.

El imperialismo no implicaba la superación de las contradicciones del capitalismo, sino su extensión a nivel mundial. La competencia económica llevó a la competencia militar. La guerra no fue una aberración, sino que seguía la lógica del sistema.

Poco después de la I Guerra Mundial, vino el gran crack de 1929. Aquí, en una de las paradojas típicas del capitalismo, la competencia internacional y la creciente dependencia del Estado, por parte de los capitalistas en cada país, revirtió en una época de proteccionismo y de capitalismo de Estado.

Los capitalistas respondieron a la crisis encerrándose y, en diferentes grados, incluso fusionándose, con sus propios Estados. El caso más extremo fue el de la URSS, donde la contrarrevolución de Stalin produjo un capitalismo de Estado a un nivel del 100%. Pero, entre los años 30 y los 70 del siglo XX, todos los Estados controlaban sectores importantes de la economía, e intervenían en la economía nacional.

Se bautizó la versión occidental de este modelo como keynesianismo, ya que fue el economista británico Keynes el que había propuesto la intervención estatal como solución a las crisis económicas. Pero el período de boom, después de la II Guerra Mundial, no fue creado por una política keynesianista sino que fue el producto de la situación especial generada por la guerra fría, donde dos superpotencias tenían la capacidad económica de animar a toda la economía mundial con sus gastos armamentísticos.

En los 70, ya no podían sostenerse estos gastos y las crisis volvieron. El keynesianismo no pudo hacer nada.
La nueva ortodoxia a nivel doméstico fue el neoliberalismo: privatización, desregularización, y ataques a los servicios sociales. Para las empresas, otra respuesta a la crisis fue la búsqueda de la reducción de costes por medio de la internacionalización de la producción. De ahí el crecimiento de la inversión extranjera y el comercio exterior en los últimos 30 años.

La globalización no es una nueva época de paz y tranquilidad, sino el modelo actual de capitalismo. La I Guerra Mundial irrumpió en el anterior período de internacionalización del capital. Sólo con mirar la intervención de la OTAN en Kosovo, se ve que el estallido de guerras sigue siendo parte del capitalismo.
Como a principios del siglo XX, la internacionalización del capitalismo produce más peligro de guerras, no menos.

Globalización: ¿falso enemigo?


Alguna gente de izquierdas utiliza lo anterior para argumentar que la globalización es sólo un mito. Algunos, incluso, llegan a criticar las movilizaciones como las de Seattle o Praga, diciendo que "oponerse a la globalización es hacer apología al capitalismo nacional" y que es "reaccionario". Es verdad que la extrema derecha no tiene problemas para utilizar cualquier retórica -incluyendo la oposición a la globalización- con tal de avanzar en sus tesis, y deberíamos ser precavidos ante las "soluciones nacionales". Pero nadie puede pensar que Seattle representó un movimiento nacionalista o derechista. Pero hay otros problemas serios con este argumento.

Primero, aunque es cierto que ya existía mucho comercio internacional a principios del siglo XX, igual que hoy, hay diferencias entre los dos períodos; la historia nunca se repite exactamente. En el primer período, gran parte de este comercio se basaba en la extracción de materia prima de las colonias por parte de los países imperialistas: no se dio producción internacional como tal. Ahora, hay producción capitalista -no sólo la exportación de cacao, petróleo etc.- en todos los países del planeta. Y esta producción ha experimentado un grado de integración, sobre todo entre los países más industrializados, nunca visto antes.

Hace un siglo, el imperialismo se basaba en la competencia entre los diferentes países de occidente para conseguir partes de África, Asia y América Latina, con tal de obtener materias primas. La globalización abandona gran parte de estos continentes, sobre todo África, a la vez que se abre a enormes negocios entre la Unión Europea, América del Norte y Japón.

Otra diferencia es que hace un siglo, no se dieron movimientos enormes de capital financiero. Estos negocios multibillonarios no son la clave de la globalización, pero sí suponen un elemento muy desestabilizador, como se vio con la caída de las monedas de las "economías tigre" del sudeste asiático en 1997, lo que, a su vez, fue un factor en la revolución indonesia de mayo de 1998.

Este ejemplo lleva a la otra razón para no menospreciar la oposición a la globalización.
Un movimiento puede empezar culpando a un elemento específico del capitalismo, como causa de los problemas -por ejemplo, los grandes movimientos de capital- pero si se pone a luchar, se dará cuenta que es imposible aislar este factor del resto del sistema. Hoy en día, la lógica de la oposición hacia la globalización no es el convertirse en la apología para el capitalismo nacional, sino en una oposición al capitalismo en su conjunto. Hacer esta evolución depende, en parte, de la presencia en estos movimientos de gente que fomente y apoye este cambio. Otros querrán limitarlo todo a unos retoques al sistema, nada más.
Los que queremos ir más allá tendremos que organizarnos, para poder ofrecer argumentos y alternativas a los que dudan entre seguir adelante o echarse atrás.

La "impotencia" del Estado


Una de las ideas típicas asociadas con el concepto de la globalización es que los estados se quedan impotentes ante el mercado internacional y las multinacionales. Irónicamente -o tal vez no- son los dirigentes de los partidos socialdemócratas, que llevan un siglo defendiendo la idea de reformar el capitalismo desde el Estado nacional, los que ahora dicen que el Estado no puede desafiar al mercado. Dicen que no pueden desviarse de la política neoliberal -recortes sociales y privatización, junto con reducciones de impuestos para las empresas- porque las multinacionales simplemente se irían a otro país.

Obviamente, a la izquierda no nos gusta esta conclusión, pero ¿tiene fundamento su argumento?

Como se ha dicho arriba, a los capitalistas les es fácil mover millones de dólares tan sólo con presionar una tecla del ordenador. Pero esto es sólo capital simbólico. El capital de verdad, que consiste en fábricas, refinerías petrolíferas etc. no puede moverse tan fácilmente. Mover una fábrica de un país a otro es un proceso costoso que puede durar no segundos, sino años. Tampoco se trata de sólo trasladar un edificio y unas máquinas. Una fábrica en las afueras de Barcelona, puede contar fácilmente con un suministro de piezas, de proveedores conocidos. Tiene mano de obra cualificada. Posee una infraestructura para hacer llegar sus productos a los clientes. Y no se deja todo esto, sólo porque los salarios son más bajos en otro país.

Pero hay un fallo, más fundamental aún, en todo el argumento de la superación del Estado.

La globalización de las empresas empezó ya en la etapa anterior de capitalismo de Estado, y en base a ella. Las empresas se lanzan al mercado mundial, no como huérfanas, sino con el respaldo de su "hermano mayor", su Estado nacional. Si una empresa petrolífera tiene problemas en Oriente medio, no recurre a sus expertos en marketing, sino, en última instancia, al ejército de su país. Incluso en relaciones que se supondrían menos conflictivas, entre las empresas europeas y estadounidenses, el Estado tiene un papel que jugar.
Cuando, hace unos meses, Deutsche Telekom quería comprar una importante empresa de móviles en EEUU, el Gobierno estadounidense, lejos de su retórica de libre mercado, intentó bloquear la operación. La empresa alemana, a su vez, consiguió que la UE amenazara a EEUU con represalias, y la compra salió adelante.
Una empresa que no hubiese sido respaldada por un Estado fuerte, no habría podido realizar la compra.

Los lazos entre las empresas importantes -"multinacionales" o no- y su Estado nacional, van en ambas direcciones. Este hecho se ha visto recientemente en dos casos relacionados con Telefónica.
La dirección de Telefónica negociaba juntar esfuerzos con la empresa holandesa KPN. El Gobierno español se opuso al trato, alegando la participación estatal holandesa en KPN. A pesar de las quejas de la UE, la fusión se bloqueó.

Otro ejemplo fue la reciente salida de Villalonga de la dirección de Telefónica, que no fue más que una represalia tardía, pero clara, por la situación embarazosa que el ex-amigo de Aznar había creado, justo antes de las últimas elecciones generales, con sus "stock options".

La simbiosis, entre el Estado y las empresas basadas en su país, se expresa de mil maneras. La importancia actual de América Latina, como destino de las inversiones extranjeras españolas, está directamente relacionada con la influencia política en la zona del Estado español. El mismo interés de KPN en Telefónica fue, en gran parte, motivado por la posibilidad de aprovecharse de esta influencia en aquel continente, para favorecer sus propias inversiones.

La relación de los Estados con los capitales es contradictoria. Una empresa armamentística vendería armas a un enemigo de su Estado, si pudiera sacar beneficios sin causarse demasiados problemas, a la vez que, como toda empresa de armas, depende enormemente de los contratos estatales. Pero no es una situación en la cual el Estado quede impotente ante las empresas multinacionales y las fuerzas del mercado, sobre todo cuando se trata de los Estados de los países ricos.

Aunque, como los marxistas siempre han sabido, el socialismo no llegará mediante reformas estatales, pequeños cambios sí son posibles. Si los Gobiernos socialdemócratas no las hacen, es porque no quieren desafiar, ni mínimamente, a los capitalistas. Para ellos, la globalización es sólo una coartada para encubrir su fracaso político.

¿Cómo podemos luchar?


La cuestión más importante es cómo podemos responder a los ataques que se están produciendo en nuestras vidas -ya seamos de los países "avanzados" o de los países pobres-. Ataques que ya no vienen exclusivamente de la mano de los jefes nacionales, sino que son también impulsados por organismos como el Fondo Monetario Internacional o la Organización Mundial del Comercio.

Siempre tenemos que recordar el hecho básico de cualquier sociedad de clase: que nosotros no necesitamos a los ricos, pero ellos no pueden vivir sin nuestro trabajo. Este hecho no ha cambiado en absoluto con la globalización, al contrario. Si antes, la clase capitalista de un país dependía del trabajo de los trabajadores de su territorio, ahora la clase capitalista internacional depende del esfuerzo de una clase trabajadora internacional.
En otras palabras, los trabajadores que hacen huelgas de masas, como en Zimbabwe o Colombia, afectan directamente a los capitalistas en Europa y Estados Unidos, además de a los de su propio país.
Mientras, los trabajadores en muchos lugares de trabajo en el Estado español tienen colegas en otros países, trabajando para el mismo jefe, sometidos a los mismos ataques, lo que abre la posibilidad de montar una resistencia conjunta.

No es fácil. Quedan muchas divisiones entre los trabajadores de los diferentes países; divisiones, hay que recordarlo, siempre fomentadas por los mismos jefes que celebran la superación de las fronteras para su dinero, pero quieren mantenerlas intactas entre la gente.

Sin embargo, a la vez que la globalización representa la cara actual del sistema más violento que ha existido en el mundo, siembra las semillas de la lucha internacional que puede derrocarlo. Si esto ocurre depende, en gran medida, de las movilizaciones explícitamente internacionales como las de Praga. Pero depende mucho más del desarrollo de lazos más duraderos entre activistas de diferentes países y, en última instancia, del hecho de establecer conexiones entre las luchas de los trabajadores de Barcelona y Buenos Aires, de Madrid y Manila.

Hay una respuesta a la globalización, y no es el aislamiento nacional, sino la solidaridad internacional.