dissabte, 19 de desembre de 2009

En el nombre del padre del pastelero del Raval

Pasó hace 20 años y mis recuerdos, inevitablemente, se han mezclado con las imágenes de la película… yo estuve allí, delante del alto tribunal de Londres, cuando los cuatro de Guildford fueron liberados, tras pasar unos 15 años en la cárcel por un crimen que no habían cometido; hechos relatados pocos años después en la película En el nombre del padre.

También vivía en Gran Bretaña durante la campaña de atentados del IRA a los pubs frecuentados por soldados. Hubo un ambiente de paranoia y pánico que provocó más de un ataque racista a la importante comunidad de inmigrantes irlandeses en el país, e impulsó a la policía a buscar culpables a toda costa. Así que los cuatro de Guildford fueron condenados en base a confesiones —como supimos más tarde, extraídas bajo tortura— y los seis de Birmingham —que pasarían unos 16 años en la cárcel— fueron condenados con pruebas forenses que mucho más tarde se demostró que eran falsas, por mencionar sólo dos ejemplos.

Allí en 1989, en la calle ante el tribunal (me había llamado un compañero, para que al salir libres los cuatro hubiera gente apoyándolos), pensaba en qué debía significar pasar tantos años en la cárcel, siendo inocente. También me preguntaba cómo era posible que ocurriese algo así.

Durante los últimos años estos recuerdos me vienen a la cabeza a menudo. Lo que le pasó a la comunidad irlandesa en Gran Bretaña en los años 70 ahora le ocurre, en el Estado español, a gente de origen musulmán. Esta semana, once vecinos de mi barrio adoptivo, el Raval, han sido condenados a sentencias de entre 6 y 14 años, acusados de ser terroristas.

Ante su detención, a principios de 2008, la Plataforma Aturem la Guerra, de la que formo parte, emitió una declaración “Por la paz, la convivencia y los derechos humanos”, a la que se adhirieron la Federación de Asociaciones de Vecinos y Vecinas de Barcelona, los sindicatos y muchas otras organizaciones sociales y políticas. La declaración exigía que se respetase la presunción de inocencia de los detenidos y que se presentasen pruebas sólidas para realizar cualquier acusación. Estas exigencias no se han cumplido.

Las pruebas contra los 11 del Raval son incluso menos sólidas que las que se presentaron contra los acusados irlandeses hace tantos años. Aquí sólo hay espacio para explicar algunas de las contradicciones del caso.

Los “explosivos” de los que tanto habló la prensa en 2008 no eran más que 18 gramos de polvo, procedente de unos petardos de niños. El primer informe policial especuló con que ese polvo se destinaría a “la construcción de uno o de varios artefactos explosivos”, pero la sentencia reconoce que no había suficiente ni para fabricar uno solo.

En 2008, el informe policial y la prensa insistieron mucho en la pertenencia de los detenidos a Tabligh e Jamaa, un grupo islámico, hecho que los detenidos confirman. La policía relacionó este grupo con la violencia. Al demostrarse en el juicio que Tabligh e Jamaa es totalmente pacifista, la sentencia invierte el argumento, afirmando que, puesto que se relacionan a los acusados con actos violentos, no pueden pertenecer a este grupo. Se les condena a muchos años de cárcel por pertenencia a un grupo terrorista, pero no dicen a cuál.

La prueba más inverosímil de todas es un vídeo que supuestamente muestra una entrevista con Mauvi Umar, portavoz de un grupo paquistaní jihadista liderado por Baitullah Mehsud. En él se oye decir: “lo ocurrido en Barcelona fue conducido por doce de los nuestros, que estaban bajo las órdenes de Baitullah Mehsud”. Como ha denunciado Benet Salellas, el abogado de los acusados, hay muchos motivos para rechazar el vídeo como prueba; por ejemplo, el sonido y las imágenes no concuerdan, con lo cual no hay manera de saber quién dijo las palabras citadas.

A pesar de todo, el tribunal considera el vídeo como auténtico ya que, estando colgado en la red, “no consta que haya sido rechazado” por Mauvi Umar. Parece que la Audiencia Nacional considera que los dirigentes talibanes pasan su tiempo examinando Youtube y presentando quejas por suplantación de identidad en los tribunales de Waziristán.

Como si fuera poco, en abril de 2009, Baitullah Mehsud, supuesto dirigente de los acusados del Raval, llamó a Reuters para reivindicar un tiroteo en Nueva York, diciendo “fueron mis hombres. Yo les di órdenes”. Las pruebas confirmaron que había sido otro tiroteo del tipo descrito en el documental Bowling for Columbine y el FBI rápidamente desmintió la reivindicación. Parece que la Audiencia Nacional, en cambio, se cree lo que le conviene con tal de respaldar sus acusaciones.

Y finalmente, tenemos al testigo protegido, conocido como F1. Él llegó a Barcelona desde Francia (origen, curiosamente, de los petardos) pocos días antes de las detenciones. Según la sentencia, él afirma que “trabajó unos tres años para el líder talibán Baitullah Mehsud… y que estuvo en Pakistán y Afganistán en campos de entrenamiento”. Tras un tiempo viajó a Barcelona siguiendo instrucciones.

O sea, la única persona en todo el caso que tiene relación directa con los talibanes no está acusada de nada, sino que está protegida por la Audiencia Nacional. Existe la posibilidad de que las huellas dactilares encontradas en algunas de las pruebas fueran de F1 —ninguna era de los acusados— pero, según la sentencia, “dado que no se ha realizado esta comparativa no puede estimarse así”. ¿Dónde está el CSI cuando los necesitan?

Ante la alegación de la defensa de que “F1” es colaborador de los servicios secretos franceses, y quizá también de los paquistaníes, el tribunal excluye la posibilidad, ¡porque esto implicaría no sólo que el testigo miente, sino que también lo hacen los servicios secretos!

Recordemos que en 1985 los servicios secretos franceses llevaron a cabo un atentado contra el Rainbow Warrior, barco de Greenpeace, matando a una persona… y después mintieron acerca del asunto.

A lo largo de los 80, los servicios secretos paquistaníes armaron y financiaron, de acuerdo con EEUU, a los mujahedines en Afganistán, antecesores de los actuales talibanes. Más recientemente son los principales sospechosos del asesinato de Benazir Bhutto. Pero es impensable que mientan…

En 2008, la Plataforma Aturem la Guerra también se declaró a favor de la convivencia pacífica. En esto, ha tenido más suerte, pero no gracias a las autoridades.

Las repetidas falsas acusaciones y detenciones contra vecinos musulmanes del Raval inevitablemente influyen en las actitudes del resto de la población. La crisis económica y las carencias sociales tampoco ayudan. Pero a pesar de todo, mi impresión, como habitante del barrio, es que la convivencia se mantiene bastante bien entre todas las personas, de orígenes tan diversos, que vivimos en el Raval.

Este hecho es más destacado si tenemos en cuenta que el Estado español participa cada vez más activamente en la guerra en Afganistán. El buen amigo de Zapatero, Obama, está extendiendo la guerra cada vez más a Pakistán, donde los bombardeos estadounidenses han matado a centenares de personas —incluyendo quizá a familiares y amigos de residentes del Raval— y están desestabilizando a todo el país.

No obstante, la gente del Raval de origen paquistaní sabe que sus vecinas y vecinos no tenemos la culpa. Saben que la población de Barcelona ha salido masivamente a la calle muchas veces contra la guerra y que volveremos a hacerlo.

Nuestra convivencia es la mejor defensa contra cualquier amenaza de atentados jihadistas.

Tendremos una nueva oportunidad de unirnos por encima de las divisiones que nos intentan imponer el sábado 2 de enero, a las 17h, en la Rambla del Raval, cuando los familiares de los acusados, apoyados por otras entidades incluyendo a la Plataforma Aturem la Guerra, han convocado una concentración para afirmar que “los 11 del Raval no son terroristas” y denunciando que han sido condenados sin pruebas. Son nuestros vecinos, y los queremos en casa.

Porque al fin y al cabo se trata de eso. Si pueden detener a 11 hombres de nuestro barrio y condenarlos a largas sentencias de cárcel, nada impide que nos pase a cualquiera de nosotros. Ahora más que nunca debemos recordar el viejo lema: “un ataque a uno es un ataque a todos”.

Terminaré con esto. Creo que nunca he conocido a la mayoría de los acusados, pero a uno sí. Muhammad Ayub mantenía la pastelería en Calle Hospital, y a veces le compraba pasteles árabes o del estilo indio-paquistaní. Me acuerdo que algunas veces yo dudaba entre cuáles escoger y él siempre me ayudaba, explicando los ingredientes de cada uno. Nunca me dio la sensación de que quisiese matarme: como mucho hizo que me engordase más de lo que me convenía. Desde hace casi dos años, él ya no esta; está en una cárcel lejana, por algo que no hizo. La pastelería ahora la regenta su hijo. Cuando se liberen a los once del Raval —y espero que sea pronto, así como que no haga falta hacer otra película de aquí a 10 ó 15 años— supongo que el hijo tendrá que encargarse definitivamente de la tienda; Muhammad Ayub será ya demasiado mayor.

Así que con este artículo quiero pedir la liberación de todos los falsamente acusados. Pero lo hago especialmente en el nombre del padre del nuevo pastelero del Raval.

Para más detalles sobre el caso: rastrosdedixan.wordpress.com