dissabte, 20 de juny de 2009

Preguntas acerca de Irán

Se celebraron elecciones presidenciales en Irán el viernes, 13 de junio, tras una campaña electoral excepcionalmente activa. Los resultados, anunciados a las dos horas de cerrar las urnas, dieron una mayoría del 62,3% al actual presidente, Ahmedinejad, frente al 33,7% de su principal rival, Mir Husein Musaví. Se produjo una reacción inmediata, grande e inédita, con manifestaciones en la calle, que denunciaban fraude por parte del Estado, y en las que se preguntaba “¿Dónde está mi voto?”.

Estas protestas, que han ido aumentando, han sido contestadas con cada vez mayor represión por parte del Estado iraní, así como de las fuerzas paramilitares leales a Ahmedinejad. Mientras, en Occidente, los medios se han hecho eco de las acusaciones de fraude, y han dado mucha cobertura a la oposición.

Hasta aquí los hechos.


Dentro de la izquierda del resto del mundo, las reacciones y los análisis ha sido de los más variado. Incluso amigos míos, con los que comparto los mismos principios políticos, están defendiendo puntos de vista casi opuestos, en blogs, envíos a Facebook etc. Yo mismo he ido cambiando mi opinión con el desarrollo de los acontecimientos. En este texto, quiero explicar algunas de las preguntas que me he planteado, así como las conclusiones a las que he ido llegando.

¿Fueron fraudulentas las elecciones?

Desde aquí, es casi imposible saberlo con certeza. La oposición cita la excepcional rapidez del anuncio de los resultados como sospechosa, y ha hecho diversas acusaciones de fraude. Tras varios días de protestas, el Consejo de Guardianes, la principal fuerza en el país, acordó examinar las 646 quejas recibidas en relación a los comicios, y propuso un recuento limitado de votos.

Dejando aparte las cuestiones de procedimiento en las urnas y el recuento, está el hecho de que centenares de candidatos fueron excluidos por este mismo Consejo de Guardianes, que sólo permitió presentarse a cuatro hombres, todos relacionados con el régimen.

Respecto a los dos principales candidatos, y simplificando, se podría decir que la población sólo tenía dos opciones. Por un lado Ahmedinejad, con su retórica antiimperialista, la policía moralista y, en lo económico, más capitalismo estatal con limosnas para alguna gente pobre. Y por otro Musaví, que ofrecía más libertades y democracia, una retórica antiimperialista menos estridente, y un programa económico más neoliberal.

De ahí que la gente más pobre tendió a votar por Ahmedinejad, como la mejor opción para poder comer, mientras la clase media votó más a Musaví, por la liberalización. La auténtica clase dirigente iraní estaba dividida; lo que produjo la crisis actual.

De todas formas, las protestas de estos días podrían plantear la posibilidad de opciones más apetitosas que las ya expuestas de comer y someterse a la represión moralista, o bien “ser libre” y pasar hambre.

¿Hay que preocuparse por EEUU?

Sí, sí y sí.

EEUU lleva 30 años —con pocas y breves pausas— intentando derribar al gobierno iraní. En 1980, empujó a Sadam Hussein a atacar al país, desatando una guerra terrible a lo largo de los años 80. Tras la ocupación de Irak en 2003, y el consecuente fortalecimiento de Irán, éste se convirtió en uno de los principales objetivos estadounidenses. Por un lado están las amenazas por su supuesto programa de “Armas de Destrucción Masiva”: sobran comentarios. Por otro, EEUU tiene programas para “promover la democracia” en Irán: en 2006, por ejemplo, asignó más de $66 millones de dólares a este fin, incluyendo a medios de comunicación, visitas e intercambios… Para 2008, el entonces Presidente Bush pidió unos 100 millones de dólares para el programa. (ver documento).

Intervenciones de este tipo contribuyeron de forma importante a las “revoluciones de colores”, en Ucrania y Georgia, así como la llamada revolución de los cedros en el Líbano.

Todo esto ayuda a explicar el entusiasmo de los medios occidentales hacia las movilizaciones en Irán.

Entonces, ¿en Irán estamos viendo otra “revolución de colores”?”

No, aunque así lo quisiera la CIA y cía, la dinámica en Irán es muy diferente, por diversos motivos.

Tomemos el ejemplo de la “revolución de los cedros”, en Beirut en 2005, tras el asesinato del ex primer ministro Rafiq Hariri. Consistió en actividades coreografiadas con mucho cuidado por los partidos pro occidentales. Además de una manifestación convocada en Beirut mediante canales de televisión afines, el 14 de marzo de 2005, su elemento principal fue una “acampada” en una gran plaza del centro de Beirut, con tiendas de campaña y grandes pantallas proporcionadas por empresas. El nombre “revolución de los cedros” lo inventó una dirigente estadounidense; la empresa británica de publicidad, Saatchi & Saatchi, ayudó a la “revolución”, mediante videos, con el diseño de un logo, etc.

En Irán, parece que las protestas empezaron en los barrios más acomodados del norte de Teherán, pero ya se han extendido a muchas otras zonas y ciudades. Musaví —a la vez de llamar a la calma— convoca algunas protestas, pero no las puede controlar. Esto es evidente cuando cientos de miles de personas protestan en una ciudad industrial como Isfahan, a unos 300 km de la capital, o cuando los habitantes de un barrio obrero de esta ciudad expulsan a la policía de su barrio.

“Pero la mayoría de los manifestantes son de clase media”

Al principio, quizá sí, pero parece que esto es cada vez menos cierto.

De todas formas, la revolución de 1979 también empezó como una protesta de intelectuales en mayo de 1977. Aunque hubo protestas importantes por parte de los habitantes de las “vilas miseria” en el verano de 1977, el elemento más constante de las protestas, durante más de un año, fueron los intelectuales y estudiantes. La clase trabajadora industrial no apareció como una fuerza clave hasta agosto de 1978.

De todas formas, la cuestión de clase es sólo un elemento importante en un análisis más amplio; no basta con averiguar el origen social promedio de los manifestantes para ubicarse. En cierto momento de la revolución rumana de 1989, el Estado trasladó a miles de mineros a la capital para atacar a los estudiantes que exigían cambios democráticos. Una corriente de la izquierda radical occidental —que siempre tiende al obrerismo—respaldó las acciones de los mineros por “motivos de clase”. Un par de años más tarde, los mineros volvieron a Bucarest para pedir perdón; entendieron que los dirigentes los habían engañado (no tengo constancia de una rectificación por parte de la corriente de izquierdas).

La cuestión no es quién salió primero, ni cuáles fueron sus lemas, sino cuál es la dinámica actual de las protestas en Irán. Y parece que ésta va mucho más allá de cuestiones que atañen a los intelectuales y a la clase media.

¿Es una revolución Twitter?

No. Muchos comentaristas enfatizan el elemento tecnológico de las movilizaciones, hablando de movilizaciones por medio de Twitter, Facebook, YouTube, etc.

Activistas de izquierda dentro de Oriente Medio, que tienen experiencia de su realidad social, como el blogger egipcio Arabawy, rechazan esta visión. Subrayan que sólo una minoría —especialmente la parte más acomodada— en estos países tiene acceso a Internet. Por tanto, y como se ha demostrado en Egipto en los últimos años, no se puede convocar una movilización masiva y popular mediante la red.

Pero el rechazar los argumentos de los tecnómanos no debe llevarnos al otro extremo e ignorar la posible importancia de estas herramientas. Las manifestaciones masivas en Irán no pueden convocarse por Internet, es cierto, pero la participación en las protestas de algunos activistas que tienen móviles o cámaras digitales y acceso a Internet, etc., puede contribuir a la difusión de la información acerca de estas protestas, dentro de Irán y sobre todo en el exterior.

La aparición de una manifestación en YouTube no significa que todos los participantes sean niños ricos.

¿Qué representa Musaví?

Argumentar, como hace un artículo publicado en Rebelión, que “es posible que Mir Hosein Mousavi sea un agente comprado y pagado del gobierno de EE.UU” (Paul Craig Roberts, “¿Una guerra contra un Irán satanizado?”, Rebelión) me parece totalmente erróneo.

Algunos de la izquierda internacional expresaron “júbilo” por la elección de Ahmedinejad como “representante de los pobres”, frente al neoliberalismo defendido por Musaví. Parecen olvidar que el mismo Líder Supremo de Irán, Jamenei, que ahora defiende a Ahmedinejad, era Presidente de Irán durante el mandato de Musaví como Primer Ministro. Además, Jamenei ya era Líder Supremo cuando Rafsanjani —ahora defensor de Musaví— impulsaba políticas neoliberales como Presidente iraní.

La verdad, como se ha comentado ampliamente, es que Musaví es parte del sistema: ex primer ministro, represor, etc. Por eso le permitieron presentarse.

A diferencia de Ahmedinejad, Musaví rechaza la negación del Holocausto (y hace bien) pero los dos se niegan a reconocer el Estado de Israel y mantienen el derecho de Irán a mantener su programa nuclear. Ambos exigen a Obama cambios reales, no sólo palabras (ver la entrevista a Musaví).

Hablando de las protestas, Obama minimiza las diferencias entre Ahmedinejad y Musaví. El propio Musaví se pregunta “¿por qué tiene que haber diferencias entre los candidatos respecto a las cuestiones vitales del país?”.

Entonces, ¿por qué tanto lío?

El problema de la cúpula dirigente iraní es que, frente a la crisis económica y los problemas de la política internacional, sí tienen diferencias importantes que no saben resolver dentro de casa.

Un sector, que aboga por Ahmedinejad, intenta mantener el poder mediante el populismo: retórica antiimperialista en el exterior, represión “islamista” en el interior, capitalismo estatal —con la posibilidad de futuras privatizaciones— y algo de distribución de bienes entre los pobres… especialmente en período electoral. Pero es una estrategia arriesgada.

La retórica bélica es una cosa, pero no pueden permitirse otra guerra de verdad. A la vez, con la crisis y la bajada del precio del petróleo, será imposible mantener el populismo económico, y la economía se hunde. Por tanto, ya antes de las elecciones, corrían el riesgo de tener que enfrentarse de pleno con la rabia que se había contenido hasta ahora.

Así que el sector reformista de la misma cúpula optó por una cierta apertura política, transparencia en la economía estatal —reduciendo la extendida corrupción— y algo de neoliberalismo. Las llamadas a la libertad, y las críticas hacia la inflación que sufre el país, fueron más reclamos para conseguir votos que un elemento central de su programa.

La clave no son los programas en sí, sino el hecho de que el sector reformista, harto de su falta de influencia, haya recurrido a la movilización en la calle

En esto, recuerda a lo que han hecho sucesivas facciones de la burocracia china. En los 60, Mao lanzó la revolución cultural para apartar a sus rivales, y desató una explosión política por todo el país. A finales de los 70, Deng Xiao Ping permitió el muro de la democracia para presionar a los sectores conservadores, y otra vez, hubo movilizaciones que fueron mucho más allá de un apoyo a sus reformas pro mercado. Y finalmente, las protestas de Tienanmen empezaron en abril de 1989 cuando estudiantes —seguramente muchos de ellos de clase media— organizaron en la plaza un homenaje póstumo a un burócrata conocido como “reformista”. En junio, cuando el Estado finalmente reprimió las protestas, miles de trabajadores en la Plaza Tienanmen, y también en otras ciudades del país, estaban formando sindicatos independientes.

O sea, la cuestión central no son las elecciones, ni tampoco Musaví, sino la irrupción de cientos de miles de personas en la actividad política por primera vez desde 1979.

¿Otra vez, dos bloques?

Algunos de los argumentos que han aparecido en webs y blogs de sectores de la izquierda occidental recuerdan la época de la guerra fría. En vez de ver el mundo dividido entre clases, lo dividen entre países, entre bloques.

Antes, fue el “bloque soviético” contra el “bloque capitalista”. Siguiendo este argumento, se tenía que apoyar cualquier barbaridad de los dirigentes de la URSS o de sus satélites, porque “se oponían al imperialismo” (término que se distorsionó para referirse sólo a EEUU, no al sistema de poderes imperialistas como conjunto, como hicieron Lenin y Bujarin).

Todas las sublevaciones contra los regímenes estalinistas fueron tachadas de “contrarrevolucionarias”: la revolución húngara de 1956; las luchas en Praga en 1968; el masivo movimiento obrero de Solidarnosc en 1980-81… No sorprende que en 1989 la izquierda occidental tuviera dificultades para hacerse oír entre los nuevos movimientos del Este de Europa.

Ahora que Ahmedinejad está aliado con Rusia, China, y sobre todo, con la Venezuela de Chávez, parece que la historia se repite. En un comunicado, Chávez saludó la victoria de Ahmedinejad y denunció las protestas como una “feroz e infundada campaña de descrédito que, desde el exterior, se ha desatado contra las instituciones de la República Islámica de Irán” (Telesur, 16/06/09). Tomando su ejemplo, bastantes sectores de la izquierda occidental vuelven a justificar las acciones de los dirigentes del “bloque opuesto”.

Pero, igual que en la guerra fría, sin dejarnos engañar por nuestros propios dirigentes y los principales medios de comunicación, que siempre intentan engañarnos, debemos saber reconocer a nuestros compañeros del “otro lado”. Y no son los dirigentes.

La izquierda y el islamismo

En Irán, el gran error de la mayoría de la izquierda en 1979 —especialmente el del partido Tudeh, alineado con Moscú— fue dar por bueno el “antiimperialismo” verbal de Jomeini. Éste desmontó los consejos obreros, reprimió a las minorías nacionales, acabó con las libertades de las mujeres… tachando a cualquier oposición de “contrarrevolucionaria”. Contó con el apoyo de la izquierda, hasta finalmente acabar con ella en 1981.

Este error hizo que esa misma izquierda adoptase la posición exactamente opuesta, la del rechazo total a todo lo que oliera a islamismo político. En 1987, cuando EEUU intervino directamente al lado de Irak en su guerra contra Irán, muchos grupos de la izquierda iraní —ya exiliada—no supieron oponerse claramente a la intervención imperialista. En la izquierda occidental, su odio hacia los talibanes hizo que mucha gente no se movilizase contra la invasión de Afganistán; luego rechazó defender a Hamas y Hezbolá frente a los ataques israelíes.

La alianza de Ahmedinejad con Chávez, y luego la victoria de Hezbolá frente a Israel en 2006, parecen haber contribuido a que parte de la izquierda haya vuelto al error de 1979; el de ver a algunos sectores islamistas como firmes aliados contra el imperialismo e incluso contra el capitalismo.

Solidarizarse con Hamas o Hezbolá, sin olvidar las diferencias existentes, frente a los ataques israelíes es un deber.

Pero no lo es apoyar a un régimen que lleva 30 años en el poder, y que subió al poder mediante la destrucción del movimiento obrero. En 1979, Jomeini salvó al capitalismo en Irán. Todo el populismo actual de Ahmedinejad no cambia el hecho de que es el heredero de un ataque brutal a la gente trabajadora y a los pobres de su país. No le debemos apoyo alguno, por muy amigo de Chávez que sea. Oponernos a las amenazas de EEUU, sí; justificar las políticas represivas, no.

¿En qué lado estamos?

Hay que insistir en que no se trata de tomar partido entre Ahmedinejad y Musaví. Se trata de ponerse al lado de las masivas protestas que critican al Estado, frente a las fuerzas represivas de éste. Debemos estar con las y los manifestantes que exigen un cambio en su país, los que no quieren someterse a EEUU, pero tampoco a la jerarquía religiosa.

La izquierda anticapitalista no puede conformarse con oír lo que dicen los dirigentes occidentales, y simplemente invertir los términos. Por supuesto que ellos son hipócritas y aplican un doble rasero, pero esto no es motivo para que nosotros también lo hagamos. Hay que tener en cuenta los intereses imperialistas, pero también analizar los factores internos de una movilización tan grande como la que ocurre hoy en Irán.

Si continúa la movilización en Irán, hará falta impulsar la solidaridad en el resto del mundo. Uno de los elementos clave de la solidaridad con el pueblo de Irán, con la defensa de sus derechos, es defender su derecho a no morir bajo las bombas de EEUU o Israel. Cualquier “solidaridad” que excluya esta cuestión no es digna de su nombre.

Como en cualquier movilización masiva, fuerzas ajenas —por un lado, EEUU, por otro, el sector más neoliberal de la burguesía iraní— intentarán aprovecharse de ella para sus propios fines. La respuesta a este peligro no debe ser apartarnos y denunciar a los manifestantes, sino ofrecer solidaridad real, internacionalista y anticapitalista.

Debemos buscar las fuerzas nuevas que están surgiendo en Irán, las que van mucho más allá del tema de Musaví y las elecciones.

Si se está gestando una izquierda anticapitalista en Irán hoy, ¿dónde la encontraremos? ¿Entre las bandas de matones que entran en las universidades con porras? ¿O entre los estudiantes, y los y las trabajadoras jóvenes que empiezan, aunque sea con imperfecciones, a plantear alternativas al régimen que los domina desde 1979?


David Karvala, 18/06/09


Últimos comentarios recibidos desde Facebook (18/06/09):

“Isfahan parece estar en medio de una sublevación".

“Hay informes de protestas masivas en los barrios obreros del sur de Teherán.”