dijous, 1 de maig de 2008

La Intifada egipcia

Artículo aparecido en La Hiedra, mayo de 2008

Una convocatoria de huelga, a principios de abril, ha agudizado la crisis que vive Egipto. Según una participante en las manifestaciones en Mahalla, una ciudad industrial al norte de El Cairo: “Los niños están tirando piedras, igual que en la Intifada palestina, mientras gritan ‘La revolución ha llegado’.”
El motivo de estas protestas fue la represión estatal de una huelga, convocada para el 6 de abril, en la planta textil de Mahalla.

Los 25.000 trabajadores y trabajadoras de esta enorme fábrica son la punta de lanza de una oleada de luchas obreras que arrasa Egipto desde hace 18 meses.

La victoria de una huelga anterior en Mahalla, en diciembre de 2006, inspiró acciones semejantes por todo el país; primero en otras plantas textiles, después en el transporte público; la enseñanza; la sanidad; la administración estatal… Una de las huelgas más combativas fue la de los 55.000 trabajadores de los impuestos de propiedad, que ganaron mejoras salariales tras meses de manifestaciones y de enfrentamientos con la policía antidisturbios.

La nueva huelga en Mahalla tenía demandas económicas, pero también políticas. Aparte de exigir un aumento salarial —en un sector donde el sueldo típico es de unos 30€ al mes— denunciaban la corrupta dirección de la empresa estatal y desafiaban al sindicato oficial o vertical, opuesto a la huelga. Los trabajadores de Mahalla, igual que los de los impuestos, han empezado a crear un sindicalismo independiente, basado en las asambleas de base.

Hasta ahora, el régimen había contenido la represión contra los huelguistas. El hecho de enviar a decenas de miles de agentes de seguridad, para ocupar tanto la ciudad de Mahalla como la propia fábrica, indica un cambio de estrategia.

Para entender todo eso, hay que analizar la situación del régimen y la oposición política a la que se enfrenta.
El Presidente Hosni Mubarak controla Egipto desde hace 27 años, mediante una combinación de autoritarismo y de ciertas concesiones a la población, como subvenciones a los productos básicos. En el ámbito internacional, es aliado incondicional tanto de EEUU como de Israel, pero a veces intenta encubrir esta política hablando de Nasser, líder egipcio que se enfrentó a Israel a los años 50 y 60. La situación global hace cada vez más imposible realizar estos malabarismos.

El neoliberalismo —aplicado en Egipto a consciencia por el hijo del Presidente, Gamal Mubarak— comporta la privatización del importante sector estatal, así como el recorte de subvenciones. Mientras que la agresión israelí (y de EEUU) contra Gaza —recordemos que la Franja es fronteriza con Egipto— deja al descubierto la complicidad de Mubarak con el sufrimiento de los palestinos.

Estas contradicciones no se manifiestan por sí solas, sino a causa de los movimientos que surgen.
En el año 2000, la segunda Intifada palestina inspiró solidaridad en Egipto, con la creación de redes de activistas en muchas ciudades. Estas redes se convirtieron en el movimiento contra la guerra en Irak, con protestas —ilegales y duramente reprimidas— de decenas de miles de personas, en el centro de El Cairo en marzo de 2003.

En el año 2005, estas fuerzas sociales se unieron en una nueva campaña por la democracia, Kifaya (“Bastante”). Después de un período de grandes expectativas, Kifaya decayó a principios de 2006.

Democracia política y económica

Parte del problema fue que todos estos movimientos tienen más fuerza entre las profesiones liberales y los estudiantes que no entre la clase trabajadora.

Los Hermanos Musulmanes, que cuentan con un millón de seguidores, participaron activamente en la lucha por la democracia, y sus estudiantes no tenían problemas en colaborar con los estudiantes socialistas por la solidaridad con Palestina, así como en luchas en las facultades. Pero es una organización moderada, dirigida por hombres de negocios que nada tiene que ofrecer a la lucha obrera.

Incluso para los nasseristas de izquierdas, a pesar de tener una retórica a veces muy radical, su visión de una “nación árabe” dificulta un compromiso claro con la lucha de clases.

Por eso ha sido la corriente socialista revolucionaria, a pesar de sus reducidas fuerzas, quien ha protagonizado la confluencia de los movimientos políticos de los últimos años con la nueva oleada de luchas obreras. Tan sólo ellos subrayan la conexión entre la lucha por la democracia política y contra el imperialismo, y las luchas por la justicia social y de clase. Otra excepción habría sido el Partido Comunista, pero éste se había marginado de las luchas anteriores por su negativa a trabajar con los islamistas.
Los acontecimientos de los últimos meses —y sobre todo de las últimas semanas— convierten los argumentos de la centralidad de la clase trabajadora y de la necesidad de conectar las luchas de una cosa teórica a una experiencia real, vivida en la calle.

El 6 de abril en Mahalla, el intento del régimen de reprimir la huelga con la toma de la fábrica y la detención de 150 trabajadores no funcionó. Aquella tarde, miles empezaron a manifestarse al acabar su turno, y se unieron miles de residentes más de la ciudad.

Este apoyo popular no se debía sólo a la solidaridad. Hay rabia ante las subidas de precios que han arrasado Egipto en los últimos meses. Sobre todo, hay una crisis del pan, la comida básica de la población. En los hornos que venden pan subvencionado por el Estado, las colas son largas y desesperadas —las peleas ya han causado muertes— y a menudo se agotan las existencias. En los hornos privados, los precios han aumentado cinco veces, principalmente por la subida internacional de los cereales.

El ataque policial contra los manifestantes de Mahalla provocó una Intifada, tanto en la propia ciudad como más allá, que duró algunos días y que dejó al menos dos muertos y cientos de personas detenidas.

Los medios de comunicación han hablado poco de estas luchas, prefiriendo hablar de las demandas —también justas— de democracia en países que no son aliados de Occidente, como China o Zimbabwe.
Y cuando se ha informado —como en algunos medios ligados a los movimientos sociales— se ha dado la impresión de que era un simple disturbio protagonizado por los pobres urbanos —una “multitud”, quizá— enrabiados por la subida de los precios.

Mientras el tema de los precios es importante, se tiende a ignorar el papel central jugado por la clase trabajadora egipcia; en este caso por la plantilla de Mahalla.

¡Somos trabajadoras!

El hecho es que la cuestión de clase es tan o más importante, en un país relativamente pobre como Egipto y bajo condiciones de dictadura, como lo es en la Europa “democrática”.

Y los cambios que producen las auténticas luchas de clase son de un enorme alcance. Es suficiente con un ejemplo: en una asamblea en Mahalla, un hombre hablaba del papel de “las señoras”. Una trabajadora le interrumpió: “¡No nos digas señoras! Somos trabajadoras y estamos orgullosas. Trabajamos en la fábrica, trabajamos en casa y trabajamos en la granja. ¡Somos trabajadoras!”

En el momento de escribir esto, es aún pronto para saber cómo se desarrollará la lucha de aquí en adelante.
El intento de reprimir la huelga no ha tenido efecto. El estado ha tenido que hacer concesiones a la plantilla de Mahalla y ha tenido que abandonar la idea de suprimir las subvenciones del pan, mostrando otra vez que se pueden lograr resultados mediante la lucha.

En algunos sectores del movimiento se empieza a hablar de otra convocatoria de huelga para principios de mayo, pero no está claro si este llamamiento tiene apoyo entre los y las trabajadoras, o solo entre los bloggers y los grupos pro democracia.

Aún así es evidente que las luchas recientes son un punto de inflexión; muestran la posibilidad de generalizar y de unir en la práctica la lucha por la democracia y contra el imperialismo con las luchas obreras. Y eso puede tener efectos muy importantes.

Hace muchas décadas, poco después de la creación del Estado de Israel, el revolucionario judío y palestino, Tony Cliff argumentó que la libertad de Palestina pasaba por Egipto. Cuando la clase trabajadora egipcia uniese la lucha contra el imperialismo con la lucha social, podría derribar tanto al sionismo como a las dictaduras árabes.

Estas últimas semanas hemos visto como eso empieza a pasar.

Toda la política bélica de Bush en Oriente Medio depende del apoyo de regímenes locales como el de Mubarak. Egipto recibe unos 2 mil millones de dólares al año de ayuda militar de EEUU, y es un aliado esencial de Israel, al que suministra el cemento que necesita para el muro de Cisjordania. El estado de asedio contra la Franja de Gaza sería imposible sin la colaboración de Mubarak.

Estas luchas ponen en cuestión la continuidad del régimen de Mubarak, y amenazan su proyecto de nombrar a su hijo para reemplazarlo. Así, representan un enorme potencial para la libertad de Palestina y contra el imperialismo en la región.

Por todo eso, nos toca solidarizarnos con las luchas en Egipto. Recibiremos más noticias de este país.

Más info concairo.blogspot.com

Conferencia del Cairo: Contra el imperialismo… y por la justicia social

A finales de marzo se celebró la 6ª edición de la Conferencia de El Cairo contra la guerra y el imperialismo. Se unieron unas 2.000 personas de los movimientos sociales y políticos de la oposición egipcia, de varios movimientos del Oriente Medio —a destacar Hezbol·là— así como del movimiento mundial contra la guerra y en solidaridad con Palestina.

La celebración de la Conferencia es en sí misma una victoria ante la represión ejercida por el régimen de Mubarak; este año, negaron la entrada a los delegados procedentes de Irak e Irán, y a la mayoría de los palestinos.

Es un hito importante el unir las corrientes políticas que se oponen a la política de EEUU y de sus aliados. En la Conferencia colaboran los socialistas revolucionarios; las corrientes nasseristas o nacionalistas árabes; y los Hermanos Musulmanes egipcios, la organización islamista más importante del mundo.

La Conferencia fue una buena oportunidad para compartir experiencias y propuestas. La ocupación de Irak, y las protestas del pasado 15 de marzo en 60 ciudades del mundo, tuvieron un lugar destacado. La Conferencia también se declaró a favor de la retirada de las tropas de Afganistán y contra cualquier ataque en Irán, más allá de las diferencias que pueda haber con el gobierno de Ahmedinejad.

Se acordó coordinar acciones entorno al 60 aniversario de la expulsión de los palestinos, el Nakba, el 15 de mayo de 1948, e impulsar la campaña de boicot al Estado israelí.

La colaboración internacional de por sí contribuye a la lucha contra la islamofobia; el que se encuentren cientos de activistas de Occidente y del Oriente Medio ayuda a superar los estereotipos que existen en ambos lados.

La Conferencia también subraya la importancia de mantener la apuesta por alianzas amplias y sin sectarismos. Si un aspecto destaca de la Conferencia de este año, son las inspiradas intervenciones de activistas de las huelgas.

La Conferencia nos deja trabajo para los próximos meses, y ganas de volver a encontrarnos para compartir experiencias el año próximo.