dimarts, 17 de gener de 2006

El proceso de paz en Irlanda: Crónica de un fracaso anunciado

Artículo aparecido en Ideas en Acción, Boletín de En lucha, No 3, Febrero de 2006

Últimamente se habla, cada vez más, de una posible salida dialogada en Euskadi. Un modelo que se cita a menudo es el de Irlanda, donde existe un “proceso de paz” desde hace bastantes años.

Pero pocas veces se analiza qué ha significado realmente este proceso, y las graves limitaciones que sufre; limitaciones que deben inspirar mucha cautela antes de ver “el proceso irlandés” como un modelo que seguir.

Para entender lo ocurrido, primero hace falta tener en cuenta la compleja historia de esta isla, la colonia más antigua de Gran Britaña.

Irlanda: una larga historia

El caso irlandés es quizá la cuestión nacional de mayor duración en el mundo.

La primera incursión en la isla, por parte de la aristocracia inglesa, data del s.XII. La colonización completa llegó en los siglos XVI y XVII, con los inicios del capitalismo inglés. La Irlanda católica y feudal representaba una amenaza potencial para los dirigentes de una Inglaterra protestante y cada vez más capitalista. Esta vez, no sólo invadieron, sino implantaron colonos protestantes, provinentes de Escocia, en la provincia norteña del Ulster.

Durante los siguientes siglos, Irlanda fue dominada por terratenientes ingleses, que sacaron sus beneficios sin poner el menor interés en el avance social o económico del país. A los católicos se les negaban los mínimos derechos, pero incluso los protestantes de Irlanda también sufrieron bajo el imperio británico.

La primera organización nacionalista, United Irishmen, surgió en 1791. Fue creada por la incipiente burguesía protestante en Belfast, molesta ante las restricciones impuestas por Gran Bretaña, e inspirada en la independencia de EEUU y en la revolución francesa. Los United Irishmen fueron derrotados, no sólo por las fuerzas británicas, sino también por la oposición de la iglesia católica y de los terratenientes de toda la isla.

Aun así, sembraron la idea de la independencia de Irlanda, que se expresó en levantamientos a lo largo del s.XIX.

La partición de Irlanda

El momento clave llegó en 1916. Con Gran Bretaña inmersa en la Primera Guerra Mundial (PGM), un movimiento compuesto de nacionalistas irlandeses, junto a socialistas revolucionarios e internacionalistas, como James Connolly, se levantó en Semana Santa, en Dublín. Otra vez, fueron derrotados, pero inspiraron un movimiento que puso al imperialismo británico contra las cuerdas.

En los años siguientes, la milicia de Semana Santa se convirtió en el Ejército Republicano Irlandés (IRA), y el Sinn Féin llegó a ser la voz política del republicanismo. En las elecciones al Parlamento de Westminster tras la PGM, en diciembre de 1918, el Sinn Féin ganó 73 de los 105 escaños en toda Irlanda. Estos 73 diputados —de hecho, faltaron 36 de ellos, que estaban en cárceles británicas— formaron un parlamento en Dublín, que proclamó la independencia de Irlanda. Londres se negó a reconocer nada de esto.

Estalló una guerra de independencia, enfrentando a miles de activistas del IRA con las fuerzas represivas enviadas por Londres. Michael Collins fue un brillante dirigente de la lucha guerrillera republicana, pero accedió a liderar las negociaciones con los británicos. Acabó apoyando el desastroso tratado de partición de Irlanda, firmado en diciembre de 1921. La división significó que 26 condados formarían la Irlanda “independiente” —aunque el monarca inglés seguiría siendo su Rey— mientras que 6 condados del norte quedarían como parte del Reino Unido.

La partición reflejó los intereses contrapuestos de los diferentes sectores de la clase dirigente. En el norte de Irlanda, sobre todo en Belfast, los industrialistas necesitaban fuertes relaciones comerciales con el imperialismo británico… y los capitalistas británicos tampoco querían perder estas industrias. Los capitalistas del sur de Irlanda, principalmente agrícolas, tenían más interés en los mercados mundiales, a los que el imperio les impedía la entrada.

De todas formas, la partición significó abandonar el objetivo de una Irlanda unida e independiente proclamado en Semana Santa, aunque Collins argumentó que era un paso hacia este objetivo.

El tratado provocó una escisión en el IRA, así como en el Sinn Féin, y una guerra civil entre las dos facciones. La facción de Collins, que se había hecho con el poder en el sur, utilizó el terror represivo. Fusilaron a tres veces más republicanos, en 6 meses de guerra civil, de los que los británicos habían fusilado durante los dos años anteriores.

La nueva situación fue la de un Estado en el sur dominado por las fuerzas conservadoras, entre las cuales destacaban la iglesia católica y, más tarde, el partido Fianna Fail, surgido entre los republicanos que se habían opuesto a la creación de este Estado.

En el norte, dominaron los dirigentes protestantes, los Unionistas. Éstos mantuvieron su control, en parte, mediante la Orden de Orange, una organización mediante la cual los protestantes pobres actuaban de fuerza de choque contra los católicos a cambio de pequeños favores de sus jefes. Los católicos quedaron como ciudadanos de segunda clase, en empleo, vivienda, educación…

El resurgir del republicanismo

La siguiente explosión vino en 1968. Inspirados en la lucha de los negros del sur de EEUU, jóvenes radicales en el norte empezaron un movimiento por los derechos civiles en el norte de Irlanda.

Con manifestaciones pacíficas, pidieron la igualdad en el acceso al trabajo, a las viviendas, igual derecho al voto… Fueron recibidos por los unionistas con violencia. En 1969, Londres envió tropas para intentar controlar la situación.

En este momento, el IRA tenía poca presencia. Había llevado a cabo diversas campañas entre los años 20 y 50, pero a finales de los 60, estaba débil en el sur y casi inactivo en el norte. La brutalidad de los unionistas y de las tropas británicas cambió la situación; algunos militantes del IRA sacaron sus pocas armas para defender los barrios católicos de los ataques.

En 1971, el Gobierno británico introdujo el “internment”, la detención sin juicio de los sospechosos, todos católicos, contra los cuales no existían pruebas sólidas. Frente a esta medida el movimiento por los derechos civiles realizó movilizaciones, incluyendo una manifestación el 30 de enero de 1972. Ese día, el Domingo Sangriento, paracaidistas británicos asesinaron a sangre fría a 14 manifestantes.

Fue un punto de inflexión; el final del movimiento pacifista, y el auge de la lucha armada.

Las manifestaciones habían pedido derechos civiles, implícitamente, dentro del norte. La opción republicana, en cambio, acertaba al identificar el estatus inferior de los católicos como resultado de la partición de Irlanda.

Surgió una nueva dirección republicana, que llegó a conocerse como el IRA “provisional”. El IRA “oficial” optó por abandonar la lucha armada y por participar en las instituciones parlamentarias, que hasta entonces habían rechazado. Los provisionales, incluyendo a dirigentes actuales del Sinn Féin, como Gerry Adams, reflejaron la experiencia de los jóvenes católicos en el norte, jóvenes que se enfrentaban cada día con la presencia de las tropas británicas en sus calles.

El final de la lucha armada

A principios de los 70, los provisionales realizaron una campaña de acciones armadas, sobre todo contra las fuerzas de seguridad, pero también contra civiles. La película En el nombre del padre, muestra los horrores tanto de estos atentados como de las torturas practicadas por Gran Bretaña.

En 1981, los presos en el norte protagonizaron una importantísima huelga de hambre, pidiendo su reconocimiento como presos políticos.1 Diez de ellos murieron y se abandonó la huelga sin conseguir sus reivindicaciones. Pero la acción tuvo un enorme efecto en la opinión pública. Bobby Sands, dirigente de la protesta, fue elegido al parlamento británico: murió siendo diputado. Más de cien mil personas asistieron a los funerales de los presos muertos. Tras la campaña, el Sinn Féin había aumentado de forma importante sus posibilidades electorales.

A lo largo de los años 80, quedó claro que la situación estaba estancada. El ejército británico ya había reconocido que no podía derrotar militarmente al IRA, mientras que el IRA, por muchos atentados que cometiese, no había acercado su objetivo de unir a Irlanda.

En 1987, el Sinn Féin se declaró a favor de una salida negociada. En 1994, el IRA declaró una tregua que, salvo breves rupturas, se ha mantenido hasta hoy.

El proceso

En mayo de 1987, el Sinn Féin hizo público un documento, Un escenario por la paz, que planteó un camino negociado hacia una Irlanda reunificada.

Fue el primero de una larga serie de intentos de abrir un proceso de diálogo. La reacción inicial del Gobierno británico fue la de intentar minar cualquier posibilidad de negociaciones. En octubre de 1988, por ejemplo, el Gobierno de Margaret Thatcher promulgó una ley que prohibió a miembros de organizaciones proscritas —básicamente al Sinn Féin— hablar en radio y televisión.

La caída de Thatcher en 1990, debido a importantes luchas sociales en Gran Bretaña, y su reemplazo por John Major, un conservador supuestamente más dialogante, restauró las expectativas. A partir de 1993, el Gobierno británico participó en conversaciones bastante detalladas con el Sinn Féin… mientras se esforzaba por negarlo en público. John Major llegó a decir en el Parlamento británico que hablar con Gerry Adams “le revolvería el estómago”.2

Aun así, el 15 de diciembre de 1993 los primer ministros británico e irlandés acordaron la Declaración de Downing Street. Aquí, el Gobierno británico afirmó que aceptaría “el deseo democrático de la mayor parte del pueblo de Irlanda del Norte en la cuestión de si prefiere respaldar la Unión o una Irlanda unida soberana” y que no tenía “intereses estratégicos o económicos egoístas en Irlanda del Norte”.3

Como veremos, el primer punto contenía trampas, pero fue un paso significativo para abrir el camino al proceso. El segundo punto reveló un hecho clave.

En 1921, aunque Gran Bretaña podía prescindir del sur de Irlanda, las industrias metalúrgicas del norte le eran esenciales, y estaba dispuesta a luchar por mantenerlas. A finales del s.XX, lo que quedaba de estas industrias había perdido importancia. Londres todavía no podía permitirse perder el Ulster por un movimiento de liberación, porque esto dañaría la imagen del poderoso imperialismo británico, pero un arreglo constitucional y muy gradual era otra cuestión. Así, podrían deshacerse de los costes políticos y económicos que les representaba la continuada ocupación.

La tregua del IRA en 1994 podía haber sido el inicio de negociaciones abiertas, pero el Gobierno de Major no fue capaz de avanzar en esta dirección.4 Fue sólo la llegada al poder de Tony Blair en 1997, lo que abrió el proceso de paz actual.

El acuerdo de Viernes Santo

El proceso de negociaciones culminó en el acuerdo de Viernes Santo, en 1998.5

Aquí, los gobiernos británico e irlandés reafirmaron que respetarían la decisión de la población del norte respecto a su futuro. Se acordó la creación de una Asamblea para Irlanda del norte, efectivamente un parlamento autonómico, con un poder ejecutivo. Se acordó crear órganos de cooperación entre el norte y el sur.

Referente a la seguridad, el Gobierno británico se comprometió a reducir sus efectivos y a reformar el sistema judicial, así como la policía, y se acordó un “proceso de desarme total de todas las organizaciones paramilitares”.

Finalmente, se aceptó liberar a los presos creados por el conflicto, siempre que sus organizaciones respetasen el alto el fuego: el Gobierno británico reconoció que no se podía resolver el conflicto mientras los presos siguiesen en la cárcel.

El incumplimiento del acuerdo

A pesar de algunos pasos importantes, el cuadro global es que el Acuerdo no cumple con las esperanzas que mucha gente tenía en él.

La reforma de la policía ha avanzado poco y, aunque algunos puestos del ejército han sido desmontados, “quedan más tropas británicas destinadas en los seis condados de las que están actualmente destinadas en Irak.”6 Los acuerdos referentes a la colaboración transfronteriza poco se han cumplido. Quizá donde más se ha avanzado es con respecto a los presos, gran parte de los cuales están en libertad condicional.

El movimiento republicano, en cambio, ha dado pasos importantes. El Sinn Féin se ha esforzado en participar en la administración autonómica, aportando dos ministros. El IRA, tras muchos años de tregua, anunció su abandono definitivo de la campaña armada en julio de 2005.7

Los motivos del fracaso

El Sinn Féin atribuye los problemas del Acuerdo a “la reticencia del unionismo” y a que “el Gobierno Británico no ha cumplido sus compromisos”.8 Sin duda, esta acusación es correcta. Pero hay que preguntarse qué más se podía esperar de estos actores.

La verdad es que el problema no es sólo de su cumplimiento o no, sino del mismo contenido del Acuerdo de Viernes Santo.

¿Reunificación?

A pesar de lo que se supondría del firme apoyo del Sinn Féin al Acuerdo, éste no supuso un paso hacia el fin de la presencia británica ni hacia la reunificación de Irlanda.

Según el texto: “Irlanda del Norte permanece, en su totalidad, como parte del Reino Unido y no dejará de serlo sin el consentimiento de la mayoría de los habitantes de Irlanda del norte en votación celebrada con ese fin.”

De entrada, esta condición de consentimiento parecería puramente democrática. El problema es que “Irlanda del norte” fue creada precisamente con mayoría protestante y pro británica, para blindar el poder imperial. Desde la partición en 1921, el IRA y el Sinn Féin lucharon por la reunificación de la isla y por la autodeterminación de Irlanda como un conjunto. Incluso el tímido Estado del sur había mantenido cláusulas en su Constitución que reivindicaban competencias en el conjunto de la isla: las anuló para cumplir con el acuerdo. Esto ayuda a explicar por qué los sectores unionistas moderados apoyaron el Acuerdo de Viernes Santo. Mientras haya una mayoría protestante, pueden bloquear cualquier movimiento hacía la reunificación de Irlanda.

La Asamblea

Como hemos visto, se creó una Asamblea autonómica bajo el Acuerdo.

La verdad es que Irlanda del Norte tenía un Gobierno autonómico desde la partición hasta su suspensión en 1972: siempre lo dominó la mayoría unionista. Así que la Asamblea creada por Viernes Santo tiene “disposiciones que sirven para garantizar que la toma de decisiones clave se efectúe con un criterio plural que incluya a las dos comunidades”. Esto se plasma en el requisito de que tales decisiones tengan apoyo de “miembros de cada uno de los grupos parlamentarios nacionalista y unionista que se encuentren presentes y voten”. Efectivamente, da el derecho a veto tanto al grupo nacionalista como al unionista.

En las recientes elecciones, el partido unionista más reaccionario, el que se presentó como el mejor defensor de “los intereses protestantes”, el Democratic Unionist Party (DUP) de Ian Paisley, ha ganado terreno a costa del Ulster Unionist Party (UUP), de David Trimble. Bajo los términos del acuerdo, el Sinn Féin no tiene opción sino la de buscar formar una administración con Paisley. Y con su mayoría de votos protestantes, Paisley ha sido capaz de bloquear las instituciones “autonómicas” del norte.

Aliados en Dublín y Washington

El Sinn Féin da mucha importancia a la colaboración transfronteriza, como preparación para la reunificación de la isla. Para ellos, “el Gobierno irlandés tiene la responsabilidad de avanzar una estrategia parar lograr la autodeterminación nacional, la reunificación de Irlanda”.9

Pero una mirada rápida al historial de los Gobiernos de la república demuestra que no sienten el menor interés por estos objetivos. Han aplicado leyes represivas contra el movimiento republicano. Sobre todo, han presidido sobre una sociedad represiva, dominada ideológicamente durante décadas por la iglesia católica, donde aún faltan muchos elementos básicos de un Estado del bienestar.

El Gobierno de la república de Irlanda representa los intereses de la clase capitalista de su país. De modo alguno representa una fuerza de liberación nacional, ni hablar de liberación social.

El Sinn Féin también valora el apoyo del Gobierno de Estados Unidos. Desde la llegada de Clinton a la presidencia estadounidense en 1992, EEUU ha jugado un papel importante en la cuestión de Irlanda. Esto continuó tras la llegada al poder de George W. Bush, y Gerry Adams siguió siendo un invitado de honor en las celebraciones del día de San Patricio en la Casa Blanca. El Ard Fheis, el congreso anual del Sinn Féin, incluso ha contado con el embajador estadounidense como invitado de honor. Huelga decir que el Gobierno de EEUU no es una fuerza de liberación de ningún tipo.

Las raíces del problema

El Sinn Féin es heredero de más de dos siglos de lucha contra la ocupación británica. Gerry Adams no es el típico político trajeado: sabe lo que es luchar; dirigía el IRA en Belfast a principios de los años 70. ¿Por qué, entonces, tanto el partido como su líder han acabado en la actual situación?

Como hemos visto, el movimiento republicano entró en el proceso de negociaciones debido a las limitaciones, cada vez más evidentes, de la lucha armada; es una dinámica que se ha visto en otros mucho países, desde América Central hasta Sudáfrica. Pero el abandono de la lucha armada deja un punto clave sin resolver.

El problema con las tácticas de grupos como el IRA no es el hecho en sí de utilizar la violencia; es casi seguro que cualquier cambio social fundamental requerirá de la fuerza si se quiere mantener frente a la violencia del sistema. Lo que caracteriza a estos grupos es que se centran en la acción de unos pocos, no en la de la masa de gente.

Así que el paso de la lucha armada a la actividad institucional no es tan grande como parecía. Antes Gerry Adams y Martin McGuinness actuaban en nombre de los demás con las armas en la calle; ahora lo hacen con votos y negociaciones en las salas y pasillos de las instituciones. Pero lo que sigue igual es que a la masa de los trabajadores les toca apoyar y aplaudir a sus dirigentes, no actuar por ellos mismos.

Hace falta ir más allá de la lucha armada y del proceso de paz, hacia una política totalmente diferente.

Sectarismo o unidad de clase

El problema fundamental con la estrategia del Sinn Féin es que, a pesar del apoyo que tiene entre muchos trabajadores católicos, carece de una visión realmente basada en las cuestiones de clase.

El norte de Irlanda está viviendo un aumento de las diferencias entre ricos y pobres, tanto entre protestantes como entre católicos. Mientas tanto, aunque no hayan desaparecido, las diferencias entre los trabajadores protestantes y católicos están disminuyendo.

En esta situación, una política enfocada en las cuestiones de clase tendría mucho que decir a toda la gente trabajadora, tanto católica como protestante, y abriría la posibilidad de superar el legado del sectarismo que existe en el norte de Irlanda. Pero los partidos institucionales, incluyendo al Sinn Féin, no van en esta dirección.

El Acuerdo de Viernes Santo no rompe con el sectarismo. Más bien, donde antes sólo mandaban los dirigentes unionistas, ahora tienen que haber dirigentes católicos a su lado, y las decisiones se tienen que tomar teniendo en cuenta a “ambas comunidades”.

Pero, como argumentó el Socialist Workers Party de Irlanda en 1999: “Todo esto sólo puede significar una receta para hacer el juego de la política sectaria.”10 Lo ocurrido este año confirma su diagnóstico.

El sectarismo en el norte de Irlanda es un hecho. El 90% de las barriadas de vivienda social están segregadas. Belfast tiene 17 muros de separación entre zonas protestantes y católicas. Menos del 15% de los niños van a escuelas integradas; los demás asisten a escuelas divididas según la religión. Recientemente, ha habido una ola de ataques sectarios. Esto culminó en disturbios, a mediados de septiembre de 2005, llevados a cabo por protestantes, cuando las autoridades les negaron el permiso para realizar una manifestación lealista por un barrio católico.

Pero los jóvenes protestantes que participaron en estos disturbios combinaron actitudes sectarias con otras de rechazo a su marginación social; incendiaron oficinas del lealista DUP y una sucursal bancaria.

Romper el poder del sectarismo sobre los trabajadores protestantes no será fácil, pero sólo será posible si existe una izquierda que tenga este objetivo. El Sinn Féin ha dejado claro que prefiere pelearse por los trozos de un pastel limitado, que unirse la gente trabajadora de “ambas comunidades” en una lucha por más recursos.

Esto se ve de forma explícita. Mientras ejercía de ministra de salud, Barbara De Brun del Sinn Féin, se encontró con que sólo había presupuesto para una de las dos alas de maternidad existentes en Belfast; una estaba en una zona católica y la otra en una zona protestante. En vez de luchar por mantener las dos, cerró la que estaba en la zona protestante.11 Martin McGuinness, como ministro de educación, también impuso recortes.

Cuando se dan luchas que podrían unir a la gente trabajadora, por encima de las divisiones sectarias —como es el caso de la lucha vecinal contra las cargas abusivas sobre el agua en el norte de Irlanda, un problema tanto en los barrios católicos como protestantes— el Sinn Féin se ausenta. Simplemente no cabe en su política el movilizar en base a clase en vez de a comunidad.

La cuestión de clase también se aplica a la república donde, según cifras aportadas por el movimiento republicano, la desigualdad está creciendo.12 Las luchas que se han dado contra esta situación pueden contar con el apoyo de muchos militantes de base del Sinn Féin, pero su dirección prefiere presentarse como un socio aceptable para participar en el Gobierno con los responsables del problema, sobre todo el Fianna Fail.

Lucha social y lucha contra la opresión

Gerry Adams ha argumentado que las demandas socialistas tienen que esperar hasta que se gane la independencia.13

Pero las luchas sociales no pueden posponerse y, de hecho, el efecto de dejar el socialismo y la lucha de clases para un futuro indefinido es debilitar las luchas reales que podrían acabar también con la opresión nacional.

Los intentos de crear alianzas con Dublín y Washington, y de establecer buenas relaciones con los dirigentes protestantes de derechas así como con Londres, por supuesto parecen más realistas que la lucha desde abajo. Para unos pocos, quizá produzca resultados. Pero para la mayoría suponen a un callejón sin salida.

Hace casi un siglo Connolly rechazó las alianzas con “simpatizantes burgueses y aristócratas”, manteniendo que la libertad de Irlanda sólo vendría de una lucha decididamente socialista “que destruiría, de raíz, todo el sistema de civilización brutalmente materialista”.14

Los mismos principios se aplican a la situación actual. Ante los problemas con el proceso de paz, Eamonn McCann escribió:

El mensaje de [los dirigentes de EEUU, Gran Bretaña y la República de Irlanda…] es; entren en el Gobierno, escarmentados, con un programa de derechas, o reconcíliense a la irrelevancia.

Pero éstas no son las únicas opciones. Apartarse del camino de la lucha armada nacionalista no significa necesariamente girar hacia la derecha.

Girad a la izquierda, hermanos y hermanas. Olvidados de las baratijas de los cargos burgueses. No os aliéis con los neoliberales bélicos. Construid la oposición, en el norte y el sur.15

Tristemente, aunque hay muchos socialistas en las filas del Sinn Féin, parece que la dirección seguirá con su línea actual de intentar convertirse en un partido gubernamental.

El proceso irlandés y Euskadi

Irlanda no es Euskadi, pero sí existen paralelismos.

En ambos casos se trata de una cuestión nacional en un Estado importante de la Europa occidental, donde ha surgido una lucha armada. En ambos casos existen movimientos políticos que han sufrido dura represión. En ambos casos estos movimientos han dado pasos dirigidos a una solución negociada.

A esto hay que añadir el hecho de que las organizaciones sociales y políticas vascas hacen frecuentes referencias a Irlanda. También desde Madrid se ha planteado Irlanda como modelo. Recientemente, con el desarme definitivo del IRA, se han levantado voces pidiendo que ETA haga lo mismo. Éste es un buen punto de partida para comparar los dos casos.

El Gobierno español tiene que mover ficha

Se puede cuestionar, y mucho, la actuación del Gobierno británico en el proceso de paz de Irlanda, pero aun así ha dado pasos que el Gobierno español se niega a considerar.

Londres aceptó, en 1993, el principio de que Irlanda del norte pudiera volver a unirse con el resto de la isla. El Gobierno español se niega a reconocer que la clave para solucionar el conflicto es aceptar el derecho del pueblo vasco a decidir libremente su futuro.

En 1998, el Gobierno británico reconoció que los presos formaban parte del conflicto político. El Gobierno español sigue sin ni siquiera cumplir los requisitos de su propia Constitución respecto al acercamiento de presos, ni mucho menos contemplar su liberación.

A pesar de toda la palabrería mediática entorno a un posible proceso de paz en Euskadi, se sigue planteando, casi por todas partes, la disolución de ETA como la condición imprescindible para abrir el diálogo. Pero el reciente desarme del IRA ha llegado 12 años después de la Declaración de Downing Street y 7 años después del Acuerdo de Viernes Santo, en un momento en el que quedan pocos presos republicanos en las cárceles, y en una situación en la que, no obstante la represión sufrida, el partido político republicano ha podido organizarse abiertamente y presentarse a las elecciones.

Gran parte del proceso de negociación irlandés lo llevaron, por parte de los republicanos, dirigentes del Sinn Féin. El “equivalente” en Euskadi sería Herri Batasuna. Como sabemos, esta formación, así como todas las que la han seguido, han sido ilegalizadas, denegando a unas 200.000 personas el derecho de votar según sus preferencias.

Es pura deshonestidad el presentar el desarme del IRA como un desafío para ETA. Más bien, con todas sus limitaciones, la experiencia de Irlanda demuestra lo poco que ha hecho el Gobierno español para resolver el conflicto vasco.

Sin ilusiones

Pero aún con estas necesarias críticas hacia los sucesivos Gobiernos españoles, no debemos tener ilusiones en las posibilidades de un proceso de paz al estilo de Irlanda.

Primero, no está claro cómo se podría desarrollar un proceso parecido en Euskadi.

En contraste con lo que representa el Ulster para Londres, Euskadi no es meramente un dolor de cabeza para Madrid del que quisiera deshacerse, sino que representa una parte importante del capital del Estado español. Parece altamente improbable que Madrid acepte negociar el derecho de autodeterminación para Euskadi, ni la unificación territorial de la Comunidad Autónoma Vasca, Nafarroa e Iparralde, el País vasco francés. Y sin tocar estos temas básicos, no se puede solucionar el conflicto. Algunos avances se podrían desarrollar, quizá, respecto a los presos, lo que sería un paso importante para ellos y sus familias, pero ni esto parece muy probable actualmente.

El otro aspecto preocupante es la trayectoria del Sinn Féin. Hemos visto como, a cambio de un acuerdo que poco ha aportado para gran parte de la población del norte de Irlanda, el movimiento republicano, tras años de lucha contra el estatus colonial de Irlanda del norte, ahora se plantea administrar esta colonia, realizando los compromisos y pactos necesarios.

Aquí es importante reconocer las diferencias entre el partido republicano y la izquierda abertzale. Aunque el Sinn Féin adoptó un lenguaje de izquierdas a partir de los años 80, no ha sido nunca una organización socialista, de ningún tipo. A sus patrocinadores en EEUU Gerry Adams les ha asegurado en diferentes ocasiones que “No existe ninguna influencia marxista en el Sinn Féin”.16

La izquierda abertzale, en cambio, desde sus inicios se ha declarado con ideas marxistas y socialistas.17 Tanto para su dirección como para sus cuadros, la cuestión nacional constituye su prioridad, pero ésta convive con un compromiso con cuestiones sociales más amplias. Esto se refleja en la amplia gama de organizaciones abertzales dedicadas a las luchas sindicales; a la solidaridad internacional; a la liberación de las mujeres… Sería impensable, por ejemplo, que la dirección abertzale fuese a darle la mano a un Presidente estadounidense.

Pero no hay que olvidar la larga lista de grupos antiguamente revolucionarios que han acabado como meros gestores del sistema, realizando compromisos que antes habrían sido impensables.18 Nada dice que esto sea imposible en el caso de la izquierda abertzale. Se trata del balance de fuerzas y de los debates dentro del movimiento, así como de las opciones que se les presenten. Si las únicas opciones a su alcance son continuar con el ciclo actual de intentos de lucha armada y de represión estatal, o bien entrar en el juego de la negociación y el compromiso, cada vez más voces optarán por ésta última.

La existencia de una alternativa depende, en parte, de la izquierda y de los movimientos sociales del resto del Estado español.

Solidaridad con Euskadi

Desde la transición, gran parte de la izquierda en el Estado español se ha callado respecto a la cuestión de Euskadi, cuando no se ha sumado directamente a las posiciones españolistas.

El surgimiento de los nuevos movimientos sociales en los últimos años debe ofrecer la oportunidad de otra visión también en la cuestión vasca.

Si una parte importante de estos movimientos extiende su defensa de la soberanía de los pueblos y de la democracia, más allá de Palestina, Irak, Venezuela… para incluir a Euskadi, se puede romper con el falso consenso existente en el resto del Estado español.

Haría falta un esfuerzo por parte de estos movimientos para presionar al Gobierno español a dar los pasos necesarios para abrir un proceso de paz real, a aceptar la oferta que lanzó la izquierda abertzale en Anoeta, en noviembre de 2004, a buscar una salida negociada al conflicto.

Está claro en el conflicto vasco, igual que lo era en el caso del conflicto irlandés, que la lucha armada no va a traer la solución. Para la izquierda abertzale, la cuestión es la misma que planteó Eamonn McCann: si giran hacia las instituciones y el juego político, o más hacia la izquierda, para dar todo el protagonismo a la movilización y a las luchas sociales.

La fuerza de esta última opción dependerá, en parte, de si los movimientos del resto del Estado saben estar a la altura, apoyando los derechos del pueblo vasco, o de si siguen callados y, efectivamente, apoyando al Estado español.

El proceso de paz irlandés demuestra que existen salidas del ciclo de violencia y represión, pero que estas salidas pueden comportar muchos problemas. Debemos aprender de ello, para que, en el caso de Euskadi, un cambio en la situación suponga un paso adelante en las luchas, y para la gente trabajadora, y no una nueva decepción, como lo ha sido, en parte, el caso de Irlanda.

Notas

1 Para más información, ver www.irishhungerstrike.com

2 Hubo contactos en diferentes momentos desde los 70 en adelante. Ver www.sinnfein.ie/pdf/Settingrecordstraight.pdf

3 Reproducida en Haciendo balance: El proceso de paz de Irlanda del Norte, Clem McCartney (ed.). Editado en castellano por el Centro de Investigación por la paz Gernika, www.gernikagogoratuz.org

4 Esto se debió más a que Major dependía de los votos en el parlamento de los diputados unionistas que a cuestiones estratégicas.

5 El texto completo del acuerdo se encuentra en www.nio.gov.uk/agreement.pdf. Existe una traducción castellana en Haciendo balance…

6 Sinn Féin, Manifiesto para las elecciones legislativas británicas, mayo de 2005.

7 Declaración disponible en www.gara.net/ idatzia/20050729/art124403.php.

8 Sinn Féin, Manifiesto para las elecciones europeas de 2004.

9 Sinn Féin, Green Paper On Irish Unity, febrero de 2005. Disponible en www.sinnfein.ie

10 Socialist Worker (Irlanda), Nº 100, 18/03/1999, www.swp.ie.

11 Sandy Boyer, “An Autopsy On The Provos”, en lark.phoblacht.net/

autopsyprovo.html

12 Irish Republican News, 13-15 de septiembre de 2005.

13 Citado en Chris Bambery, Ireland’s Permanent Revolution, Londres, 1986, pág 81.

14 James Connolly, “Socialism and Nationalism”, disponible en

www.marxists.org/archive/connolly/1897/01/socnat.htm

15 En Belfast Telegraph, 17 de marzo de 2005. Disponible en lark.phoblacht.net/emc22030512g.html

16 Citado en Bambery, pág 80.

17 Sus ideas tienen más que ver con la vieja ortodoxia comunista que con el socialismo internacional desde abajo, pero ese es otro debate.

18 Las guerrillas de América central, sobre todo el FMLN, tomaban muy en serio el marxismo y la revolución; ahora son partidos institucionales.